Reunión de los ministros de Exteriores de la OTAN en Riga. / AFP

La OTAN se prepara para una eventual invasión rusa de Ucrania

Los aliados llaman a Moscú a rebajar la tensión pero le advierten de «graves consecuencias» si usa la fuerza en la región

SALVADOR ARROYO Corresponsal en Bruselas

La tensión se dispara en la zona caliente de Ucrania con un cruce de reproches entre la OTAN y el Kremlin que comienza a ser preocupante. Rusia ha incrementado una vez más sus efectivos en la frontera con esta ex república soviética (la segunda concentración militar en lo que va de año). Un despliegue que, unido a la escalada de la retórica belicista, ha derivado en amenazas de respuesta por parte de los socios de la Alianza. Su secretario general, Jens Stoltenberg, dejaba caer un eventual desplazamiento de tropas a la zona como apoyo a Kiev, al tiempo que advertía del coste que tendría para Rusia cualquier «acto de agresividad; consecuencias políticas y económicas», añadía.

El mensaje de apoyo a este socio, que no aliado –varios países, EE UU entre ellos, son reticentes a la entrada de Ucrania en la OTAN por temor al choque directo con Rusia– se lanzaba al inicio de la reunión de dos días que mantienen los ministros de Exteriores de la OTAN en Riga (Letonia). En la agenda, tres cuestiones fundamentales: Bielorrusia y la crisis migratoria que ha provocado en Polonia y las repúblicas bálticas; las «lecciones aprendidas» de la salida precipitada de Afganistán. Y, por supuesto, Ucrania. «La situación incrementa la tensión y eleva la probabilidad de errores de cálculo. Rusia debe ser transparente y bajar esa tensión», pedía Stoltenberg.

El noruego iba incluso más allá asegurando que la coalición ha reforzado su cobertura a Ucrania con tropas desde 2014, cuando Rusia se anexionó la península de Crimea, y ha seguido estando allí en actitud defensiva durante las maniobras desestabilizadoras en la región separatista de Donbass. Mayor presencia presencia en la región, tanto en el entorno del Mar Negro como en el Báltico, por aire, tierra y mar. «Ha sido una reacción directa a la incursión militar rusa en Ucrania. Hemos triplicado la grandeza de la Fuerza de Respuesta de la OTAN en los últimos años con alrededor de 40.000 soldados. Esta fuerza podría ser incrementada rápidamente si fuera necesario».

«Diálogo disuasorio»

El propósito de la disuasión no es provocar un conflicto, sino prevenirlo», añadía Stoltenberg. La OTAN se defiende, no ataca, venía a subrayar mientras, simultáneamente, el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, reforzaba la carga de las advertencias a Moscú. «Cualquier nueva agresión (de Rusia) provocaría graves consecuencias», planteaba Blinken, quien subrayó que la táctica de Vladímir Putin ya es conocida: «crear y fabricar una supuesta provocación para justificar algo que Rusia ya planeaba hacer desde el principio».

El impulso del «diálogo disuasorio» es, en cualquier caso, la posición de partida de los aliados de la OTAN. Y, aparentemente, también la primera frase de la réplica de Moscú. Putin confiaba este martes en que el sentido común se imponga en ambos frentes. Pero lo hacía con píldora indigesta; con amenaza cruzada. Hablaba de «líneas rojas» por un despliegue de bombarderos estratégicos por parte de EE UU «a apenas 20 kilómetros de la frontera rusa».

En declaraciones recogidas por Reuters, el líder ruso entendía que «si aparece algún tipo de sistema de ataque en territorio ucraniano, el tiempo de vuelo a Moscú es de 7 a 10 minutos, y de cinco minutos si se despliegan armas hipersónicas». Una amenaza «para nosotros que espero no suceda». Pero para la que tendría respuesta. De hecho, anunció «el éxito» de un nuevo misil probado por el Ejército, que se desplazaría a una velocidad nueve veces superior a la del sonido.