Recinto en el que se celebra la fiesta de la cerveza de Munich. / efe

Munich

Arranca la Oktoberfest con sed de cerveza tras dos años de parón por la pandemia

Millones de personas acuden a la mayor fiesta popular del mundo, donde la jarra ha subido un 15% con respecto a 2019

JUAN CARLOS BARRENA

Tras dos años de «sequía» por la pandemia de coronavirus, la cerveza vuelve a correr a raudales desde este sábado en las «Wiesn», las praderas a las afueras de la capital de Baviera, donde se celebra la mayor fiesta popular del mundo. Con puntualidad alemana, el alcalde de Múnich, Dieter Reiter, dio a las doce del mediodía el protocolario mazazo al grifo del barril de madera de 200 litros para inaugurar la «Oktoberfest», la tradicional fiesta de la cerveza, mientras miles de impacientes asistentes aguardaban para disfrutar de las primeras jarras de litro, la caña bávara. Las autoridades de la ciudad, con más de un millón de habitantes, esperan alcanzar las cifras de visitantes de la última edición. En 2019 más de 6 millones de personas acudieron al recinto festivo para disfrutar de sus atracciones y degustar el jugo de cebada fermentado que supuestamente inventó el legendario rey Gambrinus.

Pese a que bajo las carpas de las cervecerías los asistentes se contarán por miles y la aglomeración humana en el recinto será abrumadora, no rige norma alguna para prevenir contagios de Covid-19. Guardar la distancia de seguridad es imposible y el uso de mascarillas tiene poco sentido cuando no se hace otra cosa que beber y cantar a grito pelado coreando las canciones populares que tocan las orquestas. El jefe de la Oktoberfest, Clemens Baumgärtner, ha aconsejado a las personas de salud delicada evitar la fiesta. Quien no se sienta sano o pertenezca a los grupos vulnerables «mejor que no vaya», dijo Baumgärtner. Habrá que ver cómo reacciona el público, si las familias acuden con sus ancianos. El alcalde ordenó ya hace meses a la administración de la ciudad «organizar la Oktoberfest 2022 sin condiciones ni limitaciones». Y el primer ministro de Baviera, Markus Söder, anunció ya que acudirá «sin mascarilla».

De la seguridad en el recinto se encargan unos 600 policías en una comisaría provisional que se levanta para la ocasión. Hay controles en los accesos y está prohibido acudir con bolsos grandes o mochilas a la fiesta. Nadie olvida el devastador atentado neonazi de 1980 en el que una bomba mató a 12 inocentes e hirió a más de 200 personas. Pese a la fuerte presencia policial, no faltan los delincuentes. En 2019 los agentes detuvieron a más de 130 carteristas. La Cruz Roja hace también un gran despliegue con cientos de voluntarios y un hospital de campaña, fundamentalmente para atender a diario a cientos, cuando no miles, de beodos, pero también a los heridos en pequeños accidentes, desde cortes a golpes y alguna que otra fractura por caídas fortuitas.

Los precios han aumentado también sustancialmente, prácticamente un 15% frente a la última fiesta de hace tres años. El «Mass», la jarra de un litro, se sirve en esta edición por entre 12,60 y 13,80 euros, según la cervecera. Se ofrece habitualmente «Helles», cerveza rubia, y no hay medidas inferiores a la del enorme recipiente, que entre líquido y cristal ronda los dos kilos. En 2019 se vendieron más de 7,5 millones de litros. La cerveza de la Oktoberfest se produce especialmente para la ocasión y tiene una graduación superior a la normal, de un 5,8% a un 6,4% de alcohol. Intentos políticos de limitar el precio de la cerveza han fracasado sistemáticamente en el pasado. Para comer no faltan los pollos asados, de los que cientos de miles pasan por las cocinas, las salchichas blancas de ternera calentadas en agua y los «brezel», lazos salados de pan horneados. Más de 120 bueyes son también sacrificados y asados enteros. La novedad de este año son las salchichas blancas veganas para quienes evitan la carne en su dieta.

La 187 edición de la Oktoberfest, que solo se ha suspendido por guerra o epidemias, durará hasta el 3 de octubre y su origen no tuvo un carácter precisamente popular. La primera fiesta en la Theresienwiese, la pradera de Teresa, fue la boda del entonces príncipe heredero y luego rey Luis I de Baviera con la princesa Teresa de Sajonia-Hildburghausen. Al término de una carrera de caballos, se sirvió cerveza a los invitados. Y es precisamente la cerveza el único vestigio que queda actualmente de aquella celebración. Una fiesta que ahora es un enorme negocio para la capital bávara. En la última edición la facturación de la Oktoberfest superó los 1.200 millones de euros. Los que más se beneficiaron entonces fueron los hoteles de la ciudad, llenos a rebosar en estas fechas y que ingresaron más de 505 millones de euros, mientras en las atracciones y cerveceras del recinto ferial los visitantes gastaron más de 440 millones de euros.

No es obligatorio vestirse a la usanza bávara, pero quienes acuden a las «Wiesn» comprueban que son muchos quienes lucen el traje regional típico de los Alpes, de Baviera y Austria. Los hombres con pantalón de cuero corto o por debajo de la rodilla, tirantes, camisa de cuadros, calcetines largos y «haferl», calzado de cuero de suela gruesa, cerrado y con hebilla o cordones laterales, así como una chaqueta sin cuellos similar al kaiku vasco. Y las mujeres con su «dirndl», el tradicional vestido de flores, ajustado con cintas en el pecho, además de delantal y blusa blanca. El lazo que llevan las mujeres en la cintura revela su condición. Si va atado a la izquierda, soltera y sin compromiso. Si es a la derecha, casada o comprometida. No son prendas baratas y los modelos exclusivos alcanzan altos precios, pero en tiendas especializadas y grandes almacenes se venden trajes regionales a granel, una oferta que aprovechan los turistas para vestirse a tono.