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La tortuga boba pasa en las aguas de Canarias, frente al Sahara y Azores y Madeira entre 6 y 12 años, lo que se corresponde con la etapa juvenil de la especie amenazada. Esta es una etapa crucial en su ciclo de vida y ahora se sabe dónde está y cómo se mueve, algo fundamental para poder abordar de manera eficaz su conservación.

Saber dónde están y cómo se mueven las tortuga bobas (Caretta caretta) es un primer paso fundamental para rebajar la presión de las amenazas que se ciernen sobre una especie que durante su vida juvenil usa las aguas que rodean Azores, Madeira y Canarias para alimentarse y crecer. Un estudio publicado en abril en la revista científica británica Diversity and Distributions ha permitido conocer por primera vez las rutas de las tortugas bobas juveniles que usan las aguas canarias, desvelando el uso de una extensa de 2,5 millones de kilómetros cuadrados desde el sur de Portugal hasta el norte de Cabo Verde durante su estancia en esta zona del océano Atlántico próxima a la costa africana y muy rica en nutrientes.

Los investigadores de las Universidades de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), la Universidad de Exeter (Reino Unido) y cuatro organismos científicos de las Islas que firman el estudio han recopilado todos los datos enviados por los transmisores de seguimiento vía satélite (con una vida de entre un mes y tres años) colocados en los caparazones de 24 ejemplares juveniles de tortuga boba. Estos datos han sido obtenidos de tres proyectos distintos desarrollados en Canarias desde 1998 hasta 2012 y con ellos han elaborado un mapa con sus movimientos y con las zonas en las que permanecen más tiempo. La mayoría pasó más tiempo en aguas oceánicas profundas que en zonas próximas a la costa.

«Conocer los movimientos y trayectorias  constituye la base para desarrollar medidas que contribuyan a su conservación», asegura la doctora en Biología por la ULPGC, Nuria Varo Cruz, coautora del estudio.

«La información de los transmisores te dice por dónde pasan las tortugas», algo que es «fundamental», explica Varo, para determinar si esas zonas frecuentadas por los juveniles son, por ejemplo, lugares de intensa actividad pesquera o de tránsito de buques «y poder analizar en qué medida actúan estas presiones y cómo podrían reducirse», dice.

El estudio evidencia en este sentido la dificultad de llevar a cabo experiencias de conservación estáticas por la vasta área oceánica abierta que ocupan y, por tanto, de la necesidad de que las medidas se que se tomen tengan un carácter dinámico.

Sobre el comportamiento de las tortugas marinas adultas hay muchos estudios, pero «se sabe poco», dice Varo, sobre los años que pasan desde que abandonan las playas de su nacimiento y se suben a la corriente del Golfo para llegar hasta las aguas del este del Atlántico, desde  donde emprenden el regreso a  sus lugares de nacimiento, cuando están próximos a alcanzar la madurez sexual y después de haber pasado entre 6 y 12 años de estancia en esta zona.

Los transmisores de tres de las 24 tortugas bobas marcadas entre 1999 y 2012  enviaron señales una vez habían iniciado el viaje de vuelta hacia el oeste del Atlántico, dos en línea recta al Caribe y otra más errática por Azores.