El presidente saliente de EE UU, Donald Trump, en una reunión en Washington con sus asesores / efe

El dilema del Partido Republicano

Los conservadores, más divididos que nunca, se enfrentan al desafío de reconstruir la formación para intentar recuperar a sus votantes tradicionales

CAROLINE CONEJERO Nueva York

El jueves por la mañana, al día siguiente del asalto al Capitolio, Donald Trump llamó brevemente a la reunión de invierno del Comité Nacional Republicano cuando la presidenta Ronna McDaniel abrió el micrófono para que todos pudieran aplaudirle. Vítores y aplausos, la dirección del partido gritaba: «¡Te queremos!».

Trump, que habló en videoconferencia mientras los reunidos celebraban un desayuno privado, fue escueto. Denunció las noticias falsas de los medios, pero no mencionó la violencia del miércoles en el Congreso . Ronna McDaniel, la presidenta que el mandatario instaló hace cuatro años como jefa titular del Partido Republicano nacional, fue reelegida por unanimidad sin un sólo contendiente.

Incondicional del presidente, McDaniel elogió a Trump por atraer nuevos votantes en las elecciones, -un récord histórico para un republicano en unos comicios a pesar de la derrota-. Evitó mencionar que el jefe de la Casa Blanca fue derrotado y le agradeció por elegirla para el cargo.

Tras unos resultados electorales decepcionantes que le costaron al partido republicano la Casa Blanca y el control del Senado, y después de que una turba instigada por el presidente asaltara el Capitolio dejando cinco muertos y su Administración en ruinas, la cúpula del partido no veía motivos para cambiar de rumbo.

La mayoría de los reunidos no estaba interesado en condenar el comportamiento de Trump o en analizar la pérdida de importantes grupos de votantes, sino en expandir el argumento de que grupos de izquierda radicales fueron los responsables de la violencia en el Capitolio. En público y en privado nadie creía que el presidente había hecho nada malo. No había razón para preguntarse cómo perdieron Estados como Georgia.

La cúpula republicana se centró en cómo Trump y el partido habían mejorado su actuación entre el electorado de minorías y el hecho de que ahora haya más mujeres conservadoras en la Cámara de Representantes. Algunos miembros pidieron una declaración de condena a la violencia del miércoles al tiempo que reconociera la legitimidad de las afirmaciones del presidente sobre fraude electoral. Pero al final se quedó en el compromiso general para aumentar los esfuerzos de ayuda al mandatario.

Preocupación

A pesar de la buena cara, en el ambiente se sentía la preocupación de que los últimos acontecimientos y la, innombrable todavía, caída de Trump tendrían repercusiones profundas en el seno del partido. En privado muchos expresaban su descontento con el presidente y hasta McDaniel, que se ha negado a criticar a Trump, reconocía que el miércoles no fue el mejor día del jefe de la Casa Blanca en el cargo. Pero nadie quería reconocer al elefante en la habitación: la potencial inevitabilidad de una colisión interna, admitir la complicidad del partido en apoyar el extremismo del presidente, condonarlo y llevar a los republicanos al borde de la ruptura. O aceptar que la facción trumpista ha provocado el desastre electoral y ha alejado a los votantes de toda la vida.

Los acontecimientos violentos en el Congreso convierten a la facción del trumpismo técnicamente en un partido por sí mismo. Muchos líderes del conservadurismo tradicional como Henry Barbour, miembro del comité de Mississippi, que pidió cambios, saben que la realidad de la fractura se impondrá, y hay que prepararse para recuperar lo que se pueda salvar. Reince Priebus, el predecesor de McDaniel a la cabeza del partido, quemado por Trump como su primer jefe de gabinete, impulsa ya cambios en privado. En cualquier caso, nada puede moverse hasta que Trump desaparezca de la escena por completo. Técnicamente, el presidente es el líder del partido hasta que se nomine a otro candidato presidencial.

A medida que el castillo de naipes se desmorona, la ruptura con el presidente se extiende como un dominó en renuncias masivas en su Administración, acompañadas de condenas a la violencia y llamados a que el presidente deje el cargo antes del 20 de enero. La senadora republicana Lisa Murkowski fue el primer miembro republicano del Senado en pedir su dimisión, con duras críticas tras los disturbios. La secretaria de Transporte Elaine Chao, el ex jefe de gabinete Mick Mulvaney, la secretaria de Educación Betsy DeVos y muchos otros altos cargos de la Administración abandonan el tren en busca de una salvación propia.

Mulvaney ha mantenido conversaciones con el Congreso sobre la potencial aplicación de la Enmienda 25 para destituir al presidente por incapacidad. Pero su aplicación requiere que se involucren otros cargos y el vicepresidente Pence, algo improbable.

Los futuros pesos pesados

El nuevo capítulo tendrá que contar con pesos pesados como e l senador Mitt Romney o la congresista Liz Cheney. De cara a las elecciones de 2024, otros posibles contendientes podrían ser Nikki Haley, exembajadora de Trump en la ONU. También la gobernadora de Dakota del Sur Kristi Noem, o incluso el senador de Texas Ted Cruz, si sobrevive a su sedición del miércoles, o por qué no, el propio Romney, en un nuevo intento con el terreno despejado del trumpismo.

De todos ellos dependerá poner a prueba si el centrismo es todavía viable en un partido republicanoque, a pesar del desastre, ha prosperado con enormes ganancias políticas no vistas en décadas en su alianza con el populismo.

Cercan el Capitolio con una valla y despliegan 6.000 militares

Tras las numerosas críticas recibidas por los fallos de seguridad que permitieron el miércoles la toma del Capitolio por parte de una turba de seguidores de Donald Trump, la Guardia Nacional de EE UU ha desplegado este fin de semana 6.000 efectivos en Washington. Asimismo, se terminará la construcción de una valla de siete pies de alto (2,1 metros), que blindará la sede del Congreso.

Según fuentes consultadas por la cadena de televisión ABC News, estas medidas de protección podrían durar al menos un mes en anticipación de posibles disturbios durante la investidura del presidente electo, Joe Biden, el próximo 20 de enero, y las semanas posteriores. Representantes republicanos y demócratas se han quejado en los últimos días de los fallos de vigilancia que permitieron el asalto al Capitolio.

Mientras, informa Europa Press, se espera que la Fiscalía estadounidense abra una investigación federal por asesinato por la muerte de un policía del Congreso durante el ataque. Brian Sicknick falleció el jueves a causa de las heridas sufridas mientras estaba de servicio. El oficial llevaba en el cuerpo que vela por la seguridad de la sede del poder legislativo desde julio de 2008 y, en su honor, la bandera del Capitolio ha ondeado a media asta.

La Policía de Florida, por su parte, detuvo este sábado al asaltante fotografiado el miércoles en el Congreso mientras, saludando a la cámara, llevaba consigo el atril de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, que ha exigido ya la imputación inmediata del «peligroso y trastornado» Trump.