Protesta contra el secuestro de los 17 religiosos norteamericanos en Haití. / Reuters

«Las pandillas en Haití surgen de bandas que los políticos arman para ganar elecciones»

Un cooperante describe la profunda inseguridad creada por decenas de grupos violentos como el que ha raptado a 17 misioneros de EE UU

GERARDO ELORRIAGA

El pasado día 16 de octubre, unos delincuentes raptaron a 17 misioneros norteamericanos que viajaban por los suburbios de Puerto Príncipe, la capital haitiana. No se trató de un hecho excepcional. «Diez personas son secuestradas cada día», explica Stevelson Edouard, director del área de Gestión Social de América Solidaria, ONG local que colabora con la entidad española Manos Unidas. La demanda de víctimas es elevada porque el país caribeño cuenta con 160 pandillas. «No es algo que afecte a individuos ricos. Cualquiera, independientemente de sus medios, puede caer en sus manos y ser retenido hasta pagar un rescate», afirma Edouard. Tampoco se trata de un fenómeno raro en el continente. Lo más extraordinario es el vínculo que existe entre el crimen organizado y la política. «Su origen está en las bandas que arman los candidatos electorales de los partidos para coaccionar y ganar en sus distritos», asegura.

La atmósfera de violencia comenzó a consolidarse hace diez años, cuando esta práctica se generalizó. «Los políticos empezaron a proporcionar rifles y pistolas a jóvenes entre 16 y 35 años en sus áreas de influencia», indica. Tras los comicios, estos paramilitares utilizaron el arsenal para buscarse la vida y fueron reforzando su poder con cada nueva cita con las urnas. Las estimaciones hablan de medio millón de armas ilegales en todo el territorio.

Hace tres meses, el asesinato en su mansión del presidente Jovenel Moïse señaló un punto sin retorno en este proceso. «Hay una confederación de bandas, denominada G-9, que está vinculada a la autoridad actual», indica. «El pasado día 17, aniversario de la muerte del primer presidente del país, se manifestaron pidiendo el esclarecimiento del magnicidio». El grupo está dirigido por Jimmy Cherizier, un excomisario que fue expulsado por sus vínculos con el hampa.

La actividad de los pandilleros no se circunscribe ni a la capital ni a las ciudades. «Ellos hacen la ley», afirma el cooperante, quien advierte que controlan el tráfico entre el norte y el sur, asaltan templos para secuestrar los pastores y allanan impunemente casas particulares para llevarse a sus moradores. «Nadie está libre de ser atrapado, incluso los policías. En el noroeste, los agricultores han formado autodefensas empuñando machetes».

La clase media emigra

La población se halla indefensa ante el incremento exponencial de la delincuencia y siente «miedo a manifestarse, a ser agredida o baleada en la calle», advierte Edouard. Pero siempre hay quien gana en los ríos revueltos. «La atmósfera resulta favorable para las autoridades, que no tienen oposición y carecen de voluntad de cambiar la vida del pueblo». El primer ministro, Ariel Henry, gobierna por decreto, el Parlamento no funciona y tampoco se convocan elecciones. La situación se ha degradado aún más tras el terremoto del 14 de agosto. «Es una coyuntura sin precedentes ni soluciones a la vista».

Por si fuera poco, la inflación ha incrementado el precio de la gasolina y los productos básicos. «Unos cuatro millones de haitianos, una tercera parte de los habitantes, sufren inseguridad alimentaria», calcula Edouard, de modo que el éxodo hacia Estados Unidos, las islas Bahamas o Sudamérica es la única vía posible para escapar del caos. «No sólo para aquellos sin recursos económicos, sino para todo el mundo. La clase media emigra legalmente a República Dominicana».