jOAQUÍN ALDEGUER

Laurent Gbagbo, el ángel de Costa de Marfil

El ex presidente marfileño regresa a su país, que vive un milagro económico, tras haber sido absuelto por el Tribunal Penal Internacional de la comisión de crímenes de guerra

GERARDO ELORRIAGA

El blanco impoluto que lucía Laurent Gbagbo en el aeropuerto de Bruselas no fue casual. El ex presidente de Costa de Marfil regresaba a su país este verano como si se tratara de un ángel inmaculado. El político tomó el avión y volvió a su tierra demostrando que diez años lejos de su patria, tres años de proceso, cinco meses de guerra civil y 3.000 muertos, no son nada. Una multitud lo aguardaba en el aeropuerto de Abidjan demostrando que sigue siendo su líder, que la condición de primer exjefe de Estado juzgado por el Tribunal Penal Internacional no ha mermado el prestigio entre los suyos. La comitiva del dirigente fue jaleada por una multitud que clamaba contra Estados Unidos y Francia, siempre Francia. Porque la reciente historia marfileña permanece ligada al Elíseo y sus enormes intereses en el país más rico del África francófona.

La vida de nuestro protagonista ha oscilado entre Costa de Marfil y París, en un viaje de ida y vuelta al albur de las circunstancias políticas. La descolonización de Costa de Marfil, como ocurrió en la mayoría de los países del continente, fue gestionada por su padre de la patria y, al igual que sucedió en casi todos los casos, el guía se convirtió en un déspota. Además, Félix Hophouët-Boigny, el susodicho, era todo un megalómano. Convirtió Yamosoukro, su villorrio natal, en la capital del país y allí erigió la catedral católica más grande del mundo. La metrópoli no criticaba sus excesos. Sus grandes intereses en las explotaciones de café, cacao y aceite de palma, exigían prudencia.

La sucesión del patriarca se convirtió en un asunto crucial por la importancia económica y estratégica del país. Laurent Gbagbo representaba la opción más progresista. Nacido en 1945, había ejercido como líder sindical antes de convertirse en fundador del opositor Frente Popular Marfileño y sufrir la represión del régimen que lo condujo a la cárcel y el exilio. Tras el último regreso, dirigió el Instituto de Historia y Arqueología de la Universidad de Abidjan. Sus opciones políticas parecían escasas. La continuidad estaba en manos de Henri Konan-Bédié, secretario del oficialista Partido Democrático, y el estamento militar apostaba por Robert Güei, jefe del Ejército. Alassane Ouattara, Primer Ministro, confiaba en sus contactos internacionales gracias a su bagaje como economista en Estados Unidos.

Las piezas comenzaron a moverse tras la muerte de 'El Viejo' o 'El Sabio', y pronto cayeron por su propio peso. Ouattara se convirtió en el director adjunto del Fondo Monetario Internacional. El presidente interino Konan-Bédié, tan corrupto que resultaba indisimulable, fue destituido por un golpe de Güei, forzado a convocar elecciones en el año 2000, que perdió ante Gbagbo. Las piruetas políticas habían favorecido al menos vinculado al 'establishment'.

El mandato del antiguo sindicalista desveló la realidad de un nuevo país, similar al de otros Estados de África Occidental. El milagro económico de Costa de Marfil había atraído a numerosos inmigrantes de Burkina Faso y Guinea-Conakry, provocando fuertes tensiones sociales. El norte, rural y de mayoría musulmana, se enfrentaba al sur, cristiano y urbano, donde radicaba el poder y el desarrollo. Gbagbo esgrimió como referente ideológico el término 'ivoirité', acuñado por Konan-Bédié, para referirse a un nacionalismo ligado a las etnias meridionales, que rechazaba las transformaciones provocadas por los flujos de población y negaba derechos civiles a los forasteros y generaciones posteriores. Su aplicación fue determinante. Ouattara no pudo participar en los comicios por el origen burkinabés de sus padres.

El resultado fue una guerra civil que, desde 2007, avanzó desde el territorio septentrional hacia la costa, con abundancia de masacres y ejecuciones sumarias. El acuerdo de paz sancionó la división del país en dos áreas de influencia. Cuando, en 2010, se convocaron elecciones presidenciales, la tensión era máxima. El duelo entre Ouattara, ahora admitido como candidato, y Gbagbo, se avecinaba explosivo. La Comisión Electoral decretó la victoria del primero y el Consejo Constitucional la rechazó y proclamó ganador a su enemigo.

Una contienda brutal

El conflicto se reanudó, pero, en esta ocasión, Francia tomó partido por el exdirector del FMI. Sus tropas de la Misión Licorne detuvieron al presidente y su esposa Simone, activa colaboradora. Ella fue juzgada en el país, condenada a 20 años de cárcel e indultada hace tres. El nuevo gobierno envió rápidamente a Gbagbo al Tribunal Penal de La Haya, acusado de la comisión de crímenes de guerra. Allí, 82 testigos dieron testimonio de una contienda brutal, salpicada por masacres a cargo de ambos bandos y un millón de desplazados. Pero la Corte decidió, en último término, que no había pruebas suficientes para inculparlo y el pasado 31 de marzo confirmó su absolución.

El antiguo reo ha vuelto a un país transformado. Costa de Marfil es uno de los países con mayor índice de desarrollo del mundo, el puerto de Abidjan resulta clave en el comercio del Sahel y Ouattara sigue al mando desde su primera victoria. Los intereses galos se han extendido desde la agricultura comercial al ámbito de las infraestructuras y las telecomunicaciones, con exportaciones superiores a los 1.000 millones de euros y la creación de 140 empresas filiales.

Ahora, regresa al país aquel sujeto problemático y los suyos reclaman la revancha. La incertidumbre regresa al tablero. Todo apunta a que Francia, siempre Francia, deberá emplearse, nuevamente y a fondo, en su joya de la corona republicana.