Sin mandato claro

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

Si antes nunca se habían celebrado elecciones en el mes de diciembre, tampoco hasta hoy se habían registrado unos resultados tan fragmentados. Tanto que, por primera vez, el escrutinio no deja claro quién será el nuevo presidente del Gobierno. Incontestablemente un tiempo nuevo empieza. Ahora habrá que ver si los nuevos actores y los que aún perviven son capaces de adaptarse a este novedoso periodo que comienza y que exigirá, más que nunca, hacer política con mayúsculas, en la que la negociación y el diálogo tienen que ser el denominador común.

La España instalada en el cómodo bipartidismo, que siempre había rondado los 300 escaños, ya no existe, aunque resista, se queda en los 213, y esta vez el partido ganador ha estado muy por debajo del 38,79% de los apoyos que recibió el hasta ahora vencedor con menos votos, José María Aznar en 1996, por lo que toca readaptar estilos. Tocan coaliciones, habituales, por otra parte, en Europa; luego, el sistema democrático español debe demostrar si está ciertamente consolidado y es capaz de adaptarse a las nuevas circunstancias, esas en las que los electores, cargados de razones, no han dado un mandato claro en lo que se refiere a un gobierno concreto pero sí a un cambio de maneras, porque lo que es incontestable es que ha habido un contundente castigo a los instalados.

Lo dicho, política con mayúsculas, en la que no caben las miserias de la partitocracia hasta ahora reinante. Las reglas del juego de la democracia representativa dicen que los pactos son legítimos y, ahora, necesarios. La estabilidad pasa por ahí. Bueno sería aprender, de una vez, a pactar, a desterrar la soberbia del que atesora el poder. El tiempo de las alternancias ha terminado y llega el de las alternativas y la madurez. A los nuevos protagonistas les toca hacer un ejercicio de responsabilidad democrática.

Es decir, terminada la campaña electoral en la que primó el relato sobre las ideas ha llegado el momento de concretar éstas para pergeñar el camino a transitar. ¿Una nueva transición? Seguramente.