La imagen de Cuomo, en la pantalla de una calle de Nueva York. / a. jones / afp

Andrew Cuomo, el hombre que pudo ser presidente

La crisis de la covid-19 aupó el perfil político del gobernador de Nueva York, pero el acoso sexual al que sometía a sus colaboradoras ha acabado con su carrera

MERCEDES GALLEGO Nueva York

La fama, ya lo decía Andy Warhol, son 15 minutos. En el caso de Andrew Cuomo, la primavera del coronavirus dio paso al otoño del gobernador, acusado de haber manipulado las estadísticas de muertes en las residencias de ancianos y de haber acosado sexualmente a once mujeres en su entorno laboral, entre otras cosas. La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca le permitió librarse de la investigación federal por su manipulación de la pandemia, pero no de la que ordenó la fiscal de su propio partido en Nueva York, Letitia James, que esta semana ha puesto punto y final a su carrera.

Son 165 páginas devastadoras sobre las preguntas íntimas que hacía a sus empleadas y cómo les tocaba el trasero o les metía mano por debajo de la blusa cuando las abrazaba, como quien no quiere la cosa. Cuomo es un animal político que, a pesar de saberse herido de muerte, sigue luchando con un alarido que se ha colado en todas las televisiones. Antes de que saliera a la luz el informe para el que dos abogados independientes han entrevistado a cerca de dos centenares de testigos, él ya tenía preparada su respuesta en un mensaje grabado de 15 minutos que ilustró con el álbum fotográfico de su carrera pública para demostrar que reparte besos y abrazos indiscriminadamente.

Si hubiera conseguido llegar hasta la urnas estatales de noviembre próximo tal vez el electorado le hubiera exonerado, pero su partido le conoce demasiado bien para perdonarle. Cuomo llegó a alcanzar a final de marzo del año pasado un 87% de aprobación gracias a haber sabido aprovechar más que Donald Trump las conferencias de prensa diarias con las que actualizaba la situación del coronavirus. Pero tiene más en común con el expresidente de lo que pueda parecer.

Ambos nacieron en Queens y han seguido los pasos de un padre al que siempre quisieron complacer. El presidente, hijo de inmigrantes escoceses y alemanes. El gobernador, hijo de emigrantes italianos. En cualquier caso, acostumbrados a retorcerle el brazo a quien haga falta para salirse con la suya, preferiblemente a través de un subordinado.

Todo por apuntarse un tanto

Cuando el gobernador decidió apuntarse el tanto de legalizar los matrimonios homosexuales, su lugarteniente llamó al asambleísta que había introducido la ley para indicarle que o se retiraba para que fuera Cuomo quien la aprobase, «o él mismo, aunque no esté ya en el poder sino ganando un montón de dinero en el sector privado», se aseguraría de «hacerle la vida miserable» y de que no volviese a trabajar un solo día más, contó el propio Daniel O'Donnell a la revista 'The Atlantic'.

Durante la última campaña electoral el gobernador fue acusado en las páginas del diario 'The New York Times' de haber sugerido retener los fondos estatales a todas las organizaciones que se atreviesen a apoyar a la actriz Cynthia Nixon (la abogada Miranda, en 'Sexo en Nueva York'), quien intentó desbancarle por la izquierda en las primarias del partido. La amenaza nunca se puso a prueba, porque fue suficiente para disuadir a los que estuvieran pensando en apostar por ella.

Su padre, Mario Cuomo, acuñó la célebre frase de que se hace poesía en campaña pero se gobierna en prosa. Él, elocuente, ilustrado y héroe progresista por haberse enfrentado a Ronald Reagan cuando el partido carecía de liderazgo, ponía la poesía. Su primogénito, la prosa. Desde los 21 años Andrew trabajó arreglando los pactos del poder y abonando el terreno para que su padre pudiera ganar y gobernar, sin que nunca consiguiera la aprobación que buscaba de él. Cuando se tornaron los papeles, el padre le pasaba frases para sus discursos y nombres de constituyentes con largas explicaciones de por qué debería llamarlos para interesarse por sus vidas.

El odio de la izquierda

Cuomo es el gobernador pragmático que se entendía mejor con otro gobernador mafioso y republicano como Chris Christie, en New Jersey, que con el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, que le contrató cuando fue secretario de Vivienda con Bill Clinton. A pesar de todo el pedigrí progresista -estuvo casado durante 15 años con una hija de Robert Kennedy, con la que tuvo tres hijas, antes de unirse sentimentalmente a una chef estrella de televisión de la que se separó en otoño pasado-, la izquierda le odia. O lo hacía hasta que el coronavirus hizo imposible criticarle.

Entonces salió en la portada de la revista 'Rolling Stone' y hasta en la cadena Fox, que retransmitía sus conferencias de prensa diarias. Trump dijo preferirle como rival que «al soso de Biden». En el Partido Demócrata todo el mundo estaba convencido de que tarde o temprano buscaría la nominación presidencial, hasta que los escándalos se apilaron uno encima de otro. Cuomo buscaba el respeto y reconocimiento dentro del partido para medirse con la sombra de quien define como su mejor amigo y aliado: su padre.

Mario Cuomo y Fred Trump eran los dos polos opuestos políticos y sociales de Nueva York, pero sus hijos se sentaron juntos para poner freno a la pandemia y lograron acuerdos que resultaron en halagos de ida y vuelta. El expresidente aprendió del suyo 'el arte del trato' entre hoteles y casinos, pero el gobernador no supo aplicar la más importante norma que le dejó su padre: «Sé transparente, abierto, honesto», recordó en una de sus conferencias de prensa. «Y cuando ya no puedas trabajar más, trabaja todavía más duro».