Hay crisis económica, social, territorial, institucional, climática, moral, de credibilidad, de Estado. Todo está en crisis y después del tsumani de las elecciones europeas, cuyos resultados han revuelto tanto el patio político, llega la abdicación real. Empieza un tiempo nuevo. Tiene que empezar. El rey en su despedida dijo que toca un cambio porque una nueva generación reclama el papel protagonista. ¿Cómo y de qué manera? El debate está abierto. Se trata de  no quedarse en las formas y llegar al fondo.

De repente parece que entramos en una catarsis participativa. Las primarias están en el candelero. No hay político socialista que se precie que se atreva ahora a negarlas y en la danza también entra Coalición Canaria. Claro que en esta fiebre participativa, hasta la fecha solo se debate sobre nombres y nada de políticas, aunque parezca obvio que muchas hay que cambiar.

Aún así, conviene puntualizar que lo de la fiebre participativa es según para qué cosas. Porque bienvenida sea la carajera por este o aquel nombre pero poco más, y mucho menos si en el trasunto metemos la forma de Estado o decidir si aceptamos o no las extracciones petrolíferas cerca de nuestras costas.

Como premonitoriamente escribiera Pedro J. Ramírez, justo un día antes de que el rey anunciase su abdicación a la corona, «se puede pero no se debe ni gobernar ni ejercer de alternativa si el respaldo es raquítico. Si no se cambian las personas y las políticas, el templo será derribado. La alternativa a la revolución es la reforma de palacio».

En esas estamos. En un tiempo distinto al de aquella Transición que pivotó sobre la disyuntiva  dictadura o democracia y no monarquía o república. Así se construyó la consolidada democracia de hoy que, sin embargo, clama por un proceso urgente de regeneración para superar este aparente proceso destituyente en que nos encontramos, como consecuencia de las múltiples manchas de corrupción, impunidad y, en consecuencia, desencanto.

Por ello hay que estar ojo avizor ante los intentos de los cuestionados de instrumentalizar la actual crisis para mantener el statu quo, actuando con la misma cortedad que nos ha llevado a este estado de postración. No solo valen cambios de rostros. No solo es primarias, república o petróleo. Hay mucho, mucho más por corregir.

Hay demasiados debes pendientes, eso sí, sin olvidar que si hay algo que define al poder democrático es que es temporal y revocable. Así pues, si la Constitución que nació con un sin fin de imperativos, por las circunstancias históricas del momento, garantiza la perpetuación  e irrevocabilidad de quien quiera que sea, tendrá que corregirse. La credibilidad de todos los gobernantes tiene que medirse en las urnas. Sin miedo. Ahí está el reto de cara a las próximas elecciones.

Por cierto, no es de recibo que  instituciones públicas destinen fondos públicos a facilitar la participación en una manifestación. La guagua, a cuenta de cada uno,  a escote, como dicen los críos, porque lo otro no queda bonito.