La exparlamentaria y activista afgana Fawzia Koofi, en una imagen de archivo. / Europa Press

Las mujeres afganas dicen estar horrorizadas por la indiferencia del mundo

El debate sobre los fondos congelados al gobierno talibán centra la atención del Consejo de Seguridad, un año después

MERCEDES GALLEGO Nueva York

Hace un año el mundo estaba horrorizado ante la suerte de las mujeres afganas que habían quedado en manos de un nuevo gobierno talibán, tras la estampida estadounidense. Hoy son ellas las que están horrorizadas ante la indiferencia del mundo.

Hay una nueva guerra en el mundo. Ucrania, que ha acaparado la atención de la Asamblea General de la ONU, también podría desvanecerse el año que viene si surge otro conflicto más novedoso que conquiste la atención de la opinión pública mundial. Mientras, la campaña de imagen de los talibanes 2.0 ha dado paso, como se temía, a un «apartheid de género» en Afganistán, donde se destruye «sistemáticamente» los derechos de las mujeres, denunció ayer la ex parlamentaria Fawzia Koofi, que actualmente preside la Comisión de Mujeres, Sociedad Civil y Derechos Humanos de Afganistán.

Antes de hablar ante el Consejo de Seguridad de la ONU, en la reunión en la que se evaluaba el primer aniversario de la vuelta de los talibanes al poder, consultó con «muchas mujeres» de su país sobre qué es lo que querían que dijera. «Me pidieron que les cuente que están decepcionadas, horrorizadas y furiosas de ver que el mundo no se pronuncia sobre el sufrimiento de 14 millones de personas a manos de un gobierno que ni siquiera tiene legitimidad internacional», transmitió. Ningún representante del gobierno talibán pudo responderle, porque su embajador no está reconocido en la ONU ni en ningún país del mundo, aunque 34 gobiernos tengan algún tipo de relaciones.

Desde su llegada al poder los talibanes han prohibido el acceso de las mujeres a la educación secundaria, han emitido 31 decretos que las relegan al oscurantismo, han abierto prisiones de mujeres, han cerrado 300 medios de comunicación y dejado 17 provincias sin ninguna mujer periodista, (solo quedan 600 de las 2.576 en todo Afganistán). Desde agosto del año pasado, 2,3 millones de afganos han huido del país y millones más siguen buscando desesperadamente un pasaporte para irse. «No hay sitio para las mujeres ni para el futuro de Afganistán», lamentó.

Koofi, de 47 años, conoce bien el oscurantismo al que regresan las mujeres de su país. El día que nació, en el seno de una familia polígama en la que había siete esposas, la dejaron al sol para que muriera, porque su madre quería un varón para mantener el afecto de su esposo. Su vida y su trabajo para defender los derechos de las mujeres afganas es en sí un desafío a las aspiraciones de los talibanes, con los que negoció en las conversaciones de Doha como una de las cinco mujeres de la delegación intraafgana, y por el que ha sufrido dos intentos de asesinato.

Este martes Koofi era partidaria de limitar las ayudas al nuevo gobierno para asegurarse de que llegan a la población y no a quienes dicen detentar el poder «otorgado por Dios», mientras países como Rusia, China, México y hasta Noruega piden que se descongelen los fondos del Banco Central Afgano para lidiar con la crisis humanitaria y evitar el colapso del país.

Seguridad internacional

Pero no es la situación de las mujeres afganas la que frena a EE UU de hacerlo, sino la demostrada colaboración del gobierno talibán con la red terrorista de Al-Qaeda, como reveló el asesinato de Ayman al-Zawahiri en el balcón de un acomodado barrio de Kabul. El mundo no cree que los talibanes estén dispuestos a tratar con dignidad a las mujeres, pero aún menos que vaya a colaborar con la seguridad internacional persiguiendo a los terroristas.

El argumento que justificó la invasión del país hace más de dos décadas deja en el abismo del hambre y la miseria a su población, más allá de la «humillación» que sufren las mujeres a las que se les prometió el sueño de la igualdad occidental. «¿Pueden ustedes imaginarse que para salir de esta sala necesitaran el permiso de una mujer?», preguntó Koofi. «No, supongo que les resultará difícil imaginárselo. Tenemos que admitir que todos les hemos fallado a las mujeres afganas».