Combatientes leales al Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) en Libia / EFE

La lucha estratégica por controlar el petróleo divide a Libia en dos

Turquía se prepara para cruzar la línea roja establecida por Rusia y Egipto y que delimita a la provincia con las mayores reservas del país

MIKEL AYESTARÁN Jerusalén

Las armas han callado esta semana en Libia y todos los ojos están puestos en la franja de 400 kilómetros que va desde la ciudad costera de Sirte hasta la base militar de Jufra, en el interior y a donde Rusia ha enviado refuerzos esta semana según la Inteligencia estadounidense. Esta es la línea que marca el inicio de la provincia que alberga dos tercios de la producción petrolera libia, un país que cuenta con las mayores reservas de África.

Después de nueve años de conflicto civil, convertido ya en una mini guerra mundial por la cantidad de actores externos implicados, Libia ha quedado partida en dos y es el petróleo quien marca la frontera. La producción y distribución están bloqueadas por las fuerzas rebeldes desde enero. El mariscal Jalifa Haftar tiene bajo su control los mejores pozos del país y por ello la producción se ha hundido de los 1,2 millones de barriles diarios, a apenas 100.000, una pérdida incalculable para el Gobierno de Unidad Nacional de Trípoli (GNA), reconocido por la comunidad internacional.

Tras la liberación de la capital, las fuerzas del GNA, apoyadas por Turquía, esperan la orden para lanzar una operación y recuperar el control de Sirte. Al otro lado les espera el petróleo que defienden los hombres del Ejército Nacional Libio (LNA, por sus siglas en inglés), liderado por Haftar y respaldados por Rusia, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Francia y Egipto. Este último país tiene luz verde del Parlamento para desplegar tropas en Libia si el GNA supera finalmente la línea roja.

Tras varios meses de cerco sobre la capital, el frente se traslada a esta parte de Libia que puede ser la causa de un choque a gran escala. «Turquía estaría abierta a diferentes opciones y una alternativa podría ser una fuerza internacional, pero no acepta que sean los rebeldes quienes tengan el control absoluto» de la zona petrolera, como ocurre desde 2015, apuntó el analista Galip Dalay en la web especializada Middle East Eye (MEE).

Además del interés estratégico que supone para las autoridades de Ankara tener un gobierno aliado en esta parte del Mediterráneo, los turcos aspiran a jugar también un papel clave en el sector petrolero y gasístico. Una muestra de la importancia que la operación libia tiene en el país fue la reunión que tuvo Recep Tayyip Erdogan con Fayez Sarraj, presidente del GNA, menos de 24 horas después de rezar en la reconvertida Gran Mezquita de Santa Sofía.

     

     

Un giro a la guerra

     

El despliegue en enero de barcos, drones y miles de milicianos islamistas sirios por parte de Recep Tayyip Erdogan en apoyo al GNA no solo frenó el avance sobre Trípoli, sino que dio un giro completo a la guerra, acabó con el cerco que sufría la capital y obligó a Haftar a retroceder. Los rebeldes, por su parte, cuentan con el apoyo de armas y de mercenarios rusos, pero el despliegue no está al nivel del efectuado por Turquía. Un informe confidencial de Naciones Unidas al que tuvo acceso la agencia DPA el pasado mayo reveló que entre 800 y 1.200 milicianos del Grupo Wagner, empresa privada rusa, combaten en Libia junto a las tropas rebeldes.

Ankara y Moscú trasladan al norte de África el pulso que ya libran en Siria, y pese a que el mensaje lanzado esta semana es el de que lograron un acuerdo para «trabajar a favor de un alto el fuego creíble, según declaró esta semana a la agencia Reuters el asesor de seguridad de Erdogan, Ibrahim Kalin, siguen reforzando su presencia militar. Así lo desvelaron nuevas imágenes obtenidas vía satélite por Estados Unidos que mostraban la llegada de aviones de carga rusos a la base de Jufra.