Partidarios de Trump chocan con la policía en su inento de asaltar el Capitolio en Washington el pasado 6 de enero. / Afp

Todos los indicios apuntan hacia Trump

Las investigaciones del Congreso sobre el asalto al Capitolio desvelan un intento de crear un caos para invocar el estado de emergencia y retener la presidencia

CAROLINE CONEJERO Nueva York

Una turba de miles de personas incitadas por el entonces presidente Donald Trump protagonizaron hace cinco meses el asalto al Capitolio con el fin de detener el proceso constitucional de certificación del triunfo de Joe Biden las elecciones de noviembre de 2020.

Esta semana, siete meses después de que su rival fuera declarado vencedor, ha admitido por fin, en el curso de una incoherente entrevista telefónica con un presentador de la cadena Fox News, que «no ganó» y que desea lo mejor su sucesor.

El todavía cabeza de los republicanos, que por una vez no mencionó su consabida teoría del fraude electoral, cosechó siete millones de votos menos que Biden, quien ganó con un amplio margen de 306 a 232 el voto de los colegios electoral.

«Se suponía que íbamos a imponernos si llegábamos a los 64 millones de votos. Sumamos 75 y perdimos», pero vamos a ver qué pasa con eso», señaló, en referencia a los nuevos recuentos en algunos estados, como Arizona, que aún persisten gracias a lo afanes de los republicanos.

Trump ha intentado establecer la llamada «gran mentira» del fraude electoral tanto en los tribunales, por medio de más de ochenta demandas de impugnación del resultado que han sido desestimadas, como a través de las instituciones gubernamentales y la presidencia.

Entre todos sus intentos, quizá el momento más ominoso fue su discurso el 6 de enero, en el que incitó el ataque al Capitolio dos semanas antes de la proclamación del nuevo presidente electo, el demócrata Joe Biden.

Más de 2.000 personas se reunieron en Washington en la noche del día 5 en respuesta al repetido llamamiento de Trump a asistir en la jornada siguiente a una marcha al Capitolio para «salvar a Estados Unidos» y que el mismo había prometido sería «salvaje».

«Se suponía que íbamos a imponernos si llegábamos a los 64 millones de votos. Sumamos 75 y perdimos» ha dicho Trump asumiendo la derrota

Pocas horas antes del asalto, desde la plataforma del escenario los participantes se entregaron a enfurecidos discursos que exponían teorías de conspiración sobre elecciones robadas y retórica apocalíptica contra enemigos políticos débiles, comunistas y satanistas.

El lenguaje evocaba claramente un llamamiento a las armas. «Es hora de la guerra», declaró un orador. «No vamos a retroceder más», dijo un hombre con puntos de sutura recientes en la cabeza. «Éste es nuestro país». El abogado personal de Trump, Rudy Giuliani, llegó incluso a invocar el «juicio por combate».

La multitud parecía en trance ante la misión que se le encomendaba de 'salvar' al presidente Trump y ayudarle a revertir por la fuerza el resultado de las elecciones.

Grupos neofascistas

Muchos eran ciudadanos corrientes enfervorecidos en apoyo a su presidente. Otros, sin embargo, con información privilegiada y acuerdos tácitos, marchaban armados con garrotes y cuchillos. Grupos neofascistas como los Proud Boys, milicias de extrema derecha de corte paramilitar como los Three Percenters o los Oath Keepers, y una miríada de seguidores de grupos extremistas como QAnon llegaron preparados entrenamiento especial dispuestos a cometer violencia por él.

El asalto al Capitolio, con la intención de impedir la certificación de la victoria de Joe Biden, pareció sin embargo tomar por sorpresa a gran parte de los políticos de Washington, al FBI y al Pentágono, y, en particular, a la Policía del Congreso, que rápidamente se vio sobrepasada en fuerza y en número por una muchedumbre armada y violenta.

Aun así, el término 'Tormenta en el Capitolio' había sido mencionado hasta 100.000 veces en las redes durante los treinta días anteriores al 6 de enero, y la mayoría en la biosfera de Trump parecía familiarizada con el asunto.

En vísperas de la insurrección la empresa de redes sociales Parler advirtió al FBI sobre la detección de docenas de mensajes preocupantes. «No se sorprenda si tomamos el edificio del Capitolio», señalaba una publicación de un usuario cuatro días antes del ataque. «Trump necesita que causemos el caos para promulgar la Ley de Insurrección», decía otra.

Sin embargo, el director del FBI, Christopher Wray, declaró esta semana ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes que investiga la insurrección «no recordar» haber oído hablar de las publicaciones, a pesar de que algunas de éstas fueron enviadas a la división de la oficina federal que investiga el terrorismo doméstico.

«En los próximos meses los demócratas esperamos una cascada de actividad en las investigaciones» delara Nancy Pelosi

En una audiencia paralela de otro comité, el inspector general de la Policía del Capitolio, Michael Bolton, culpó a las unidades de emergencia por su falta de preparación y los fallos en seguridad en un día de violencia que se saldó con cinco muertes y dos suicidios posteriores de agentes traumatizados.

En una revelación aún más sorprendente, Bolton señaló que el entrenamiento de su unidad de respuesta de emergencias, a cargo de una empresa de corte supremacista blanca -como claramente expone en su página web- conocida como Northern Red, podría crear 'inseguridad' entre el personal. Esta firma fue contratada por 90.075 dólares en 2018 y 2019.

la sordera del Pentágono

John Bolton, exasesor de seguridad nacional de Trump, también reconoció los fallos en seguridad que permitieron a los insurgentes robar una docena de chalecos y cascos mientras los agentes de primera respuesta carecían de armas no letales, que podrían haber marcado la diferencia, y no estaban certificados para usar el rifle M4.

Una falta de preparación que se unió al retraso en la respuesta del Pentágono después de recibir incontables llamadas de emergencia y desesperadas peticiones de ayuda por parte de la Policía y del personal del Congreso.

Mientras en la Casa Blanca Trump seguía cómo el caos descendía en el asalto al Capitolio en el que había apostado su última baza con el cálculo de invocar el estado de emergencia nacional y retener el poder de la presidencia.

Aunque las investigaciones están todavía en su fase inicial, el relato apunta cada vez más a una trama de intento de detención de la democracia por parte de un presidente en el cargo, vinculado a múltiples y profundas responsabilidades en los corredores del poder de Washington.

Lo que sí parece cada vez más claro es que el papel de la muchedumbre en el asalto fue el de crear la excusa para justificar la intervención de los poderes establecidos. El FBI ha realizado quinientos arrestos hasta la fecha.

La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, ya lo ha adelantado: «en los próximos meses los demócratas esperamos una cascada de actividad en las investigaciones».

Siete meses para aceptar su derrota

Donald Trump ha admitido por fin, en el curso de una incoherente entrevista telefónica con un presentador de la cadena de televisión conservadora Fox News, que «no ganó» las elecciones e incluso llegó a desear «lo mejor» su sucesor.

En vísperas de la insurrección una empresa de redes sociales advirtió al FBI sobre la presencia de docenas de mensajes preocupantes. «No se sorprenda si tomamos el edificio del Capitolio», señalaba un usuario cuatro días antes del ataque. «Trump necesita que causemos el caos para promulgar la Ley de Insurrección», decía otro.