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Salud, porque es el bien más preciado y porque, por la cuenta que nos trae, pobre de aquel que la pierda, visto el concienzudo desmonte que se está haciendo de la sanidad pública, por cierto uno de los logros más relevantes, si no el que más, de este país nuestro que mal navega entre aguas tormentosas y anda sólo atendiendo a la máxima de la austeridad y el cumplimiento del déficit, anteponiendo los números a las personas. Una sanidad que, por lo que vemos, cierra servicios, te condena a interminables listas de espera, al copago de una medicación encarecida y que tampoco le importa descapitalizarse, desde el punto de vista humano, al prescindir del oficio, la experiencia y sabiduría de algunos de sus más reputados profesionales.

A los jóvenes, los mejor formados de nunca jamás, los abocan a buscarse el futuro en el extranjero. A los sabios mayores les obligan a la jubilación sin atender a los compromisos contraídos. A los parados de más de 55 años los dejan sin cobertura social. Suma y sigue. Sinceramente, así las cosas, cómo no preguntarse si este país no va camino del suicidio. Por tanto, salud porque pintan calvas y ya hasta Europa alerta del evidente peligro de estallido social visto el desmadre en las tasas de desempleo. ¿Hasta cuándo, hasta dónde? Salud.

Y república, porque mañana, 14 de abril, se cumple un nuevo aniversario, el 82, de la proclamación de la segunda república española, el único periodo democrático que podemos contemplar en una mirada hacia nuestro pasado y que dejó para la historia la laicidad, la separación de poderes, la cultura de paz y la preeminencia de la ética civil como legados imperecederos.

República, porque no se debe temer al debate sobre el modelo de Estado, más aún vista la actual crisis institucional que padece este país a la deriva, donde el cabreo y la decepción están generalizados, que parece sumido en un proceso destituyente y en el que se ha quebrado el contrato de confianza entre gobernantes y ciudadanos. La buena salud democrática lo precisa.

Es cierto que la monarquía pudo ser una opción aconsejable en el complejo tránsito de la dictadura a la democracia y, en consecuencia, poco sentido tiene a estas alturas entrar en las circunstancias por las que los entonces partidos rupturitas renunciaron a una de sus máximas, pero no es menos cierto que aquella ejemplar transición, que se exportó al mundo como modelo político a imitar, ha quedado superada por círculos políticos corruptos que se han parapetado en la inmunidad y han crecido en la impunidad, de ahí esa crisis política institucional que padecemos, con escándalos salpicándonos diariamente, y que exige una pronta regeneración.

Es evidente que este país en crisis global precisa, por su propia salud, recuperar la ilusión democrática y, en paralelo, en las instituciones que la encarnan, y está claro que nada de esto se va  a conseguir con martingaleos.