La memoria en papel fotográfico

Catalina García
CATALINA GARCÍA

A Juan Castellano González le gusta recordar. Y lo hace coleccionando fotos antiguas de Fuerteventura que no se olvida de documentar. Sus imágenes son anteriores a la transformación propiciada por la explosión turística que comenzó en los 80 del siglo XX. De las fotos, poco o nada queda en la actualidad. Gran Tarajal son dos calles que las olas inundan. La Lajita, un puñado de casitas blancas al final del barranco. Morro Jable es todo arena que rompe un pionero hotel Casa Atlántica. Pájara está jalonada de pajeros. Son algunas de las imágenes, en su mayoría en blanco y negro, de la colección de fotografías antiguas de Juan Castellano González (Las Palmas de Gran Canaria, 1961) y que ofrecemos en estas dos páginas. La afición por las fotos de Fuerteventura le surgió con las de su padre, Juan Castellano Herrera, más conocido como Juanito el de la guagua. Natural de Moya (Gran Canaria) llegó a la Maxorata como marchante de ganado para luego fundar una empresa familiar de transporte público de viajeros. Las guaguas de Juanito recorrieron durante más de 30 años toda Fuerteventura, «bueno, en realidad llegaban hasta donde había carreteras, por eso por ejemplo se quedaban en La Lajita y sin poder acceder a Morro Jable». Trabajador del Consorcio de Abastecimiento de Agua a Fuerteventura (CAAF), su profesión nada tiene que ver con su afición por coleccionar fotografías antiguas. Dos estudios de Gran Tarajal, donde vive, colaboran en las tareas de recuperación de las imágenes: foto Kina y Fotorama. También documenta las imágenes siempre como puede: la calle del pueblo, el año, a veces hasta los protagonistas del objetivo. La desconfianza de la gente es su mayor obstáculo. «Se creen que se las voy a quitar y no es así. A veces tengo que hablar con los nietos de los propietarios para conseguirlas». La de Las Playitas, de 1969, procede de un almanaque que tiene una señora que a su vez se la dio un vecino sueco. De los pueblos de las fotos apenas queda nada. Las casitas han dado paso a edificios de apartamentos, restaurantes y souvenirs. El mar y la arena son casi lo único que queda. Castellano no echa de menos la época de las imágenes, si acaso la soledad de algunos rincones, el precio a pagar por el desarrollo.