Astigarraga, junto a Fode Youla, un antiguo alumno y profesor del centro que ahora es técnico superior en electromecánica pero sigue colaborando.

«Aquí nada se mueve si no se adelanta el dinero»

El sacerdote Pedro Astigarraga dirige un centro de formación profesional en Guinea Conakry, el país que hace dos semanas sufrió un golpe de Estado

GERARDO ELORRIAGA

Guinea Conakry es un país muy especial, según la experiencia de Pedro Astigarraga, y alude a su historia para explicar dicha excepcionalidad. La primera colonia gala del África Occidental que obtuvo la independencia, culminada en 1958, cuenta con una trayectoria convulsa, plagada de 'putsch' (levantamiento limitar) castrenses y comicios cuestionados. En su haber aparece la figura del inevitable padre de la patria, Ahmed Sékou Touré, la del dictador de larga duración, Lansana Conté, y la más actual de un presidente que ha ganado elecciones democráticas de dudosas credenciales, el depuesto y arrestado Alpha Condé. El pasado domingo, el último golpe castrense provocó un quiebro político y devolvió a los medios de comunicación la realidad de un país escasamente conocido. «Los militares han dicho basta ya y su iniciativa ha concitado el apoyo de la población, muy cansada de un gobierno con tan malas prácticas», señala el expatriado.

No hay muchas ONG que trabajen el territorio, a diferencia de las numerosas radicadas en la región. Este sacerdote constituye una excepción ya que lleva diecisiete años en la capital, donde, actualmente, dirige el Centro de Formación Profesional de La Salle. «Es difícil trabajar aquí», asegura, apoyado en su larga experiencia. «Quienes quieren invertir o llevar a cabo proyectos de desarrollo se hartan porque advierten que todo el mundo quiere chupar del bote. Y a todos los niveles. La gente ha perdido los valores. Aquí nada se mueve si no se adelanta el dinero, en la Administración o en los hospitales, incluso cuando se trata de la tramitación gratuita de documentos». Según la entidad Trasparencia Internacional, en todo el planeta tan sólo Haiti supera su elevado grado de corrupción.

El misionero, curtido en estancias en Venezuela, Costa de Marfil y Togo, dice que este destino es diferente del resto. «Los contrastes sociales son agudos», apunta. «No he visto tantos vehículos 4x4 como los que circulan aquí, un fenómeno inexplicable. Por un lado, hay individuos con tantos medios que celebran fiestas fastuosas, mientras que la gran mayoría sufre para poder comer día a día. Tampoco en ninguno de los destinos anteriores había encontrado tanta mendicidad, es muy triste».

Las divisiones étnicas también son importantes y, a veces, derivan en graves enfrentamientos. «Los lazos tribales y familiares predominan sobre la capacitación. Un empresario malinkés suele buscar empleados entre los suyos, no el perfil profesional del aspirante», lamenta. No existe el sentido de ciudadanía. «No se ha creado la nación guineana».

Recesión global

La coyuntura ha complicado, aún más, las tradicionales dificultades para sobrevivir. El país ha padecido varios golpes consecutivos, desde la recesión global que redujo la demanda de materias primas, al impacto del ébola, que provocó más de 2.500 víctimas mortales, o de la covid-19. «El confinamiento resultaba imposible porque todos viven en la calle», alega. Afortunadamente, el coronavirus no ha afectado tanto como en España porque llegó con la infraestructura sanitaria preparada por aquella epidemia. «Hay laboratorios de análisis, pero falla la vacunación, que aún no alcanza a más del 3% de la población».

Los guineanos son uno de los principales colectivos de emigrantes africanos en Europa. «No ven futuro alguno», indica. «Todos nuestros alumnos quieren partir para proseguir estudios o jugar en el Real Madrid, no en el Athletic, a pesar de que les intento convencer». Muchos se trasladan a Senegal y optan por el peligroso viaje en patera hasta Canarias, mientras que otros cruzan el Sahara en un intento de alcanzar Libia.

La sombra de la metrópoli sobrevuela la política nacional, como sucede en las excolonias galas. Tanto el depuesto Condé como Mamady Doumbouya, el actual hombre fuerte, tienen origen indígena, pero proceden de París. El primero ejercía como profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de París y el segundo es un exlegionario formado militarmente gracias a su participación en misiones internacionales por todo el mundo.

El país no ha sufrido una contienda civil, tal y como ha sucedido en varios de los Estados de la zona, pero las masacres también forman parte de su pasado. Sékou-Touré compaginaba su ideología anticolonialista con el mantenimiento del campo de concentración de Boiro, destino fatal de miles de sus oponentes, y en 2009 una manifestación que reclamaba democracia fue disuelta a tiros. Murieron 157 personas y 1.200 resultaron heridas. Todavía no se han dirimido responsabilidades por la masacre.

El yihadismo radical no ha alcanzado Guinea Conakry, de amplia mayoría musulmana. Pero el hartazgo y la desesperanza pueden favorecer la expansión de los extremistas. Astigarraga afirma que la presencia china es abundante y está ligada a la explotación de mineral de bauxita, recurso necesario para los productores orientales de aluminio. Pero las regalías de la explotación mineral no benefician a los nativos. «La gente puede hartarse de que todo se quede en manos de un pequeño grupo formado por el Gobierno y las Fuerzas Armadas», aduce y extrae conclusiones: «Este escenario tan inquietante supone un caldo de cultivo para los radicales».