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Yafi Shpirer con uno de sus hijos en una manifestación .
«He luchado toda mi vida por una convivencia pacífica entre israelíes y palestinos y ahora estoy aterrorizada»

«He luchado toda mi vida por una convivencia pacífica entre israelíes y palestinos y ahora estoy aterrorizada»

Yafi Shpirer es una sionista de origen argentino que lleva casi medio siglo viviendo en un kibutz cercano a la franja de Gaza. Ella y su familia viven momentos terribles

Miguel Ángel Barroso

Lunes, 9 de octubre 2023

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«Esto ha sido peor que la guerra de Yom Kipur (1973) que, por cierto, estalló en los mismos días de octubre. Ahora no estábamos preparados. Veo paralelismos con la guerra de Ucrania, aunque aquí muchos de los terroristas son niños de 17 y 18 años cuyo único afán es destruir al pueblo judío». Yafi Shpirer forma parte de una de las 210 familias que habitan el kibutz (colonia agrícola) Nitzanim, fundado en 1943, que se encuentra a 20 kilómetros de la franja de Gaza. Aquí tuvo lugar una importante batalla el 7 de junio de 1948, que cayó del lado egipcio, durante la guerra de Independencia de Israel.

De origen argentino, Yafi llegó en 1977 con 17 años. «Dejé mi país en plena dictadura, pero no obligada por las circunstancias políticas y económicas, sino por una decisión personal. Quería vivir en un kibutz». Psicoterapeuta y psicodramatista -especialista en terapias basadas en el teatro- de profesión, se declara sionista. Se casó con un israelí y tiene tres hijos varones y 5 nietos. Uno de sus sobrinos está desaparecido desde que se produjeron los ataques y la familia vive estas horas con el corazón en un puño.

«Pertenecer a una comunidad pequeña como la de Nitzanim es muy satisfactorio», nos cuenta en una conversación telefónica. «La vida cultural es muy rica, nos prestamos apoyo unos a otros, disfrutamos de una democracia interna con nuestro propio gobierno... y la gente es dueña de su futuro, mucho más que en una gran ciudad». Pero el sueño romántico del kibutz sufre pesadillas de vez en cuando. Ninguna tan dura como la del amananecer del 7 de octubre.

«Pasé auténtico terror, porque al principio apenas teníamos información de lo que estaba sucediendo», comenta. «Sonaron las sirenas y nos guarecimos en el refugio que tenemos en casa. En los grupos de WhatsApp empezamos a recibir noticias de secuestros. Nos dijeron que había terroristas patrullando una carretera que se encuentra a 200 metros de mi cocina. Cada kibutz tiene una unidad de defensa, en nuestro caso una veintena de jóvenes que salieron a proteger las viviendas y acabaron sucumbiendo. Después llegó el Ejército y la situación se tranquilizó, pero pasamos unas horas angustiosas».

Son abundantes las imágenes de esta auténtica cacería protagonizada por las fuerzas de Hamás en su incursión por las comunas fronterizas. Uno de los hijos de Yafi vive pegado a la Franja, pero pudo escapar con su familia y ahora se encuentra a salvo en el interior del país.

El zumbido de los proyectiles

Es curioso como la costumbre educa el oído. Yafi sabe diferenciar perfectamente el zumbido de los proyectiles lanzados por Hamás (y el ruido que hacen al ser interceptados por la Cúpula de Hierro, sistema de misiles diseñado para destruir cohetes de corto alcance destinados al bombardeo de población civil) del de los disparados por las fuerzas israelíes como respuesta. «Estuvimos todo el tiempo escuchando este intercambio».

Y reconoce la estupefacción de la ciudadanía ante esta masiva incursión de Hamás que ha pillado de improviso a las autoridades israelíes. «Este gobierno de ultraderecha lleva nueve meses en el poder inmerso en la arrogancia. Todavía no sabemos qué pasó. Supongo que habrá una investigación al respecto».

Su lamento final se basa en un esfuerzo personal baldío de muchas décadas y en un horizonte muy inquietante, pues en esta castigada tierra las desgracias se repiten en bucle como demuestra la cronología sangrienta desde que Israel se retirara de la Franja hace 18 años. «Durante toda mi vida he luchado por una convivencia pacífica. El pueblo palestino tiene todo el derecho a existir. He participado en decenas de encuentros para que los dolores de ambas comunidades se encuentren y se comprendan. Hay 15 obreros de Gaza que trabajan en este kibutz y no pueden volver a la Franja porque tienen miedo a los terroristas. Algunos de ellos están empleados en la plantación de mi marido. Tengo amigos palestinos en Cisjordania. No hay que confundir al pueblo palestino con una organización terrorista».

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