Sueños gráficos

CRÍTICA DE 'HÉROES DE PAPEL'. Luis Alberto de Cuenca 'Héroes de papel' Rey Lear Madrid, 2011 77 páginas

CAYETANO SÁNCHEZ

Hace más de veinte años, Luis Alberto de Cuenca trasmitió a su hijo Álvaro su pasión por los tebeos (seguramente fuera el término utilizado, frente al más actual de cómic o novela gráfica). Eran héroes de su infancia, como Popeye, Superman, el ratón Mickey o el Capitán América, que el polifacético ensayista, poeta y traductor inculca a su hijo a través de un cuento escrito por él mismo, que en la ficción es llamado Luis.

Mezclando realidad y fantasía, Luis convierte en colegas de juego a algunos de estos personajes, entre otros de la época, y ambos intercambian vivencias. Unos la cotidianidad de un preadolescente y éste aventuras que jamás se atrevería ni a soñar. De este material tan frágil, sin duda atractivo, se conforman los sueños hechos cuento de Héroes de papel, reeditado ahora por la Rey Leal, con bellas ilustraciones de Miguel Ángel Martín.

No soy un experto en literatura infantil, e intuyo que los derroteros del género pasan ahora más por vampiros, zombies o experiencias cibernéticas, pero debo confesar que lo he pasado en grande leyendo este bello cuento del único muchacho sobre la tierra, según se dice en la historia, que puede llamar amigos a los héroes de papel. Es obvio señalar que estoy más próximo a la edad del autor, que a la del hijo al que va destinadoPese a ello, creo que este libro no puede dejar indiferente a nadie, sin importar el arco cronológico porque como dirá algún tópico ya acuñado: la imaginación no tiene edad.

Dos prólogos, uno de 1988 y otro actual, de Álvaro de Cuenca contextualizan este cuento y nada mejor que el comienzo del más actual para entender su plena significación: «Viajemos a los años ochenta del siglo pasado, entre mis siete y mis once años. Las tardes de viernes y arena en los zapatos las pasé en Arte 9 en la calle Hermosilla, y las mañanas de los sábados en la tienda de tebeos Madrid Cómics que estaba entonces en Los Sótanos de la Gran Vía. Si hubiese tenido que optar en su momento entre la pila de cómics que comprábamos y el desayuno en Los Sótanos, me habría quedado, sin duda, con el desayuno. El ritual de compra de cómics era mecánico y cuidadoso. Los desayunos, por el contrario, eran una fiesta caótica y exquisita para todos los sentidos en la que no quedaba una sola miga de pan. Era divertido.Durante esos años surgió la idea de Héroes de Papel: los personajes de cómic aparecían minúsculos, así, sin más, en la vida de unos adolescentes Luis y Ana, que vivían pequeñas aventuras cotidianas con su ayuda. A mí aquello no me convencía. Me parecía incluso absurdo. Primero, ¿por qué tan pequeños? Y después, ¿qué tipo de confianza tenían conmigo para salir de las viñetas y hablarme de tú a tú? Me atrajo desde siempre más la idea de entrar, como finalmente hace Luis, en su mundo y colarme en las viñetas con el objetivo, por ejemplo, de tirarle de los calzones a Supermán, o de quitarle la máscara a Spiderman frente a JonahJameson, para que descubriese por fin el secreto, o, por qué no, de coger de la mano a la Karen Page de Daredevil y jurarle amor eterno».

Si el lector o el posible destinatario en forma de regalo de Héroes de papel es capaz de sentir solo una parte de estos sentimientos, sin duda, su lectura estará más que recompensada.