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El cerebro de al-Qaeda
Ayman al-Zawahiri

El cerebro de al-Qaeda

Miércoles, 3 de agosto 2022, 11:32

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El 14 de julio de 2022, Ayman al-Zawahiri, sucesor de Bin Laden al frente de al-Qaeda, difunde su último discurso desde el refugio de Kabul. El tema no es original. Se trata de concretar los aspectos teóricos que fundamentan la práctica de la yihad a escala mundial, bajo un título asimismo tradicional: «El asunto del siglo, o los cruzados a través de los siglos». De acuerdo con sus ideas de siempre, «la agresión de los cruzados» contra el islam sigue teniendo hoy el mismo carácter y su respuesta se asienta sobre el monoteísmo (tawhid) y ha de consistir en la yihad hasta lograr el triunfo de la verdadera fe.

Tal ha de ser el contenido fundamental de la predicación (dawa), dirigida a conseguir la unidad de los creyentes en la lucha contra sus enemigos: «los gobiernos nacionales, la legalidad internacional, el ateísmo, el secularismo, la opresión y la injusticia, la ocupación militar y el cristianismo». Sin olvidar «el establecimiento de Israel en el corazón de la nación islámica» y la ocupación por España de Ceuta y Melilla.

La herencia de los Hermanos Musulmanes

Hasta esas últimas palabras, al-Zawahiri sigue fiel al legado de la radicalización de los Hermanos Musulmanes, los cuales en Egipto habían propugnado la islamización de la sociedad, conjugando la predicación y la violencia. Uno de sus intelectuales, Sayyid Qutb, rompió el equilibrio en favor de la acción violenta contra un poder apóstata (falsamente musulmán). El sistema social perfecto, basado en la soberanía de Alá, debía imponerse, yihad mediante, a la ignorancia (yahiliyya) de los infieles del día, herederos de los «paganos», enemigos de Mahoma en el siglo VII.

La historia se disuelve en un eterno retorno de la lucha por la verdadera fe contra sus adversarios. La organización de los Hermanos Musulmanes olvidó esta prioridad absoluta, por lo cual al-Zawahiri, en la estela de Sayyid Qutb, la declara «suicida y criminal».

El asesinato de Anuar al-Sadat en 1981, en cuya trama estuvo implicado, marcó el comienzo de la era de la yihad, que al-Zawahiri encabezó tras salir de la cárcel en 1984. Fue la chispa que encendió la Revolución islámica: «los sangrientos capítulos de esta revolución siguen desarrollándose día tras día».

Quedaban sentadas las bases para la futura confluencia del integrismo reactivo de Sayyid Qutb desde Egipto, con la resurrección de otro integrismo, el extremo de Abdul Wahhab en la Arabia saudí. Este terrorismo no será fruto de la miseria, sino del descontento de una elite situada en el cruce de una mentalidad arcaizante y un mundo gobernado por poderes extranjeros e infieles.

La guerra de Afganistán sirvió de punto de encuentro para ambas corrientes. Con una finalidad aparentemente asistencial, Bin Laden creó la organización al-Qaeda «para ayudar, tanto militar como financieramente a los musulmanes oprimidos en todo el mundo». La victoria sobre los rusos sirvió de modelo: «Si Rusia pudo ser destruida [vencida], América puede ser decapitada», había dicho Bin Laden antes de los atentados de 2001.

La legitimación del 11-S

Abdel Bari Atwan, refleja el cruce de influencias entre Bin Laden y al-Zawahiri: «El ascenso en audacia y violencia de las acciones de al-Qaeda, unido a la manipulación de los medios -la entrada en escena del ciber-terrorismo- y el desarrollo de la estrategia psicológica, fueron las aportaciones de al-Zawahiri, amén de la prioridad de la actuación internacional. Al-Zawahiri se había mostrado crítico ante la declaración que Bin Laden hiciera [en 1998] de yihad a los Estados Unidos. Le habría dicho a Bin Laden que los Estados Unidos nunca le tomarían en serio mientras sus quejas fuesen razonables. Frente a ello, al-Zawahiri propugnaba el recurso a los medios de sembrar el terror, tomados de la vida del Profeta, singularmente en los ataques contra sus adversarios judíos. Matarlos era secundario; contaba el espanto que sembrarían tales acciones en América.

Al-Zawahiri publicó en Londres su justificación de los atentados del 11-S: Caballeros bajo el estandarte del Profeta. Propugnaba la constitución de un poder unitario, un califato, encargado de expulsar a los invasores infieles -Israel y Estados Unidos- de dar al-islam. Siendo esto inalcanzable a corto plazo, tocaba golpear, acosar al enemigo mediante todo tipo de armas, hacer operaciones suicidas. Espera «un largo camino de yihad y sacrificio».

En 2004-2005, los atentados de Madrid y de Londres parecían augurar una nueva forma de guerra mundial, asimétrica. La conquista de Afganistán por el ejército americano privó a al-Qaeda de su principal plataforma operativa, mejoraron los sistemas de control y a pesar del progreso del ciber-terrorismo, vía internet, la marea quedó bajo cierto control.

El terrorismo de los móviles cedió paso al desarrollo de una al-Qaeda descentralizada, con cada sección territorial provista de un Departamento de información. De ahí arranca el Estado Islámico. «Sin la tecnología digital -escribió Bari Atwan-, resulta altamente improbable que el Estado Islámico hubiera incluso llegado a existir, y menos a ser capaz de sobrevivir y expansionarse».

La competencia del terror

Bush vino en ayuda de los yihadistas con su disparatada invasión de Irak. El vacío así creado fue cubierto por la iniciativa del jordano Musab al-Zarqaui, llegado meses antes de la guerra y dispuesto a adherirse a al-Qaeda, pero desde los supuestos todavía más radicales del takfirismo; odiaba a los shíies, musulmanes herejes mayoritarios en el país, «una secta de politeísmo y apostasía».

Además, llevará la ejemplaridad del terror mucho más allá de los atentados de al-Zawahiri, abriéndola con la degollación de un empresario americano en marzo de 2004 y un atentado contra la gran fiesta shií de la Ashura, causando 185 muertos.

Al-Zawahiri tuvo que reaccionar, en carta de 11 de octubre de 2005. Acepta la constitución de un califato, con la idea de expansión supranacional, pero piensa que la guerra contra el censurable shiísmo quiebra la unidad de los musulmanes frente a América, el verdadero enemigo. Tampoco acepta la degollación de los rehenes y la exhibición de las ejecuciones, «una de las cosas que nunca encontrará digerible el pueblo musulmán». La oposición se mantuvo hasta la derrota del Estado Islámico en 2019.

La existencia de al-Qaeda pareció secundaria ante el protagonismo adquirido por su competidor. Fernando Reinares ha probado que se trata de una falsa impresión: «Cuando el presidente Biden habla de que se ha degradado o disminuido a Al Qaeda [crea] un equívoco que confunde a la opinión pública, porque las ramas de Al Qaeda operan hoy en el norte, este y oeste de África, al igual que en Oriente Medio y la Península Arábiga o en el sur de Asia…». Aunque siga actuando a escala mundial, la desaparición física del Estado Islámico ha devuelto la primacía a al-Qaeda.

Eran dos formas de producir la muerte, como se vio en los atentados de París de 2015: la venganza en la estela del Profeta, de al-Qaeda contra Charlie Hebdo, y el terrorismo takfirista de masas, del Estado Islámico en la sala Bataclán.

La acción de guerra que el 2 de mayo de 2011 produjo la muerte de Bin Laden, llevando a al-Zawahiri al liderazgo de al-Qaeda, que ya antes ejercía. Acción abierta al debate y recuerdo de la importancia que tuvo el abandono de Afganistán en 2021, al recuperar su papel de santuario del terrorismo islámico.

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