De malditos está el mundo lleno. Unos, muchos, demasiados, por culpa de ese cruel determinismo que los condena por haber nacido en el lugar equivocado. Otros, bastantes, porque se esmeran en alcanzar el virtuosismo en el malaje, que es el que provoca el aullido de aquellos. Los hay en el primero, tercero y cuarto mundo, pero suele ser en el tercero donde más abundan y donde se suceden las mareas que, aunque queramos darles la espalda, nos recuerdan que hay malditos de distintas especies, los sufridores y los provocadores. De eso y de los dramas que pivotan en torno a ellos nos habla la producción teatral más internacional de cuantas se han hecho en Canarias: Los malditos.

Se ideó en Colombia, se creó en Gran Canaria, donde empezó a caminar, para al poco saltar el charco, regresar, volver a navegar al continente americano y seguir viajando por Europa en un proceso que deja a las claras su condición de apuesta universal y que hace realidad el hasta ahora manido tópico de la tricontinentalidad de esta tierra. Gente de aquí, de al lado, de allá, y un discurso de todos. Malditos fuimos, malditos son, malditos hay. 

Los grandes movimientos humanos forzados, con refugiados, exiliados, inmigrantes económicos, víctimas de abusos, vulnerables todos, no son nuevos, de ahí la pervivencia de esta obra. Hubo un tiempo en que los protagonizaron nuestra gente. Conviene no olvidarlo. Hoy son otros los que sufren. Debiera tenerse presente. Y antaño y ahora, estaban, están, los malditos a los que hay que maldecir, hábiles hasta el extremo de confundirnos con un diabólico juego que va de la gran verdad a la gran mentira; capaces, incluso, de hacernos olvidar lo que fuimos, abocarnos a la complacencia y activar miedos frente a los iguales. La Europa presente es un cruel ejemplo. Los muy malditos son maestros en la construcción de relatos hipnotizantes. Ni siquiera les preocupa ocultar los números, la libertad no se cercena, presumen, pero se maquilla. Bien saben que la sobreinformación desinforma y termina ahogando las emociones. 

Los malditos, ese espectáculo de Factoría Una Hora Menos, con texto de Antonio Lozano y dirigido por Mario Vega, es una complejísima creación, una puesta en escena más que ambiciosa e innovadora, un proyecto de gran magnitud, con interpretación desgarradora de todas las orillas, sin miedo a mezclar a actores de escuelas y orígenes diferentes (un uruguayo, un guineano, una canaria, un argentino), en el que no falta el soporte audiovisual y una música expresa, dicho sea en el sentido de derroche de carga expresiva, con una escenografía que es un personaje más de un relato lleno de denuncia y crudeza, pero también rebosante de poesía. Es trama negra, es thriller, es reportaje periodístico es, en resumidas cuentas, arte escénico que, frente a la suficiencia moral de los doctrinarios, invita, obliga, a la reflexión. 

Malditos todos, incluso con altibajos. De la esclavitud moderna, nos guste o no, ninguno escapamos. Un espectáculo, una creación, una apuesta, un bendito atrevimiento hecho aquí para el mundo que hay que ver. 

@VicenteLlorca