Manifestantes sostienen hojas en blanco en protesta por las restricciones del covid, en Beijing, China. / REUTERS

El régimen chino ordena un despliegue policial masivo para contener las protestas populares

La amplia presencia de fuerzas de seguridad frena a los manifestantes, que muestran su malestar con la exhibición de folios en blanco

JAIME SANTIRSO Pekín

El régimen chino disputa dos partidas simultáneas, una contra el virus y otra contra la ciudadanía, y en ambas va perdiendo. El mayor rebrote desde el comienzo de la pandemia coincide con un estallido ante la política de 'covid cero', que desde hace más de dos años y medio sofoca la cotidianeidad sin fin a la vista. Unos derroteros que encamina al país, en apariencia sin remedio, hacia una caótica crisis sanitaria y social.

Un cuantioso despliegue policial custodiaba esta tarde las zonas cercanas al río Liangma en Pekín. Su amenazadora presencia ha prevenido la repetición de la histórica jornada de manifestaciones vivida ayer noche. Cientos de jóvenes tomaron las calles de la capital china, también las de muchas otras ciudades, para vociferar su hartazgo ante una pandemia que por no haber llegado del todo tampoco acaba de irse.

La multitud entonaba a gritos el himno nacional, con especial énfasis en el 'qilai' del estribillo: «Levantaos». «Levantaos, aquellos que rehusáis ser esclavos», continúa, de hecho, la revolucionaria letra. «¡No queremos PCRs, queremos libertad!», era otra de las proclamas más reiteradas. Sin embargo, los asistentes se mostraban cautelosos a la hora de apuntar hacia arriba con sus afiladas críticas. «No estamos pidiendo la dimisión de nadie», aclaraban en algunos corrillos.

Por ahora, las protestas limitan su repudio a la política de 'covid cero' y rehúsan, salvo algunas voces minoritarias, la etiqueta de antigubernamentales. Sin embargo, la evolución de este tipo de movimientos siempre resulta incierta, en particular a ojos de un sistema totalitario obsesionado con un control recrudecido desde la llegada al poder de Xi Jinping. Laureado ya como el líder chino más poderoso desde Mao, este dicta una reideologización de la sociedad en la que caben menos notas discordantes que nunca.

Los manifestantes y su mesura armonizaban con los agentes movilizados, quienes pasada la medianoche les abordaban dóciles y, en otro contexto, casi sugerentes. «Venga, vayámonos todos a casa». Ante colisiones puntuales, ambos bandos trataron de calmar a sus respectivos exaltados.

Esta apática tirantez dejó espacio al ingenio. Varios jóvenes portaban hojas en blanco que bien parecían confirmar la tesis del filósofo canadiense Marshall McLuhan –«el medio es el mensaje»– en su propósito de esquivar una censura que opera sin descanso en la sombra, borrando todo rastro digital de las protestas. Tanto es así que una empresa papelera de Shanghái ha anunciado hoy la suspensión temporal del suministro de folios, convertidos en soporte para la subversión.

También al humor. Cuando un policía ordenó que cesaran los cantos de «¡No más cuarentenas!», la muchedumbre pasó a exigir de inmediato «¡Más cuarentenas!», reacción que no satisfizo al demandante, pues no hay autoritarismo que entienda de ironías. Un estudiante animó a las fuerzas de seguridad a retirarse para así poder seguir en directo el España–Alemania. Esa misma propuesta lanzó una pareja de agentes a este corresponsal tras revisar su pasaporte –«¡Pero qué haces aquí ahora!»–, no sin antes reprochar la ausencia de «Saierxiao Lamosi», Sergio Ramos, en la lista de convocados al Mundial.

Las marchas tuvieron por escenario el distrito de Chaoyang, el más importante de Pekín, cuyas autoridades han pedido a los residentes a lo largo de la última semana que no abandonen sus casas si no es imprescindible ante el repunte de casos. En la capital china impera desde entonces un semiconfinamiento que obliga al cierre de oficinas, colegios y todo tipo de locales comerciales. Solo los supermercados continúan abiertos con normalidad, y gran parte de las compras se despachan gracias a la mediación de repartidores a domicilio. Muchos de ellos duermen al fresco, pese al frío otoñal, para no verse obstaculizados por el aislamiento de complejos residenciales, cada vez más habituales. China ha registrado hoy un nuevo máximo diario de positivos por quinta jornada consecutiva, los cuales por primera vez han rebasado los 40.000.

Arrestos y agresiones

En Shanghái, por contra, el ambiente resultó muy distinto, quizá por suponer la segunda jornada de concentraciones. La Policía realizó varios arrestos, entre ellos el de un periodista de la BBC al que esposaron y agredieron. La entidad británica ha protestado hoy por medio de un comunicado, en el que denuncia que las autoridades chinas «no han ofrecido ninguna explicación o disculpa» por lo sucedido, «más allá de la afirmación pronunciada por los funcionarios de que el reportero había sido detenido por su propio bien, para evitar que se contagiara de covid entre la multitud». El Club de Corresponsales Extranjeros en China también ha emitido una nota, señalando que «periodistas de varios medios de comunicación fueron hostigados físicamente por la Policía mientras cubrían los disturbios».

Esta tensión evidencia la relevancia histórica de estos movimientos de desobediencia cívica, sin precedentes desde las movilizaciones que en 1989 desembocaron en las multitudinarias protestas de Tiananmen, también extendidas entonces por todo el país. Su trágica conclusión, con el Partido Comunista lanzando a las tropas contra los manifestantes, ha marcado la historia reciente de China. Sin embargo, la censura ha logrado en gran medida eliminar el recuerdo de la memoria colectiva.

Un joven que en la noche de ayer recorría las calles de Pekín se mostraba nervioso ante el incierto rumbo de los acontecimientos, pero al mismo tiempo expresaba su confianza en las autoridades. «La Policía nunca nos hará daño», aseguraba, sabedor en su desconocimiento que solo las partidas pasadas están perdidas de antemano.