Biden fue arropado por Obaba en su visita a Filadelfia. / efe

Cita de púgiles en la Filadelfia de Rocky

Los pesos pesados demócratas buscan la movilización en las urbes de los estados clave para intentar retener el control del Senado

MERCEDES GALLEGO. CORRESPONSAL. NUEVA YORK

Cuatro estados norteamericanos –Arizona, Georgia, Nevada y Pensilvania– albergan la única posibilidad de redención para el Partido Demócrata en las elecciones del martes, que pasa por retener el control del Senado. Si se cumple el mensaje de que lo que se juega en las urnas es, en realidad, la democracia misma, Filadelfia vuelve a estar en el centro de la historia.

Allí donde Rocky subió los escalones para remontar en la pelea final y los padres fundadores refrendaron la Constitución, estaban el sábado Barack Obama y Joe Biden, dándolo todo en su alegato final para convencer a los ya convencidos de que cada uno de ellos tiene que llevar al menos cinco conocidos a votar. Y en ningún sitio es más probable encontrarse al vecino en la calle que en las grandes urbes, donde los demócratas tienen su bastión y cuyos votos cuentan tanto como los rurales en la batalla del Senado. Prueba, por otro lado, de que los barones del partido dan la Cámara Baja por perdida.

«¡Si los demócratas votan, los demócratas ganan!», anima en los mítines la gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul, a la que Biden acompañó ayer en Yonkers, a media hora de la Gran Manzana. La víspera la respaldaba en Brooklyn el expresidente Bill Clinton y, dos días antes, su esposa, Hillary Clinton, junto a la vicepresidenta, Kamala Harris. Cada uno tiene su estrategia. Hillary les recuerda que no pueden dar por hechos los derechos actuales. Basta pensar en el aborto, que el Tribunal Supremo derogó en junio pasado. Si ella hubiera sacado un puñado de votos más en Pensilvania en 2016, Donald Trump no hubiera nombrado a tres de los nueve jueces ultraconservadores que se sientan en ese tribunal y el aborto seguiría siendo legal en todo el país. «Votar importa», insiste. Y para recordar a quién le tocará después, según las pistas que dio el juez Clarence Thomas en la sentencia del aborto, la gobernadora de Nueva York visitó el sábado el histórico bar de Stonewall, en el West Village neoyorquino. Allí empezó en 1969 la lucha por los derechos de homosexuales y transexuales, tras una redada policial que terminó en batalla campal. En ese momento, 'enmascararse' como alguien del sexo contrario era un delito hasta en Nueva York.

«¡Esto es serio!», gritó Bill Clinton el sábado con un golpe sobre el pódium. Ningún otro condado del país tiene más densidad demócrata que el de Nueva York y, aún así, las encuestas no le dan a la gobernadora el 35% que necesita en la urbe para compensar el tirón de su rival, Lee Zeldin, en las zonas rurales. «¡Estoy frustrado!», confesó el expresidente, «¡y soy demasiado viejo para frustrarme! Yo no estoy corriendo por nada, salvo por el futuro de mis nietos», añadió.

Obama, la estrella

Le escuchaban los sindicalistas que dieron vida al local de los Brooklyn Studios. En un fin de semana inesperadamente cálido para noviembre, solo la prensa y los peones del Partido Demócrata para movilizar el voto se arremolinaban a escucharlo. A dos horas de distancia, Barack Obama recordaba las consecuencias que tuvo para su presidencia perder las dos cámaras en las elecciones de medio mandato que siguieron a la crisis de las hipotecas en 2008. «Fue visceral, la gente no salió a votar en los sitios que importaban. Tal vez crean que las elecciones legislativas no importan y yo os puedo asegurar que importan mucho. No suelo mirar atrás, pero a veces pienso en lo que hubiera sido. Imaginaos si hubiéramos podido pasar una reforma migratoria en 2011 o una legislación de control de armas. ¡Cuántas muertes se habrían prevenido!».

La lista de logros la cuenta Biden, desde reducir el precio de los medicamentos hasta cancelar parte de la deuda estudiantil, sin olvidar el plan de infraestructura, el nivel más bajo de paro en más de medio siglo o la primera ley de envergadura sobre control de armas en casi 30 años. «Si votáis, puede hacer mucho más, pero depende de vosotros», advirtió Obama, la estrella del partido, que fue capaz de meter a 7.000 personas en el pabellón de Filadelfia.

Biden ha estado limitado en sus primeros dos años por la salomónica división del Senado a partes iguales, que solo se rompía con la unidad del partido y el voto de desempate de la vicepresidenta. Su sueño era retener esos asientos y colocar a John Fetterman en el que deja vacante el senador republicano de Pensilvania Pat Tomey. Ese sueño de verano parecía posible en agosto, pero la inflación siguió despuntando, la factura de la luz se disparó y la Reserva Federal subió agresivamente los tipos de interés a los niveles más altos en más de dos décadas.

El precio de las hipotecas está ya por encima del 7%. En cuestión de dos meses la ventaja que tenían los candidatos demócratas de los cuatro estados clave se ha quedado en empate técnico, en el mejor de los casos, como ha ocurrido también con una decena de escaños a la Cámara Baja e incluso a los gobiernos de estados como Michigan, donde la gobernadora nombra al secretario de Estado, que tiene a su cargo las elecciones. Más de 345 negacionistas que aún no aceptan que la victoria de Biden sobre Trump estarían a cargo de las próximas elecciones.

Baja participación

Sí, las elecciones de medio mandato importan, aunque tradicionalmente la participación baje un 16.4%, según Inside Elections, pero este año «¡la verdad está en las papeletas!», arengó Obama. «Y los hechos, y la lógica, y la razón, y la decencia básica, ¡la democracia misma está en las papeletas! ¡Nos jugamos mucho!». En casa, su esposa es la más pesimista. Cuando Michelle lee los periódicos y se desmoraliza, Barack le anima. «Cariño, todo va a ir bien, ya verás», contó. «Y de verdad lo creo, pero solo si salís a votar».