Expedición Ralons Sport

La inmersión de Thaïs al mar de hielo

Parece mar infinito de hielo. Así es el Glaciar Mer de Glace, situado en Los Alpes franceses y a los pies del imponente macizo del Mont Blanc. Ayer fue testigo de la primera toma de contacto de Thaïs Henríquez sobre la gigantesca lengua de hielo y rocas, castigado también por el cambio climático que amenaza su extinción.

Con siete kilómetros de largo y 200 metros de profundidad, el Glaciar Mer de Glace -El mar de hielo- es el más largo de Francia a casi 2.000 metros de altura. Para llegar hasta allí, la expedición Ralons Sport Gran Canaria ascendió desde el pueblo de Chamonix en un tren cremallera de hace más de un siglo hasta su inicio, en una pared muy vertical de piedra por la que hubo que descender hasta el océano petrificada de Los Alpes.

Sin experiencia sobre un terreno similar, Thaïs Henríquez pasó momentos de tensión y duda durante el largo descenso antes de calzarse los crampones para probarse sobre hielo. «Me impresionó mucho bajar por las escaleras metálicas hasta el glaciar. No miraba hacia abajo al haber muchos metros de caída libre hasta el fondo del valle. Aunque sabía que el descenso era seguro, encordada y con las indicaciones de Javier Cruz, el jefe de la expedición, pero la impresión es mayúscula en esas paredes de roca, con el Mont Blanc de fondo, y el glaciar en el fondo», manifestó la doble medallista olímpica en su primera experiencia en la alta montaña.

Tras el descenso, tocó el momento de medirse sobre la resbaladiza superficie de hielo. Un paseo para cualquier experto, una tortura para no iniciados con el inquietante sonido de las piedras cayendo por las laderas y el murmullo del agua entre las grietas, horadando entre el hielo milenario. «Voy superando poco a poco mis miedos en este viaje. Con los crampones me he visto más seguras sobre la superficie de hielo y piedras del glaciar. Aunque soy consciente de que soy una novata en este terrero, en el montañismo, voy cogiendo más seguridad en mí misma de cara al gran objetivo, llegar a la cumbre del Mont Blanc. Por ahora, otra prueba superada», manifestó Thaïs Henríquez, orgullosa.

La lluvia lo complicó. Caprichoso y traicionero, el tiempo es una moneda al aire en Los Alpes. En cualquier cadena montañosa de envergadura. De un día radiante, con el sol de cómplice reverberando sobre el cristalino glacial, el cielo se tornó en gris ceniza en cuestión de minutos. Pasado el mediodía el viento comenzó a soplar sospechoso y las primeras gotas coincidieron con el  inicio del regreso.

Por las mismas escaleras, pero cuesta arriba. La sensación de vacío se pronunció a cada peldaño, no solo por el aire que azotaba sino por la velocidad con la que había que subir para evitar que la tormenta, incluso eléctrica, pillase en mitad de los escalones metálicos. A mitad de camino, en un descanso horizontal hubo incluso que ponerse los chubasqueros con las gotas empezando a calar. Sin embargo, la tormenta dio un respiro y no descargó hasta alcanzar la cima. Otra prueba en el camino, un nuevo aprendizaje para Thaïs Henríquez en la cuna del alpinismo mundial.