Un avión Mirage 2000-5 de la Fuerza Aérea de Taiwán aterriza en la base aérea de Hsinchu. / Reuters

Concluye el simulacro militar de China en Taiwán, empieza el conflicto futuro

El Ejército del gigante asiático finaliza cuatro días de maniobras alrededor de la isla que abren un tiempo nuevo de militarismo en la región

JAIME SANTIRSO Fuzhou (China)

La brisa mece las copas de los árboles y las cigarras estridulan, pero sobre ambos soniquetes veraniegos se impone un rugido mecánico intermitente. El estruendo no procede de la naturaleza agreste que rodea Houlincun, «el pueblo delante del bosque», sino del emplazamiento detrás de la espesura, oculto tras el vallado y protegido por soldados del Ejército Popular de Liberación: la base aérea de Longtian.

Desde aquí, aviones de combate como los que ahora calientan motores han despegado en los últimos días para participar en unas maniobras militares sin precedentes, con las que China pretende amedrentar a Taiwán por recibir a Nancy Pelosi. La visita de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, la más importante en un cuarto de siglo, ha sacudido un conflicto destinado, a corto, medio o largo plazo pero en apariencia sin remedio, a una conclusión por las armas.

«Sí, los he escuchado», contesta el obrero encargado de aprovechar las vacaciones escolares para restaurar el colegio. «Nuestro país es fuerte», añade con los últimos brochazos al aula que le ocupa. En la pared sonríen alineados los rostros de ciudadanos modélicos como el joven recluta Lei Feng, mitad hombre mitad propaganda. Interferencias trocean la señal de los teléfonos móviles, pitidos que evidencian la seguridad de la zona. Un vecino saluda al forastero paseante imponiendo la obligación de obtener el permiso del responsable local del Partido Comunista.

Imágenes captadas por la empresa de observación satelital 'Planet Labs' prueban que, desde el año pasado, China ha comenzado a expandir la capacidad de Longtian y otras bases próximas al estrecho de Formosa. Los cazas acuartelados en estos hangares tardarían menos de siete minutos en alcanzar la isla. Pero, de momento, su misión no ha supuesto más que un espectáculo intimidatorio, una asfixia simulada.

Contienda predecible

Durante los ejercicios concluidos este domingo, las fuerzas armadas han desplegado efectivos aéreos y navales en seis posiciones alrededor de Taiwán, poniendo en práctica a lo largo de cuatro días el bloqueo que precedería a una hipotética invasión, la cual requeriría el mayor asalto anfibio de la historia. China también ha disparado al menos once misiles balísticos Dongfeng, los cuales por primera vez han sobrevolado la isla antes de caer al norte, este y sur de sus costas.

El régimen considera a Taiwán una provincia rebelde a la que nunca ha renunciado a someter por la fuerza, el epílogo irresoluto de la guerra civil entre comunistas y nacionalistas; ambición que enfrenta el compromiso de EE UU. de acudir en su auxilio, reiterado este mismo miércoles por Pelosi. «No os abandonaremos», proclamó en Taipei ante la presidenta Tsai Ing-wen. Por ende, el territorio representa también –en palabras del ministerio de Exteriores chino– «la cuestión más sensible de la relación» entre las dos potencias, la cual atraviesa el peor momento desde su establecimiento en la década de los setenta, ya en el terreno de la confrontación abierta.

El fin de los simulacros marca así el principio de una hostilidad más militar y explícita en el estrecho de Formosa. Taiwán ha anunciado este domingo que la próxima semana comenzará sus propias maniobras con fuego real, en las que pondrá a examen su fortaleza defensiva. China, por su parte, iniciará una nueva ronda en el mar de Bohai y al sur del mar Amarillo, destinada a repeler un teórico contraataque de países aliados, en particular EE UU y Japón. No en vano cinco de los proyectiles dirigidos a Taiwán acabaron en aguas de la zona económica exclusiva nipona, también una acción sin precedentes.

Guerra auténtica

El sol se pone sobre la costa china que mira al estrecho de Formosa. Desde el rompeolas, algunas personas saludan a los barcos pesqueros que regresan a puerto tras faenar. El cielo en días anteriores atravesado por misiles oscurece hoy en paz, pero en el horizonte todavía puede intuirse, agazapado, el relieve de las islas Matsu, uno de los archipiélagos bajo control taiwanés más cercanos al continente.

La última sorpresa de la jornada, sin embargo, está por llegar. No es esta que, ante la portada burdeos del pasaporte español, la dueña de la única pensión que admite extranjeros salude con un «Hola, amigo». No: ante la revelación de que esta tarde han detectado nuevos casos de covid en el barrio de Pekín donde reside uno de los recién llegados, a dos mil kilómetros de distancia, la recepción entra en pánico. La señora Zhao, que durante ocho años trabajó como costurera en Barcelona, reparte agitada mascarillas por doquier y llama a las autoridades en pos de instrucciones. China, en efecto, está inmersa en una guerra, pero una en la que los aviones de combate resultan inútiles.