Boris Johnson, primer ministro británico, este viernes tras las votaciones. / AFP

Johnson y Sturgeon inician empatados el pulso sobre la independencia

La líder escocesa advierte al inglés de que «no hay ninguna justificación democrática» para negarle un segundo referéndum

ÍÑIGO GURRUCHAGA Londres

El Partido Nacional de Escocia (SNP) se quedó en las elecciones del pasado jueves a un escaño de obtener la mayoría absoluta en el Parlamento de Edimburgo. Tendrá 64 de los 129 escaños, los Conservadores, 31, los Laboristas, 22, los Verdes Escoceses, ocho, y los Liberal-Demócratas, cuatro. La ministra principal en funciones y líder del SNP, Nicola Sturgeon, leyó una declaración al conocerse el cómputo de escaños en las circunscripciones. En ella, celebró como una gesta que su partido sea elegido para un cuarto mandato consecutivo.

El primero, tras obtener en 2007 una mayoría simple, 47 escaños, fue en minoría. En 2011 logró la mayoría absoluta, 69, que le llevó cuatro años más tarde al referéndum. Desde entonces, Sturgeon lideró otra victoria, en 2016, que le dio 64, y esta cuarta le daría los mismos. Pero la líder del SNP afirma que «la gente de Escocia ha votado dando una mayoría a los partidos proindependencia en el Parlamento». Cuenta con los ocho diputados de los Verdes Escoceses, dos más que en 2016.

Los dos partidos comprometidos con la nueva consulta sumarían 72 votos frente a los 57 de las tres formaciones unionistas. Los expertos detectan un extendido voto táctico para favorecer en la circunscripción propia al candidato que mejorase la opción en favor o en contra del referéndum. Predicen que los porcentajes totales de votos a esos cinco partidos divididos en dos bloques se distribuirán muy cerca de un 50%-50%.

Territorio progresista

Sturgeon adelantó las prioridades de su Gobierno –gestión de la pandemia, recuperación económica, asistencia social...– y dejó para el final una traca retórica. Consideró inadmisible que la Escocia progresista tenga que soportar a un Gobierno de derechas elegido en Inglaterra. O que Boris Johnson no equipare la soberanía de Edimburgo como la de Westminster, que no vea el reino como una «unión voluntaria de naciones», como una «asociación de iguales».

El primer ministro eligió las páginas del periódico en el que trabajaba, 'The Daily Telegraph', para expresar en una entrevista su rechazo a un segundo referéndum. «Creo que en este contexto sería irresponsable y temerario». Manifestó también un convencimiento en que «los electores escoceses se están apartando de la independencia».

El rencor de Alex Salmond está justificado. Si Sturgeon, su pupila y sucesora, hubiese querido realmente impulsar la independencia, si hubiese también sido capaz de olvidar los rencores entre ambos, habría pedido a sus seguidores el voto táctico que han utilizado con buen resultado los unionistas. Habría pedido el voto en las listas regionales a las papeletas de Alba, el partido formado hace seis semanas por Salmond.

Sturgeon no hizo tal petición y el lema insistente de la campaña de su partido ha sido que sus simpatizantes debían votar al SNP en las circunscripciones y en las listas. El objetivo de Salmond, que se presentaba sólo en listas y así se libraba de la ponderación negativa del voto a los partidos más exitosos en los distritos locales, era acumular papeletas independentistas en Alba y ser parte de una «supermayoría».

Salmond, sin escaño

Reconocía en la tarde de ayer que su partido no obtendrá ningún escaño. Pronosticaba un brillante futuro para Alba; es decir, que aspira a crear una división persistente en el nacionalismo escocés. El futuro de Salmond y Alba es otra incógnita que dejan unas elecciones que no parecen dar a los independentistas confianza sobre un pronto referéndum o sobre la viabilidad de una victoria de la independencia.

El resultado más positivo de las jornadas electorales, ralentizadas por las restricciones impuestas por la pandemia al recuento, es el de Johnson. En su nuevo avance en el territorio tradicional de los laboristas, el primer ministro ve una vía estratégica para un mandato largo. Les ha arrebatado también numerosas concejalías en ayuntamientos ingleses.

Al laborismo, desorientado por los sucesivos golpes se le ha aparecido un héroe, el ministro principal de Gales, Mark Drakeford. Es un pausado profesor universitario de 66 años que estudió latín y está ideológicamente más cerca del anterior líder laborista, Jeremy Corbyn, que del moderado Keir Starmer. Ha aumentado sus votos y sus escaños, y podrá gobernar ahora en solitario.

Un resultado peculiar de estos comicios es que primeros ministros que estaban al final de su mandato en Escocia o en Gales, o que eran juzgados tras un tiempo en el Gobierno, como Boris Johnson, no han sufrido el típico voto de desgaste. Su papel protector en la pandemia quizá sea un factor común.