La exdirigente birmana Aung San Suu Kyi, premio Nobel de la Paz. / Reuters/Vídeo: E. P.

Primera condena a Aung San Suu Kyi tras el golpe de Estado en Myanmar

Condenada a cuatro años, luego reducidos a dos, por incitar a la revuelta y violar las normas contra el coronavirus, a la Nobel de la Paz le aguardan nueve cargos más que podrían privarla de libertad el resto de sus días

PABLO M. DÍAZ Corresponsal en Pekín

Primera condena de las muchas que se esperan para Aung San Suu Kyi, la dirigente birmana depuesta por el golpe de Estado militar del pasado febrero. Bajo arresto domiciliario desde entonces, ha sido sentenciada a cuatro años de cárcel por incitar a la revuelta y violar las normas contra la pandemia del coronavirus. Son solo dos de los once cargos que pesan sobre ella, que suman varias décadas de prisión y, a sus 76 años, podrían privarla de libertad el resto de sus días. Entre ellos destacan los de corrupción, fraude electoral, violación de secretos oficiales y hasta importación ilegal de unos 'walkie-talkies'. Todo lo que se le ha ocurrido a la junta militar golpista para retirarla de la circulación y que no pueda oponerse a sus planes de reinstaurar la dictadura en Myanmar, nombre oficial de la antigua Birmania. Tras la sentencia, la televisión estatal anunciaba su reducción a dos años.

Junto a ella, ha sido condenado a la misma pena el expresidente del país, Win Myint, quien era su aliado en la Liga Nacional para la Democracia (LND). Dicho partido arrasó en las elecciones del año pasado, las segundas que se celebraron de forma libre tras las de 2015, y parecía haber consolidado la transición a la democracia después de seis décadas de dictadura. Furioso por su humillante derrota, el Ejército dio un golpe de Estado en febrero alegando un fraude electoral que no vieron ni los birmanos que votaron en masa por la LND ni los observadores internacionales que certificaron la limpieza de los comicios.

Aunque los periodistas no pueden acceder a los juicios contra ellos y sus abogados tienen prohibido hablar, el Gobierno birmano en el exilio ya ha informado de que Aung San Suu Kyi y Win Myint niegan todas las acusaciones. «Ella está bien, pero los generales están preparando condenas de prisión que suman 104 años. Quieren que muera en la cárcel», denunció ante la BBC el doctor Sasa, uno de los cabecillas del Gobierno de Unidad Nacional que intenta devolver la democracia a Birmania desde el exilio.

Pero será difícil, por no decir imposible, porque los militares están reprimiendo a sangre y fuego las protestas contra el golpe de Estado, que han dejado ya más de 1.300 muertos y 10.600 detenidos. El domingo, los soldados embistieron con un vehículo contra la multitud que se manifestaba pacíficamente por la democracia en Yangón (antes Rangún). «Las duras condenas contra Aung San Suu Kyi por estas acusaciones falsas son el último ejemplo de la determinación del Ejército para eliminar toda oposición y ahogar las libertadas en Myanmar», criticó Amnistía Internacional. A su juicio, «la decisión absurda y corrupta del tribunal es parte de un patrón devastador de castigo arbitrario que ha visto más de 1.300 muertos y miles de arrestados desde el golpe de febrero».

Imagen resentida

Nacida en 1945 en la élite de Rangún, la antigua mujer fuerte de Birmania es hija del general Aung San, héroe de la independencia asesinado cuando ella tenía solo dos años. Educada en los mejores colegios y en Oxford, trabajó en la ONU, donde conoció a su marido, el profesor británico Michael Aris, con quien tuvo dos hijos. Al volver a Birmania para visitar a su madre enferma en 1988, en plena revuelta contra el dictador Ne Win, tomó el testigo del movimiento democrático y ganó las elecciones de 1990, anuladas por la Junta militar.

La Dama, como es popularmente conocida entre los birmanos, se pasó bajo arresto domiciliario una década y media que la separó de sus hijos y le impidió despedirse de su marido antes de que este falleciera de cáncer en 1999. Por todos estos sacrificios que hizo en su lucha por la democracia, fue galardonada con el Nobel de la Paz en 1991. Pero no dudó en abrazar el pragmatismo y renunciar a sus principios cuando su partido ganó las elecciones de 2015 y se hizo con el poder en Birmania. Así se lo había dejado claro en una entrevista nada más ser liberada en 2010, cuando abogó por tener buenas relaciones con China y reconoció que los intereses económicos estaban por encima de los políticos.

En los últimos años, y pese a seguir contando con un apoyo mayoritario en su país, su imagen se ha resentido en el extranjero por sus críticas a los musulmanes, odiados sin disimulo en la budista Birmania. En diciembre de 2019, y sin que tuviera necesidad de hacerlo, acudió al Tribunal Penal Internacional de La Haya para negar la persecución sobre los rohinyás, que la ONU ha calificado de «limpieza étnica». Icono de la lucha por la libertad y luego cómplice de genocidio, Aung San Suu Kyi vuelve a convertirse en mártir de la democracia.