Niños con trajes tradicionales chinos participan en una ceremonia de celebración del veinticinco aniversario del traspaso de Hong Kong a China. / Paul Yeung/reuters

El doble exilio de Hong Kong

Miles de ciudadanos que escaparon del hambre y la represión de Mao se ven abocados a emigrar ahora de la antigua colonia por la pérdida de libertades

PABLO M. DÍEZ PEKÍN

Entre 1950 y finales de 1970 sus antepasados huyeron al Hong Kong británico para escapar del hambre y la represión que sufrían entonces en la China comunista. Como una macabra broma del destino, el tiempo los ha acabado atrapando en el Hong Kong capitalista, que el Reino Unido devolvió a Pekín hace ahora veinticinco años. Ya no intentan zafarse del hambre; «solo» de la creciente represión que el régimen chino está imponiendo en la antigua colonia de Londres. Pero la historia se repite y el efecto es el mismo: salir corriendo con las maletas a cuestas.

Tras dos generaciones en libertad, ése es el futuro que aguarda a Bill, un joven que se oculta bajo este nombre ficticio para proteger a su familia. Nacido en Hong Kong hace treinta años, antes del traspaso a China el 1 de julio de 1997, tendrá que seguir los pasos de su abuelo para no acabar como su bisabuelo. «Mucho antes de la China comunista, mi bisabuelo había aprobado el examen del Colegio Imperial y era maestro de escuela, pero fue purgado en el Movimiento Antiderechista a finales de 1950 y enviado para su reeducación a un 'laogai' (campo de trabajo), donde estuvo más de veinte años», cuenta Bill a este periódico por videollamada.

Mientras el bisabuelo se pudría en el gulag, el abuelo de Bill no pudo estudiar y sobrevivía a duras penas labrando el campo en la provincia de Cantón (Guangdong), fronteriza con Hong Kong. «En 1962, después de la Gran Hambruna que se cobró millones de vidas, mi abuelo cruzó con 20 años la frontera con Hong Kong en un pequeño bote. Mi abuela, que tenía solo 16 años, caminó tres días desde Dongguan para saltar la valla embadurnada de excrementos de tigre, que la gente se untaba en el cuerpo para ahuyentar así a los perros de los soldados y que no les dispararan», desgrana Bill los recuerdos familiares que le contaban de pequeño.

A tenor del escritor Chen Bingan, que documentó estas fugas con un centenar de entrevistas en el libro 'The Great Escape to Hong Kong' ('El gran éxodo a Hong Kong'), unos dos millones de personas huyeron de China durante aquellas tres décadas. Aunque todavía quedan muchos documentos secretos debido a la sensibilidad del tema, los medios oficiales chinos rebajan la cifra hasta los 560.000 refugiados y los de Hong Kong la sitúan en torno a los 700.000. Al margen de cuál sea la correcta, cualquier cantidad hace palidecer las evasiones en el Muro de Berlín o en la frontera de Corea del Norte.

'Boom' económico

«Mi abuelo se ganó la vida como zapatero, vigilante y marinero mientras mi abuela se colocaba como criada en una casa. Trabajando muy duro, sacaron adelante a sus cinco hijos y le dieron una carrera universitaria a mi padre», narra Bill una historia de éxito que es habitual en Hong Kong. De hecho, buena parte de su 'boom' económico durante los años 70 y 80 se debió a estos refugiados. Convertidos en empresarios, muchos de ellos aprendieron de tal experiencia y volvieron luego a China continental, donde las reformas de Deng Xiaoping tras la muerte de Mao abrieron primero el vecino pueblo pesquero de Shenzhen, que pronto se convirtió en uno de los motores de la «fábrica global».

«Al igual que a la mayoría de hongkoneses de entonces, a mis padres no les preocupaba la política ni la democracia, solo ganar dinero y tener una buena vida. Como venían de China, que entonces estaba abriéndose y creciendo mucho, se alegraron del traspaso de soberanía en 1997, ya que la Ley Básica garantizaba la autonomía de Hong Kong con el principio de 'un país, dos sistemas', vigente en teoría hasta 2047», analiza Bill.

Cuando Pekín intentó imponer la Ley de Seguridad Nacional en 2003, una manifestación con más de medio millón de personas obligó a retirarla a los dirigentes de entonces, Hu Jintao y Jiang Zemin en la sombra, quienes no querían problemas porque estaban centrados en seguir fomentando el crecimiento económico. Para Bill, entre 1997 y 2012 hubo una «luna de miel» con China, con «el máximo sentimiento de orgullo nacional durante los Juegos Olímpicos de Pekín 2008».

Pero entre 2012 y 2013 hubo cambios en el régimen y, parafraseando a Vargas Llosa, con la subida al poder de Xi Jinping «se jodió el Perú». «Todo empezó en 2012 con la Ley de Educación Nacional, contra la que protestaron los estudiantes porque era un lavado de cerebro, y siguió en 2014 con la Revuelta de los Paraguas por la promesa incumplida del sufragio universal. A partir de ese momento, la gente empezó a pensar en la política y el futuro», explica Bill la génesis del movimiento democrático que derivó en las multitudinarias y violentas protestas de 2019.

Desactivadas por la pandemia del coronavirus y la Ley de Seguridad Nacional impuesta en 2020 por Pekín, que criminaliza cualquier oposición política, dichas manifestaciones congregaron a cientos de miles de jóvenes y familias de mediana edad en su último pulso por la democracia. Fracasado y con la mayoría de los políticos demócratas en la cárcel, a los millones de Billies que hay en Hong Kong, educados en los valores liberales que dejaron los británicos, no les queda más camino que el mismo que siguieron sus abuelos: el exilio.

«Tenemos la sensación de que Hong Kong vive un tiempo prestado y será como Shanghái después del triunfo comunista en 1949, cuando muchos de sus habitantes huyeron de la ciudad», reflexiona el joven con amargura. Su plan es emigrar con su familia al Reino Unido porque tienen el pasaporte de británicos nacionales en el extranjero, concedido antes de la devolución en 1997. Otorgando el derecho a vivir, trabajar y estudiar en el Reino Unido durante un lustro, permite solicitar la ciudadanía británica al sexto año y es un salvavidas para 4,7 de los 7,5 millones de hongkoneses.

Desde 2019, cuando estalló la revuelta por la democracia, más de 540.000 personas lo han solicitado y 123.400 han pedido la ciudadanía británica, concedida en el 92% de los casos.

Tapados por un edredón

Una de ellas es la activista Fermi Wong, quien en 1980 emigró con diez años a Hong Kong siguiendo a su padre. «Ahí descubrí que había libertad para decir lo que uno pensaba sin miedo, no como en China, donde nos habían enseñado que Mao era como un dios, y mi madre y abuela tenían que meterse en la cama y taparse con un edredón para hablar a escondidas de algún secreto», explica por videollamada desde el Reino Unido. Señalada por su relevancia en el movimiento democrático, allí se exilió en noviembre de 2020 huyendo de la Ley de Seguridad Nacional, por la que han sido encarcelados muchos de sus amigos y compañeros, como Benny Tai o Joshua Wong.

Al igual que muchos otros hongkoneses, Fermi Wong está condenada a un doble exilio. «La primera vez no me sentí como una refugiada. Pero mi madre me dijo que, si no nos hubiéramos marchado de China, yo habría acabado en la cárcel. En Hong Kong era muy feliz y no tenía ningún miedo. Por eso no quería irme; me obligaron a hacerlo. Ahora sí me considero una refugiada», confiesa con lágrimas en los ojos.

Para ayudar a los exiliados, otros activistas como Simon Cheng y Julian Chan fundaron en julio de 2020 la ONG Hongkongers in Britain. «En los próximos meses vendrán muchos más porque el nuevo jefe ejecutivo de Hong Kong, el antiguo policía John Lee, seguirá con la mano dura», vaticina Julian Chan, quien espera sobre todo «jóvenes y familias que no quieren que sus hijos crezcan sin libertad». En este eterno retorno de un tiempo prestado, los nietos tendrán que emigrar como hicieron sus abuelos para escapar del comunismo chino.