John Fetterman en su mitin de despedida este pasado fin de semana / reuters

La magia de Obama salva Pensilvania

El candidato demócrata al asiento número 51 del Senado gana las elecciones, pese a un debate desastroso, después de que los pesos pesados cerrasen campaña con él

M. GALLEGO Nueva York

La luna era roja, el huracán que arrasó Florida también, pero al cruzar la medianoche la carroza de los republicanos se transformó en calabaza. La magia de Barack Obama surtió efecto. La primera sorpresa la dio John Fetterman en Pensilvania, autodenominado durante la campaña el senador número 51, porque daría la mayoría soñada al Partido Demócrata en la Cámara alta, si él era capaz de ganar el escaño y ningún otro senador demócrata perdía el suyo.

«No sé qué decir», tartamudeaba emocionado, incapaz de entender él mismo el milagro de haber ganado las elecciones a una estrella de la televisión como el Dr. Mehmet Oz, pese a haber tenido la peor actuación que se recuerda en un debate político. El grandullón de los tatuajes y la sudadera de capucha sufrió en mayo pasado una isquemia cerebral que le alejó temporalmente de la campaña y afectó su capacidad para conectar el área del cerebro que procesa lo que oye. Los barones del partido salieron en su defensa asegurando que se había recuperado totalmente, pero su actuación en el único debate de la campaña celebrado el pasado 25 de octubre demostró que el daño era mayor de lo que se pensaba. La debacle parecía inevitable, pero como no era imposible cambiar al candidato dos semanas antes de las elecciones, en lugar de renunciar al único asiento libre que dejaba un republicano en esta contienda, todos los pesos pesados del partido salieron a defenderle.

Ninguno tan fundamental como Barack Obama, que el sábado pasado logró meter a 7.000 personas en un pabellón de Filadelfia, en lo que probablemente fue el acto más masivo de todas las elecciones. A solo cuatro horas, Donald Trump recibía en el aeropuerto de Latrobe al Dr Oz, una estrella de televisión lanzada a la fama por Oprah Winfrey, que ha sido capaz de vender millones de «píldoras mágicas» para adelgazar a las mujeres de Estados Unidos, pero no pudo convencer a los habitantes de la Commonwealth de Pennsylvania de que era uno de ellos. El cirujano de origen turco hubiera sido el primer senador de Estados Unidos en servir en un Ejército extranjero, tras haber hecho la mili en Turquía. Se mudó a Pensilvania hace dos años para poder presentarse al cargo y la campaña de Fetterman nunca permitió que eso se le pasara por alto a los votantes. «Mirad la matrícula, es de Pensilvania, no de New Jersey», decía el autobús del candidato demócrata.

El que se sentía en casa era el presidente Biden, nacido en Scranton (Pensilvania) y terminado de criar en Delaware, un estado vecino tan pequeño que sigue la televisión de Pensilvania. El sábado el público de Filadelfia le aplaudió como si volviera el hijo pródigo, el que fue capaz de recuperar el Estado para su partido después de que Hillary Clinton lo perdiese frente a Trump en 2016. «Si gritamos lo suficientemente alto podrán oírnos en Latrobe», guiñó Biden al público. Y cuando Trump volvió a salir a colación, Obama amonestó cariñosamente a la audiencia. «¡No abucheéis, votad!», insistió. «Vuestros abucheos no se oirán fuera de este auditorio, pero vuestro voto se escuchará en todo el país». Y así fue.

Hasta ese momento el Partido Republicano anticipaba un triunfo rápido y pletórico. Las apabullantes victorias de los gobernadores de Florida, Georgia, Texas y Ohio, entre otras, tuvieron como contrapartida las victorias demócratas en los gobiernos de Nueva York, Pennsylvania, Michigan y Colorado, pero el Congreso se resistía a caer en uno u otro sentido. Eso, de por sí, eran malas expectativas para quienes habían dado por hecho que anoche la marea roja teñiría rápidamente de granate todo el país.

«Las encuestas no funcionan», lamentó en la cadena Fox el analista Karl Rove, arquitecto electoral de George W Bush. Había de pronto un aire de funeral en la cadena conservadora, en la que las victorias de Florida habían quedado muy atrás a pocas horas de que se cantarán. «Esto es una tragedia para la democracia», lamentaban los políticos conservadores convocados a la tertulia. «Los demócratas han disparado la inflación, el crimen y la crisis fronteriza, pero no van a pagar ningún precio». Eso estaba todavía por ver. El recuento de Arizona, Nevada Georgia y Wisconsin alentaba la esperanza de que el partido en el poder retuviera al menos el Senado, pero la distancia era tan escasa que todo era posible. «El mensaje que parecen mandar los votantes es que quieren que los dos partidos trabajen juntos para arreglar los problemas que afectan al país», interpretó Rove.