Una patrulla talibán monta guardia junto a la casa del gobernador de Ghazni después de la toma de esta ciudad próxima a Kabul. / EFE / Vïdeo: E. P.

La guerra llama a las puertas de Kabul

La caída de Herat y Kandahar acelera el colapso afgano, con los talibanes a solo 130 kilometros de la ciudad, atestada de refugiados

MIKEL AYESTARAN

La guerra llama a las puertas de Kabul tras una jornada que arrancó con la caída de Ghazni, a tan solo 130 kilómetros de la capital, y culminó con la entrada de los talibanes en Herat y Kandahar, dos de las ciudades más importantes del país. El avance imparable de la insurgencia, que se ha hecho con once capitales de provincia en una semana, ante un Ejército que apenas opone resistencia ha convertido Kabul en refugio improvisado para decenas de miles de civiles que escapan de los combates.

«Nunca habíamos visto algo así, vienen de todas las provincias del país, llegan con lo puesto y se instalan como pueden en los parques de la ciudad», narra desde Kabul Ahmad Quarishi, director del Afghanistan Journalist Center (AJC), que tiene un ojo en las calles de la capital y otro en las de su Herat natal, principal ciudad del oeste del país, en plena ruta a Irán, ya en manos de la insurgencia.

Ghazni supone toda una amenaza por su cercanía a Kabul y porque permite a la insurgencia cortar la ruta principal entre la capital y Kandahar, pero el gran golpe moral de la jornada fueron Herat y Kandahar por ser dos de las principales ciudades de Afganistán. La primera, donde estuvieron desplegadas tropas españolas, es el centro cultural y comercial del país, uno de los lugares menos conservadores.

El gran señor de la guerra local, Ismael Khan, no fue suficiente para repeler el ataque y los talibanes se hicieron con el control de edificios públicos y liberaron a los detenidos en la prisión. La segunda es la cuna en la que nacieron los talibanes, el gran epicentro insurgente del sur que durante veinte años los estadounidenses y las fuerzas especiales afganas han protegido con mano de hierro.

A última hora del día los insurgentes aseguraron tener también bajo su control Qala-i-Nao, la antigua capital de la «provincia española» de Badghis, al noroeste del país. Este lugar llevaba varios días cercado por los islamistas.

Organizaciones como el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR) mostraron su «preocupación» ante la intensificación de la crisis humanitaria y alertaron en un comunicado que «se calcula que desde principios de año casi 400.000 afganos se han desplazado internamente dentro del país, unos 244.000 sólo desde mayo». Antes de esta ofensiva talibán, en el país ya había cinco millones de desplazados internos. Naciones Unidas ha registrado la muerte de 783 civiles en mayo y junio, la cifra más alta de víctimas en dos meses.

Kabul se ha convertido en la última esperanza de encontrar un lugar seguro para los desplazados, aunque todos son conscientes de que cuando los talibanes lleguen a la capital, ésta se convertirá en una ratonera sin salida. Fawzia Koofi, líder del Movimiento del Cambio y primera mujer afgana en ocupar la vicepresidencia del Parlamento, visitó algunos de los campos improvisados que se han formado en los parques y calles de Kabul y pidió de manera urgente a través de las redes sociales «ayuda, yasistencia para ellos porque no hay ninguna organización que les atienda. Necesitan comida y escuelas temporales para los niños».

Sin resistencia

Los vídeos de tropas que se entregan sin combatir se suceden y los dirigentes de las provincias escapan en cuanto pueden dejando edificios públicos, vehículos y armas en manos enemigas. El gobernador de Ghazni, Duad Laghmani, y otros altos cargos fueron detenidos por las fuerzas de seguridad tras su huida bajo la acusación de haber entregado la ciudad a los talibanes sin ofrecer resistencia.

Hasta los asaltos a Herat y Kandahar, las grandes operaciones se habían centrado en las provincias del norte y es desde allí de donde han huido la mayoría de civiles. Muchos de ellos no olvidan las atrocidades sufridas durante el mandato talibán entre 1998 y 2001. En esa parte del país está uno de los proyectos de Médicos Sin Fronteras (MSF), que en provincias como Kunduz ha pasado en 24 horas de estar bajo control del Gobierno a ser zona talibán. «Nuestro trabajo prosigue, somos una organización independiente y nos dedicamos a tratar a enfermos y heridos y es lo que seguimos haciendo tras el cambio de poder. De momento nos respetan, pero hemos tenido que adaptar nuestros programas para atender cada vez casos más graves», comenta José Más, responsable de emergencias de MSF.

La organización médica tiene también un hospital en Lashkar Gah, capital de Helmand, feudo talibán al sur del país donde «las instalaciones médicas se encuentran ya en primera línea del frente», explica Laura Bourjolly, responsable de Asuntos Humanitarios de MSF en Afganistán. Bourjolly asegura que «se producen bombardeos, ataques con morteros y con misiles muy cerca del recinto médico» y denuncia que a comienzos de semana un mortero impactó a las puertas de las urgencias, aunque no hubo que lamentar daños personales. La insurgencia aspira a anunciar la «liberación» de Lashkar Gah tras el éxito de sus fuerzas en Kandahar.

Gobierno de unidad

El cada vez más débil Gobierno afgano reclamó ayer de manera desesperada a la comunidad internacional que «adopte medidas serias» para evitar los «ataques brutales» de la insurgencia que «han derivado en crímenes de guerra, flagrantes violaciones de los derechos humanos y una catástrofe humanitaria». El problema es que las tropas extranjeras, con Estados Unidos a la cabeza, no piensan modificar un plan de retirada que esperan culminar el día 31.

Abandonados por sus aliados internacionales, la cadena Al Jazeera asegura que las autoridades de Kabul habrían ofrecido a los talibanes la formación inmediata de un Ejecutivo de unidad nacional con la única condición de que detengan los combates. La respuesta insurgente llegó a través de las armas, con la captura de Ghazni, Herat y Kandahar en un solo día.

«Los precios se han disparado en las ciudades que han caído y el nivel de desplazados internos y violencia no tiene precedentes. Si no se detiene esto de manera inmediata la crisis será incontrolable. El mundo debe dar un paso al frente para frenar la ca  tástrofe que nos viene encima», responde desesperado el responsable del Afghan Peace Watch, Habib Khan, desde Kabul cuando se le pregunta por la situación. Un mensaje de petición de ayuda que nadie parece escuchar.

EE UU envía soldados para la evacuación

Estados Unidos hará regresar a Afganistán a 3.000 militares para asegurar las labores de evacuación de su personal diplomático y de aquellos compatriotas que se encuentran refugiados en la sede de la Embajada. El Pentágono anunció este jueves el envío «inmediato» de este contingente, que fundamentalmente garantizará el control del aeropuerto de Kabul y el mantenimiento de un pasillo de seguridad hasta la legación por el que será desalojado el personal.

También el Gobierno británico se prepara para una operación similar mientras otros países están atentos al avance de los talibanes por si fuera necesario adoptar la misma medida. El Ejecutivo español señaló ayer que no prevé todavía una evacuación de su legación, aunque mantiene un plan de contingencia ante esa eventualidad. El nuevo jefe de la misión, Ricardo Losa, todavía no ha asumido el cargo, aunque fuentes oficiales esperan que lo pueda hacer en las próximas semanas.

La ocupación a partir de la retirada de las tropas estadounidenses, y con ellas del contingente aliado, hace que todas las miradas se dirijan ahora hacia el presidente Joe Biden. Analistas internacionales y del propio EE UU comienzan a ver detrás de las reconquistas insurgentes un clamoroso fallo de los militares y de los servicios de Inteligencia desplegados en Afganistán que, aparentemente, no supieron calcular la fuerza real de los rebeldes.

Incluso al propio Biden le ha sorprendido, según dejó entrever el miércoles, la velocidad de ataque de los talibanes, aunque ha dejado claro que EE UU no volverá al país asiático. Los más críticos le achacan que haya abandonado a los afganos a su suerte –solo accedió a rescatar a aquéllos que colaboraron con los soldados estadounidenses tras las presiones recibidas de altos mandos del Ejército– y se preguntan para qué ha servido una invasión de 20 años que ha costado la muerte de más de 2.000 militares norteamericanos y un gasto multimillonario para retornar prácticamente al punto de partida.

Entre los que han agitado estas aguas se encuentra Donald Trump y sus numerosos seguidores republicanos. El expresidente afirmó este jueves que el violento resurgimiento de los talibanes es «inaceptable» y culpó a Biden por no haber puesto condiciones antes de la salida de Estados Unidos, como la firma de un acuerdo de paz entre Kabul y los insurgentes o un compromiso de que éstos no volverán a dar cobijo a Al-Qaida. Añadió que, si él, que fue artífice en 2020 de las conversaciones de Doha, hubiera dirigido este repliegue, habría sido «una retirada muy diferente y mucho más exitosa».