Draghi acudió ayer a un colegio de Roma para depositar su voto. / FILIPPO ATTILI

Arrivederci, Draghi

El primer ministro saliente asegura que no tiene intención de repetir en el cargo, aunque una victoria parcial de la derecha le abriría la puerta a seguir

DARÍO MENOR CORRESPONSAL. ROMA

«No». Ésa fue la respuesta, seca y directa, que ofreció Mario Draghi la semana pasada cuando le preguntaron en una rueda de prensa si estaría dispuesto a un segundo mandato como primer ministro de Italia. El expresidente del Banco Central Europeo (BCE), que se hizo con las riendas del país en febrero de 2021 al ser apoyado por una amplísima coalición de partidos, que iban desde la izquierda radical hasta la extrema derecha, pensaba haber aguantado en el poder hasta el primer trimestre del año que viene. Era entonces cuando la legislatura llegaba a su término natural, pero el pasado mes de julio se convirtió en una víctima más de la sempiterna inestabilidad política italiana: fue entonces cuando le tocó presentar su dimisión al saltar por los aires la coalición que lo sostenía al retirarse de ella el Movimiento 5 Estrellas, la Liga y Forza Italia.

A sus 75 años recién cumplidos, Draghi no parece dispuesto a ponerse al frente de un nuevo Gobierno técnico. Se trataría de un escenario nada descabellado en caso de que no alcance la mayoría absoluta en el Parlamento la coalición de derechas que comanda Giorgia Meloni, candidata de Fratelli d'Italia (FdI, Hermanos de Italia), y de la que también forman parte la Liga y Forza Italia.

Si la victoria de los conservadores no resulta abrumadora y se abre la posibIlidad de nuevos pactos entre los partidos, la figura del expresidente del BCE volverá a saltar al escenario como garantía de estabilidad y de cohesión entre fuerzas políticas diversas. También se presentaría como una figura respetada, que genera tranquilidad de cara al exterior en un momento de guerra, tanto para los inversores internacionales como para los socios europeos y de la OTAN.

La presidencia

Aunque su protagonista rechace con sequedad esa posibilidad, un Gobierno 'Draghi bis' no puede descartarse del todo. Su nombre, además, permanecerá siempre en las quinielas como aspirante a suceder al presidente de la República, Sergio Mattarella, cuando éste concluya su segundo mandato en 2029, si es que no decide renunciar antes, como hizo su antecesor, Giorgio Napolitano. Sería el colofón de la carrera del «abuelo al servicio de las instituciones», como él mismo se definió, a cuya puerta llamaron los políticos hace un año y medio para que relanzara la campaña de vacunación contra el covid e hiciera un buen uso del maná europeo tras la pandemia.

En pocos meses Draghi y su equipo lograron poner en marcha un ambicioso plan de reformas, el llamado Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia, que prevé la recepción de 191.500 millones de euros hasta 2026, entregados en su mayor parte por Bruselas como créditos y subvenciones, y que ahora le tocará completar a su sucesor.

«El problema de Draghi es que, aunque tenía que centrarse en relanzar la economía, reaccionó ante la guerra de Ucrania con una posición extrema a favor de Estados Unidos, frente a una mayor autonomía de otras naciones de nuestro entorno. Esto lo puso fuera de su agenda», opina Michele Prospero, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad La Sapienza de Roma, que aplaude en cambio la «seriedad en la gestión» mostradas por el expresidente del BCE: «Consiguió romper con los esquemas del populismo, distribuir con rigor las ayudas europeas y luchar eficazmente contra la pandemia».