Boris Johnson visita un centro de salud. / Reuters

Johnson pierde el pulso en la calle

Una encuesta a pie de calle en Londres confirma los sondeos que señalan una fuerte caída de la popularidad del 'premier' por las fiestas prohibidas

ÍÑIGO GURRUCHAGA Corresponsal en Londres

La política británica ha desembocado en una «situación absurda», según 'The Times'. El futuro del Gobierno depende de lo que diga esta semana el informe de una funcionaria sobre las reuniones sociales organizadas en la residencia del primer ministro durante los confinamientos. La cuestión es: ¿Qué opinan los transeúntes en Westminster?

«Yo estoy predispuesto a que Boris Johnson me disguste, pero creo que es bochornoso, realmente una vergüenza», dice Tom, un estudiante de Químicas de 22 años, que está con su amiga Grace, de 21 y estudiante de Derecho, ante la verja de Downing Street guiando a un visitante canadiense. «La gente se ha sacrificado mucho y lo mínimo que puede esperarse del Gobierno es que cumpla sus propias reglas», remacha Tom.

Grace: «Ahora sabemos que la gente ha muerto en hospitales sin que sus familias pudieran visitarles y que esto (las fiestas prohibidas) ocurría aquí mientras tanto. Es perverso», dice mientras apunta a la sede del gabinete del primer ministro. «Me sorprende –continúa Tom– que diga que acepta la responsabilidad por 100.000 muertes, pero no dimita. En cualquier otra profesión sería despedido. Pero esta historia (de fiestas y mentiras) es, al menos en mis círculos, la que ha concentrado la idea de su hipocresía».

¿Debería dimitir? Grace: «La dimisión es la parte fácil. Debió dimitir hace mucho tiempo». Tom: «Hace un año. Es la repetición de errores, no aprender. Puedes casi perdonar que se tomen malas decisiones la primera vez ante una situación sin precedentes, pero el aplazamiento de medidas que sabíamos necesarias en la ola del invierno del año pasado costó muchas vidas»

«Y no solo eso», añade su amiga. «Tener una fiesta cuando has dicho a la gente que no puede reunirse... La falta de ética y moralidad es excesiva. Cómo puedes gobernar el país con esa falta de decencia.»

Hace frío, muy poca gente. En la acera del edificio del Parlamento tres sexagenarias, compañeras de escuela en el este de la ciudad, siguen la guía de un libro de paseos por Londres. ¿Qué les parece lo que está ocurriendo?

«¡Son todos unos mentirosos! Johnson es un bufón y tendrían que echarlo», dice una de ellas, Anne (nombre ficticio ya que ninguna quiere dar su identidad auténtica). Su amiga Theresa añade al veredicto: «Cuenta mentiras todo el rato. Y luego rectifica y pide perdón, pero ¿qué sentido tiene pedir disculpas cuando has hecho algo que no deberías hacer? Nosotras no votamos por él. Desgraciadamente, eso es la democracia», resuelve. Susan, la tercera mujer del grupo, se suma al debate. «Tampoco votamos por el brexit».

Un patio de colegio

¿Es el 'partygate' un frenesí de políticos y prensa? ¿O le importa al público que hubiese reuniones ilegales en Downing Street? Susan responde: «La gente está enfadada. El coste de la vida ha subido. Contaron mentiras sobre el brexit y han seguido. Creo que la gente ha comprendido que hicieron una mala elección. Pero la prensa ha convertido las fiestas en algo mayor de lo que fue. Es algo que no me preocupa.

«Son las mentiras», dice Theresa. «Los agricultores, los pescadores… todos van a tener problemas sin los subsidios que tenían en Europa. Es desmoralizador. La gente está harta. Los precios se disparan». «Dime un político que no mienta –interviene Anne–. No confío en ninguno». «Creo que eso es un poco exagerado», corrige Theresa. «Son las riñas entre ellos. No tienen sentido. Actúan como en un patio de colegio», insiste Anne.

¿Pero es eso algo nuevo? «Siempre ha sido así, pero los medios tienen ahora tanto poder», exclama Susan. «Yo no creo nada de lo que dicen». Tras las risas, una pregunta seria. ¿No hay confianza en el sistema de gobierno? «No. Y la democracia es muy importante –advierte Anne–. Me alegra que la Cámara de los Lores esté allí para calmar las cosas, dar equilibrio».

De regreso a Downing Street, una pareja de maestros escoceses jubilados, David y Liz, que ha venido a una boda en Londres, confiesan que están muy interesados en la política del momento. «Johnson ha mentido deliberadamente. Es la historia de su vida. Fue despedido por el director de 'The Times' por mentir, por el líder del Partido Conservador... Esta semana ha sido la culminación de todo eso».

«Creo que mancha la reputación de la democracia el hecho de que puedas ir al Parlamento y, como Donald Trump, te ganes la vida contando mentiras», reprocha David. «Daña a la sociedad», añade ella. Él expresa su enfado porque el primer ministro se presente ahora como gran gestor de la pandemia. «Cuanto más pronto se vaya, mejor para todos», concluye.