Estudiantes de entre 16 y 18 años acuden a una pequeña aula improvisada en la habitación de una casa. / m. ayestaran

Las escuelas secretas para niñas que desafían a los talibanes

La llegada del Emirato supuso el cierre de las aulas para las estudiantes de secundaria y ahora florecen espacios ocultos en domicilios particulares para hacer frente al Gobierno

MIKEL AYESTARAN Kabul

Es un primer piso de un barrio céntrico de Kabul. La habitación de Negin Gafari se ha convertido en una pequeña aula a la que cada día acude un grupo de diez estudiantes de entre 16 y 18 años. Son casi todas del vecindario, conocidas de la familia que se juntan en la habitación de Gafari para hacer durante dos horas lo que los talibanes no les permiten hacer desde hace un año: ir a clase. A falta del permiso de los islamistas, en las ciudades de Afganistán florecen las aulas secretas como esta que desafían a los nuevos gobernantes y tratan de seguir, dentro de sus posibilidades, el curso que le tocaría a cada estudiante en una situación normal.

«Es una actividad clandestina, secreta, que no sería necesaria si les dejaran ir al colegio. No quiero pensar lo que nos pueden hacer los talibanes si ven esta clase, ¿qué tiene de malo educar a una mujer? ¿cuál es el pecado?», pregunta en voz alta Gafari, a quien le cambia el rostro cuando se pone ante sus alumnas. Seria y cercana al mismo tiempo, emplea un tono dulce para poner orden y silencio. Tarda un segundo en imponerse a unas estudiantes sentadas sobre la alfombra de su habitación, cubiertas con velo y mascarillas y que se abanican con los cuadernos para soportar el calor. Lleva ocho meses con esta actividad que le puede costar muy cara.

El primer aniversario de los talibanes en el poder marca también el primer año de las estudiantes de secundaria sin poder ir al colegio. Las niñas de primera acuden a las aulas cada día, como lo hacen las estudiantes en edad universitaria, aunque ahora el campus recibe a hombres y mujeres en días alternos. A Gafari, de 24 años, le queda un semestre para licenciarse en Económicas. Soñaba con pedir una beca para hacer un Máster en el extranjero y convertirse luego en profesora de la Universidad de Kabul, «pero los talibanes han sepultado nuestros sueños y esperanzas. Me conformo ahora con poder dar clase a estas chicas porque la educación es un derecho del que no se puede privar a la mujer», opina Gafari bajo la atenta mirada de su hermano. El ritmo de vida en este apartamento ha cambiado, pero todos los miembros de la familia apoyan esta labor docente y asumen el riesgo que corren por albergar un aula secreta.

Falta de esperanza

Cada día cambian de materia. Gafari tiene todos los libros de texto que se empleaban bajo el anterior Gobierno y trata de avanzar todo lo posible. Al dejar a las estudiantes sin secundaria, esto les corta también el acceso a las universidades, es una cadena. Las alumnas tienen que superar exámenes y se llevan deberes a casa cada día. Al final de curso no tendrán un título, pero «es mejor que estar en casa cruzadas de brazos. Veo avances en muchas de ellas, se esfuerzan por no fallar cada día y superar los exámenes, hacen las tareas… pero lo que más les pesa a ellas, como a mí, es la desesperanza. ¿Qué nos espera mañana si los talibanes no cambian de mentalidad?», es la pregunta que se hace la joven profesora y millones de afganas.

Ante la presión internacional y la necesidad de obtener reconocimiento exterior, en marzo parecía que los talibanes iban a permitir la reapertura de aulas de secundaria, pero no lo hicieron. El grupo argumentó este cambio de opinión de última hora debido a la falta de personal docente y pidió más tiempo porque necesitaban crear un ambiente apropiado para que las niñas estudiaran y decidir sobre los uniformes apropiados. El Ministerio de Educación emitió un comunicado para anunciar que la apertura de escuelas se pospondría «hasta nuevo aviso cuando se desarrolle un plan integral, de acuerdo con la Sharia (ley islámica) y la cultura afgana».

Gafari recuerda ese momento, como recuerda las promesas de los islamistas a su llegada sobre que respetarían los derechos de las mujeres. Doce meses después no pueden estudiar secundaria y han quedado excluidas de la mayor parte de trabajos en organismos públicos. «Mienten, siempre lo hacen. No quieren mujeres educadas porque de una madre educada no puede salir un hijo talibán y eso les aterroriza. Nada en el Islam impide a la mujer estudiar y tenemos grandes ejemplos de mujeres académicas que son una inspiración, este es un tema puramente talibán», piensa Gafari, que comparte tiempo para la entrevista, con la corrección de ejercicios de su asignatura favorita, Matemáticas.

Cuando se cumplen las dos horas, las alumnas recogen sus cuadernos y salen poco a poco de la casa. En este vecindario se sienten seguras, en los últimos ocho meses no han tenido problemas de seguridad y en caso de que un talibán les pare por la calle, la respuesta es que van a visitar a un familiar. «No sé lo que nos puede pasar si nos pillan, pero habrá merecido la pena», afirma con rotundidad Gafari al ver a sus alumnas salir de su casa.