Joe Biden, acompañado de su esposa Jill, durante la ceremonia inaugural de su mandato hace un año en Washington. / EFE

Biden cumple su primer año en un clima de apatía generalizada

El repunte del covid, la desastrosa salida de Afganistán y la incapacidad de su partido para aprovechar la exigua mayoría hunden sus índices de aprobación

MERCEDES GALLEGO Corresponsal en Nueva York

Nadie puede decir que Joe Biden despertase la euforia durante su campaña electoral. Su mejor cualidad, concurrían los analistas y humoristas políticos, era no ser Donald Trump. Y como tal, a nadie debería sorprender que al cumplirse su primer año en el cargo tenga el índice de aprobación más bajo de la historia (40%), salvo su antecesor (35%). Con todo, Biden logró generar expectativas y paga por ello estos días.

Sus asesores vendieron la idea de que, bajo la batuta de un presidente sosegado y adherido a la ciencia, dejaría atrás la pandemia para el 4 de julio. Es más, sabría aprovechar esta crisis para convertirse en un Roosevelt que transformase el país con otro New Deal, pero para el Día de la Independencia la variante delta ya se abría paso por Estados Unidos. Y para el de Acción de Gracias, ómicron subía la apuesta. La impresionante campaña de vacunación que puso en marcha, reclutando a 40.000 farmacias, se topó con el techo de cristal de los escépticos, que han resultado inmunes a todo tipo de incentivos. Solo las presiones, cada vez más sofocantes, parecían surtir efecto, pero el Tribunal Supremo desmontó la semana pasado el mandato obligatorio que hubiera forzado a las grandes empresas a convertirse en el policía de 80 millones de trabajadores.

Las medidas, recién anunciadas, de ofrecer gratuitamente a todos los estadounidenses tres mascarillas N95 almacenadas en las reservas estratégicas, además de cuatro pruebas de diagnóstico por persona al mes, llegan tarde para prevenir la infección masiva. Habrá más oportunidades de anticiparse a nuevas variantes, según ha advertido la ONU, pero eso tampoco ayuda a Biden.

Su popularidad experimentó la primera gran caída (del 57% con que se invistió al 42%) con las escalofriantes imágenes de los afganos aferrados a aviones estadounidenses que despegaban del aeropuerto de Kabul. Se suponía que la política exterior era el fuerte del nuevo presidente, que había pasado 36 años en el Senado, doce de ellos al frente del Comité de Relaciones Exteriores. Mucho se había dicho de su experiencia, su capacidad para anticipar las situaciones y la humildad con la que enfrentaría los errores, pero nada de eso se materializó en Afganistán. Hasta hoy sigue manteniendo que no había nada que hubiera podido hacer para evitar lo ocurrido.

El nuevo Vietnam

El sangriento atentado con el que el Estado Islámico selló el nuevo Saigón ratificó que Afganistán era el Vietnam de Biden. Todavía puede compararse con el Libia de Obama si su Gobierno no evita la fuga de mercenarios yihadistas que abandonan estos días al Ejecutivo talibán, por falta de pago, para ponerse al servicio de Al-Qaida o el Estado Islámico.

Más deprimente aún para los estadounidenses es el lamentable espectáculo de su partido en el Congreso, meses antes de que se jueguen en las urnas de medio mandato la exigua mayoría que le concedieron los votantes en noviembre de 2020. Con el voto de desempate de la vicepresidenta, Kamala Harris, y los trucos legislativos a los que han recurrido, podía haber aprobado el histórico paquete para reconstruir la economía y modernizar al país, las leyes de derechos civiles que protejan el voto de las minorías o la reforma migratoria que regule la situación de once millones de inmigrantes indocumentados. Sin embargo, el boicot de dos demócratas conservadores en el Senado -Joe Manchin y Kyrsten Sinema- ha dejado claro que Biden es un pato cojo al que ni toda su experiencia legislativa puede salvar.

Ya se escuchan por las calles suspiros de «con Trump la economía iba mejor», porque la mayor inflación de los últimos 40 años ha pasado de los titulares al bolsillo de los consumidores. Biden, por supuesto, puede contar la historia de otra manera. Recordar que ha vacunado por completo a más de 200 millones de estadounidenses, reducido el paro del 9% al 3,9%, firmado el mayor paquete de inversión en infraestructura de todos los tiempos, además de aprobar 1.900 millones de dólares para combatir la pandemia. Pero si no logra transformar en euforia la apatía generalizada que despierta, en noviembre perderá el control del Congreso y el poco margen de maniobra de que dispone. La historia demuestra que los partidos de aquellos mandatarios con menos de un 40% de popularidad pierden una media de 37 escaños, incluyendo Trump. Al cumplirse este jueves su primer año, Biden empieza la cuenta atrás.