Thomas Sankara, el fallecido presidente de Burkina Faso.

Los Kennedy africanos

El juicio por el asesinato del presidente de Burkina Faso Thomas Sankara recuerda a otros líderes que pagaron sus ideales con la vida

GERARDO ELORRIAGA

Muchos políticos africanos escucharon el discurso que John Fitzgerald Kennedy pronunció en 1961 al asumir la presidencia de Estados Unidos. Quizás algunos de ellos confiaron en sus palabras, sobre todo cuando se dirigió a los nuevos Estados y les dio su palabra «de que ninguna forma de control colonial habrá terminado simplemente para ser sustituida por una tiranía mucho más dura». En aquel tiempo, cuando el continente se asomaba a la independencia formal, un puñado de dirigentes nativos pareció asumir ese optimismo y apostó por un futuro ajeno a la dictadura precedente de metrópolis y multinacionales codiciosas.

Curiosamente, casi todos compartieron el trágico destino del líder de la Casa Blanca. Aquellos idealistas también resultaron abatidos por balas anónimas o cargas de fusilería. La suerte de Nelson Mandela resulta toda una excepción. El juicio contra los presuntos asesinos del expresidente burkinabés Thomas Sankara, que se celebra desde hace dos meses, recuerda el fin trágico de uno de aquellos renovadores. El dirigente es, posiblemente, el mejor exponente de esa corriente escasamente pragmática, derrotada por presiones tanto interiores como exteriores. Sus radicales postulados en pro de una administración honesta, la reforma de la propiedad rural y el control sobre los propios recursos provocaron una insurrección del Ejército, auspiciada por la oligarquía local y, según todas las sospechas, alentada desde el Elíseo.

La revolución del Che Guevara africano se valió de un golpe de Estado en 1983 y fue truncada por otra asonada militar en 1987. Tras asesinarlo, los ejecutores desmembraron el cadáver y dispersaron sus restos para evitar que las concentraciones populares en torno a su tumba devinieran en peligrosas algaradas.

El territorio, antes conocido como Alto Volta, conservó el nombre que le adjudicó su refundador y que quiere decir 'la patria de los hombres íntegros' en lengua nativa, aunque la ética pública se degradara profundamente a lo largo de las siguientes décadas bajo el mandato del dictador Blaise Compaoré, juzgado en rebeldía por su implicación en el crimen.

Dinero y poder

Las razones económicas impulsaron el fracaso de estos idealistas. La común pretensión de expropiar tierras y minas, generalmente controladas por empresas foráneas, impulsó las conspiraciones, urdidas por los servicios secretos extranjeros y sus aliados militares. El episodio de Sankara parece el argumento de un 'thriller'. Hollywood relató las penalidades del activista sudafricano Steve Biko, atrozmente torturado en los calabozos del régimen del 'apartheid', pero aún cuenta en África con todo un filón de dramas personales que parecen avalar la 'teoría de la conspiración'.

El desenlace es violento y, en raras ocasiones incluso sofisticado. Hace 55 años, Felix Moumié, uno de los impulsores de la independencia y unidad de Camerún, fue citado en Ginebra por el periodista francés William Bechtel, en realidad un agente del contraespionaje galo, que envenenó con talio el aperitivo de su interlocutor.

Pero la realidad puede ser aún más delirante. En 1975, el comorense Ali Soilih se propuso conjugar islamismo y maoísmo en su archipiélago tropical. Tan solo unos meses después de que las islas se independizaran de París, dio un golpe de Estado y creó un sorprendente régimen sustentado en cierta burocracia formada por adolescentes, a la manera de los guardias rojos instaurados por el Gran Timonel. El fin de este delirio no fue menos original, ya que fue derrotado y asesinado por invasores dirigidos por el mercenario francés Bob Denard, personaje habitual en muchas de las contrarrevoluciones sufridas por el subcontinente negro. Convirtió la isla en una base para el tráfico ilegal de armas a Sudáfrica.

La tragedia de Patrice Lumumba ejemplifica también la imposibilidad de que los políticos africanos y sus países asuman su futuro. Aquel joven primer ministro tras la independencia de Congo intentó controlar las enormes riquezas nacionales, pero su gestión fue pronto respondida con el intento de secesión de la provincia suroriental de Katanga, dirigida por Moses Tshombé y apoyada por las potencias occidentales, fieles a la máxima de divide y vencerás.

Recompensado

El dirigente intentó preservar la integridad territorial, pero el golpe de Estado propiciado por el coronel Joseph Mobutu precipitó su huida y, tras ser secuestrado, fue entregado a los insurrectos katangueños, que no dudaron en fusilarlo. Hace un año, Estados Unidos desclasificó documentos que probaban su implicación en la desaparición del dirigente a través de una operación dirigida por un tal Frank Carlucci. Este oficial de la CIA vería recompensado el buen hacer con la Secretaría de Defensa durante el mandato de Ronald Reagan.

Algunos héroes de la liberación fueron víctimas de sus más cercanos. El guineano Amilcar Cabral pereció a manos de sus camaradas ávidos de poder y el príncipe Louis Rwagasor solo ejerció dos semanas como primer ministro de Burundi antes de ser tiroteado por un pistolero griego a sueldo de sus rivales políticos.

El desencanto puede resultar, asimismo, peligroso. El ministro keniano Josias Kariuki, del Gobierno de Jomo Kenyatta, denunció que tras el entusiasmo nacionalista del nuevo régimen se escondía el ansía por acaparar las tierras de los colonos blancos. El cadáver de Kariuki pudo ser identificado, aunque apareció completamente carbonizado en la ribera de un lago cerca de Nairobi.

Esa ingenuidad queda manifiesta en la historia de Landoald Ndansingwa, un profesor ruandés formado en Quebec y Montreal que volvió a su país con su esposa canadiense y sus hijos para crear un partido liberal y dirigir un hotel abierto a todas las etnias. Se convirtió en el único ministro tutsi en un gobierno hutu y en 1994, cuando los interhamwe comenzaron a matar a los suyos a golpe de machete, la misión local de la ONU le advirtió de que su nombre aparecía en la lista de objetivos. Fue demasiado tarde.

La familia fue secuestrada y masacrada por la propia Guardia Presidencial. Chez Lando, su establecimiento, pervive con la misma filosofía, asumiendo, según cita su página web, el legado de alguien que pensó que otra África, otro mundo, eran posibles.