El Parlamento de Westminster es escenario de constantes revelaciones y denuncias sobre escándalos sexuales. / AFP

El espirítu de Benny Hill ronda los pasillos de Westminster

La detención esta semana de un diputado acusado de violación es solo el último episodio de una larga lista de acosos

PAULA ROSAS Londres

Una de las series más vistas en Netflix en los últimos meses en el Reino Unido ha sido 'Anatomía de un escándalo', una ficción en la que todos son guapos, las casas de ensueño y en la que casi lo único convincente de su metraje es el argumento: un exministro y diputado conservador es acusado de violación. Es posible que, salvo por los decorados, algunos espectadores británicos apenas noten la diferencia estos días cuando cambien de canal para ver, por ejemplo, los informativos de la BBC.

Los escándalos sexuales de la clase política no son ninguna novedad en el Reino Unido. Relaciones extramatrimoniales, hijos secretos o prácticas sexuales que llegarían a levantar alguna ceja han sido carne de tabloide a lo largo de las décadas. Bien lo sabe la ahora exesposa del dimitido ministro de Sanidad Matt Hancock, que desayunó el año pasado con las imágenes de su pareja haciendo algo más que besarse con una colaboradora en su despacho. Hancock, es justo decirlo, se excusó por romper las reglas de distanciamiento físico en plena pandemia.

Todo quedaría en el terreno del cotilleo si no fuera porque el goteo constante de revelaciones y denuncias que salen de Westminster va mucho más allá de las posibles indiscreciones de la vida privada de los políticos y entra de lleno en el campo de lo criminal. Hasta 56 diputados han sido denunciados ante la Comisión Independiente de Quejas y Reclamaciones (ICGS, siglas en inglés) por comportamientos sexuales inapropiados, que van desde comentarios intimidatorios hasta acusaciones de acoso, agresión o de pagos a cambio de favores sexuales. Uno de los más graves se conocía esta semana con la detención de un diputado conservador acusado de violación y agresión sexual. Los hechos ocurrieron al parecer entre 2002 y 2009 cuando la víctima, hoy también político, era menor de edad.

'Pestminster'

En 2017, cuando el nivel de los escándalos llegó a tal punto que la prensa rebautizó el parlamento como 'Pestminster', por el juego de palabras entre 'pest' (plaga o peste) y Westminster, a nadie sorprendió que las empleadas de la Cámara hubieran creado en secreto un grupo de WhatsApp en el que nombraban y prevenían a otras mujeres sobre los depredadores sexuales con los que trabajaban. Como si el espíritu de Benny Hill, aquel rey de la comedia sexista que perseguía a mujeres en lencería, rondara los pasillos del honorable edificio, los mensajes de las asistentes advertían contra tal diputado porque «tiene las manos largas», o pedían no entrar sola en un ascensor con tal otro, o en un taxi con el de más allá.

Desde entonces, son muchas las que han denunciado la cultura sexista y de acoso que han vivido en el parlamento, tanto al ICGS, creado al calor del movimiento #MeToo, como en público. «Para las empleadas jóvenes, ser arrinconada por un diputado borracho, recibir una palmadita en el trasero o una proposición indecente no es algo fuera de lo común», denuncia en Open Democracy la investigadora Becky Paton, que trabajó como asistente parlamentaria. El acoso se produce a todos los niveles, como ha reconocido la propia diputada y secretaria de Estado de Comercio Internacional, Anne-Marie Trevelyan: «He presenciado y he sido objeto de misoginia por parte de mis compañeros muchas veces», denunció en la prensa recientemente, revelando que había sido «acorralada contra la pared» por un diputado hacía años.

56 parlamentarios han sido denunciados ante la comisión creada para este tipo de conductas

Las víctimas no solo han sido mujeres. Al diputado nacionalista escocés Patrick Grady le acusaron de manosear a dos asistentes hombres en una fiesta de Navidad en 2016. El conservador Rob Roberts fue suspendido seis semanas por insinuarse en repetidas ocasiones a un colaborador. Y su compañero de partido Imram Ahmad Khan fue expulsado de la formación el pasado mes después de que un tribunal lo condenara por agredir sexualmente a un adolescente de 15 años en 2008.

Amplio historial

Pero, pese a herramientas como el ICGS, poco parece haber cambiado en los pasillos de Westminster. Khan es solo uno de los tres diputados Tories que el mes pasado saltaron a un ominoso estrellato por su conducta sexual. A Neil Parish le pillaron dos veces viendo porno en el Parlamento y a David Warburton se le investiga por tres acusaciones de acoso sexual, entre ellas por meterse desnudo en la cama de una mujer. Pero la lista en los últimos años es larga: el exministro conservador Andrew Griffiths mandó más de 2.000 mensajes sexuales a dos mujeres de su distrito electoral y luego fue condenado en 2020 por violar a su esposa. Ese mismo año, el diputado conservador Charlie Elphicke fue condenado a dos años de cárcel por agredir sexualmente a dos mujeres. A una la persiguió correteando por su casa al grito de «¡soy un Tory travieso!». Otro que vio porno en su oficina –y mintió sobre ello– fue Damian Green, que hacía las veces de número 2 de Theresa May. Su entonces ministro de Defensa, Michael Fallon, también dimitió por sobar las rodillas de dos periodistas.

«A pesar del creciente número de mujeres diputadas, el parlamento todavía parece un club de hombres», denuncia la diputada laborista Nadia Whittome en una columna en la revista 'gal-dem'. Cada nueva ola de escándalos, recuerda, «es seguida por promesas de acción, pero luego muy pocas cosas cambian y se hace el silencio… hasta que salen a la luz nuevas revelaciones».