Agencias

Mujeres, niños y adolescentes entre las cincuenta víctimas de la mayor tragedia migratoria de EE UU

Los 'espaldas mojadas' murieron asfixiados en el interior de un tráiler abandonado bajo el sol en una carretera de Texas tras sufrir una avería

MERCEDES GALLEGO Corresponsal. Nueva York

No hacen falta pateras para cruzar las aguas marrones y arenosas del Río Bravo, pero sí camiones que transporten a los 'espaldas mojadas' que salen a nado por el lado de Estados Unidos en busca de alguna ciudad en la que perderse. El lunes uno de estos inmensos tráileres de dieciocho ruedas quedó abandonado en una lateral de la interestatal 35 que atraviesa Texas. Al parecer, sufrió problemas mecánicos y lo dejaron allí. La matrícula era falsa. Dentro, casi un centenar de cuerpos hacinados, sin agua ni aire acondicionado, tan calientes «que quemaba tocarlos», dijo el jefe de los bomberos de San Antonio, Charles Hood.

Junto al camión, una puerta entreabierta y un cadáver en el suelo. El valiente que logró abrirla cayó muerto tras lograrlo. Al resto no le quedaban fuerzas para salir. El camión frigorífico se había convertido en un caldero donde se cocinaban seres humanos a fuego lento. El hedor era insoportable. Los habían rociado con especias y condimentos de cocina para despistar a los perros en la frontera.

Hood y la treintena de hombres que los sacaron están recibiendo ayuda psicológica, porque hasta ese momento sus hazañas se limitaban a rescatar un perro atrapado en el drenaje o heridos en un accidente de coche. «Ninguno de nosotros estaba preparado para abrir la puerta de un camión y encontrarse con eso», reconoció el corpulento jefe de los bomberos, que en 2007 se convirtió en el primer afroamericano en liderar el cuerpo.

Voces pidiendo auxilio

De entre ese amasijo humano del que salían algunas voces pidiendo auxilio se lograron rescatar a dieciséis personas con vida, que fueron trasladas a varios hospitales de San Antonio, la ciudad más cercana, pero algunas fallecieron en pocas horas. Cuatro eran niños, doce adultos, aunque los testigos se refirieron a ellos como adolescentes.

El camino debía haber sido largo. El puesto fronterizo más cercano se encontraba a 240 kilómetros, pero al menos para los siete guatemaltecos y dos hondureños hallados entre las cincuenta víctimas mortales la travesía empezó a miles de kilómetros. Según el canciller mexicano Marcelo Ebrard, veintidós de los fallecidos eran sus connacionales. «Estamos de luto. Tragedia enorme. México se incorpora a las indagatorias», tuiteó.

La dantesca escena constituye la mayor tragedia de ese tipo en la historia de Estados Unidos, pese a que no faltan precedentes. En 2017 un trabajador de un hipermercado Walmart de San Antonio también escuchó gritos procedentes de un camión en el que se hacinaban 38 personas, de las que diez murieron. Y eso ya era menos que otro macabro hallazgo en 2003, cuando se encontraron en Victoria 19 ilegales sin vida en el compartimento de otro tráiler que escondía a 70 migrantes, siempre bajo el sol abrasador del sur de Texas.

Más de cuarenta grados

El jueves las temperaturas pasaban de los 40 grados, pero dentro del tráiler que en 2003 conducía Tyrone Williams había casi 80 grados. Al estadounidense de origen jamaicano, que había cobrado 7.500 dólares por transportar la mercancía humana, se le «olvidó» poner el aire acondicionado, declaró en el juicio. El jurado le eximió de la pena capital tras cinco días de deliberaciones, pero le condenó a 34 años de prisión, que se multiplicaron por cada víctima hasta la cadena perpetua.

La Policía detuvo el mismo lunes por la noche a tres personas que podrían seguir su suerte si se demuestra que conducían el camión lleno de víctimas hallado en San Antonio. La primera llamada que recibieron los servicios de emergencia llegó al filo de las seis de la tarde, y como los traficantes suelen viajar de noche es de temer que el centenar de inmigrantes pasaron el día cocinándose. «Oh, Dios mío, ten piedad de ellos, buscaban una vida mejor», escribió en Twitter el arzobispo Gustavo García-Siller. «Señor, después de Uvalde, esto. Ayúdanos, te necesitamos. ¡Tanta gente sufriendo!».

No todo el mundo había vuelto los ojos al cielo. El gobernador de Texas, Greg Abott, que está en campaña de reelección, aprovechó para colgarle los fallecidos al presidente, Joe Biden, también por Twitter. «Estas muertes son el resultado de sus políticas de fronteras abiertas», le acusó. «Las consecuencias de no querer aplicar la ley», añadió.

La reacción de este cruce político fue furibunda. El reverendo metodista Chuck Currie pidió públicamente que dejasen a un lado «las sandeces políticas» porque «lo que EE UU necesita es una reforma migratoria que el Partido Republicano está impidiendo», acusó. Por su parte, el alcalde de la ciudad, Ron Nirenberg, reclamó que esta «horrible tragedia humana» sirva para tratar la crisis de los migrantes que buscan asilo como una crisis humanitaria. «En este momento urjo a pensar con compasión, rezar por los fallecidos, los hospitalizados y sus familias», indicó.

También el presidente tuvo una respuesta velada para el gobernador de Texas que ha prohibido el aborto, liberalizado el uso de armas y gastado 8.000 millones de dólares en fortificar la frontera. «Explotar a individuos vulnerables por dinero es despreciable, como hacer politiqueo con la tragedia», dijo Joe Biden en un comunicado.

Un viaje al infierno por 10.000 dólares

Para dos millones de inmigrantes el camino al sueño americano ha sido de ida y vuelta transformado en pesadilla. Desde 2020, la pandemia sirvió de excusa al Gobierno de Donald Trump para aplicar el Título 42 de una ley de salud pública de 1944 que le permite expulsar a los solicitantes de asilo político de forma expedita sin necesidad de ponerlos delante de un juez, y sobre la que puede pronunciarse el Supremo esta misma semana.

Algunos de estos inmigrantes han intentado cruzar la frontera por su cuenta en repetidas ocasiones hasta que han logrado juntar el dinero para ponerse en manos de los 'coyotes'. Por unos diez mil dólares, los 'mugalaris' mexicanos hacen su parte cruzándolos por las arenas del Río Bravo o los senderos del desierto, pero del otro lado cada vez son más los estadounidenses que terminan el trabajo, porque tienen menos posibilidades de ser detenidos. Se calcula que el 71% de quienes conducen los vehículos en los que pasan inmigrantes camuflados entre toneladas de manzanas, carne de vacuno, escondidos en los bajos de un vehículo o hasta dentro de un ataúd son norteamericanos. Lejos de desanimar a quienes no ven más futuro que llegar a EE UU, el número de arrestados por las patrullas fronterizas aumentó un 27% el año pasado. También el de los muertos. Este año se puede batir el récord, con un millar de cadáveres en la frontera sur, casi tres vidas al día.

Críticas de López Obrador

La política de 'Quedarse en México' hasta que las autoridades migratorias puedan estudiar su caso ha convertido las ciudades fronterizas de ese país en un peligroso purgatorio donde las aves rapaces de toda calaña acechan a los que aguantan como pueden durante años bajo toldos y palos. «El Gobierno vecino está permitiendo que se abuse y maltrate a nuestros hermanos migrantes. No lo vamos a permitir», dijo ayer el presidente, Andrés Manuel López Obrador, que hace dos semanas no acudió a la cita de la Cumbre de las Américas en Los Ángeles, donde se buscaban soluciones al problema migratorio.

Biden le ha dado una nueva oportunidad, porque realmente necesita de su ayuda para solucionar el problema que sigue batiendo récords. El Departamento de Seguridad Doméstica anticipa que las patrullas fronterizas tendrán este verano 18.000 encuentros diarios con inmigrantes indocumentados, y eso que el verano nunca es temporada alta para atravesar el desierto a pie. De todo ello hablarán ambos mandatarios cuando Biden reciba a López Obrador y su esposa en la Casa Blanca el 12 de julio, al olor de la carne asada que ha dejado el tráiler averiado de San Antonio.

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