La Graciosa rescata su ecosistema

08/09/2016

Lejos de lo que pudiera parecer, el paisaje de La Graciosa cada vez se asemeja más al que se encontraron los primeros que llevaron sus cabras desde Lanzarote hasta el islote tras la erupción de Timanfaya entre 1730 y 1736. Investigadores de la ULPGC han establecido cómo los usos históricos esquilmaron La Graciosa y cómo ahora su ecosistema se recupera.

Que la actividad humana tiene un impacto directo sobre los ecosistemas es un hecho indiscutible y el ejemplo más palpable está en este Archipiélago que, si bien tiene casi la mitad de su territorio protegido, en la otra mitad apenas queda nada original. Sólo hay una excepción que confirma la regla: La Graciosa, que, aunque a lo largo de su historia ha llegado a estar prácticamente arrasada, ahora está volviendo al estado en el que estaba antes de que el hombre llegara y la esquilmara.

Investigadores  del grupo de investigación Geografía Física y Medio Ambiente del Instituto de Oceanografía y Cambio Global  y del Instituto Universitario de Análisis y Aplicaciones Textuales de la Universidad de La Palmas de Gran Canaria (ULPGC) han logrado establecer las fases temporales de los distintos impactos que la actividad humana ha provocado sobre la cobertura vegetal de La Graciosa y, por tanto, sobre la estabilidad o no de su manto arenoso, hasta el punto de que en los años 70 del siglo pasado la presión era tal que la vegetación prácticamente había desaparecido del islote.

El geógrafo Aarón Santana, investigador principal del artículo cuyos resultados acaba de publicar la revista Land Degradation & Development,  explica que La Graciosa es un «perfecto laboratorio» para estudiar la degradación de los ecosistemas áridos entre otras cosas porque «conocemos toda su historia, desde la llegada de los primeros hombres hasta la actualidad». En La Graciosa ha sido evidente, dice Santana, que desde que en 1730 llegaron los primeros hombres hasta que en 1987 se prohibieron los usos tradicionales, con la declaración del Parque Natural del Archipiélago Chinijo, la desaparición de la vegetación. En estos tres siglos, la leña se  usó para cocinar, para los hornos de cal y el resto de pastos se lo comían las cabras, los camellos y los burros.

Pese al impacto del turismo que, a juicio de Santana, es menor y controlable, las políticas ambientales de protección del territorio de las últimas décadas han permitido la recuperación de la vegetación y el manto de arena de La Graciosa. Ahora toca que se conozca el pasado de la Isla.