La historia de las primas Sosa

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Antes del 23-F, el de Tejero, Pino ya se había atrevido a decir en el pleno del Ayuntamiento de Arucas, donde era concejal por el PSC, que quería abrir los pozos y Balbina, por su parte, llevaba años recopilando información sobre los desaparecidos. Lo de Tejero, reconoce esta última, «fue una buena frenada».

Pino Sosa Sosa y Balbina Sosa Cabrera son, además de primas, la presidenta y la vicepresidenta, respectivamente, de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Arucas. Hace apenas diez días la organización hizo pública una foto estremecedora de once esqueletos en el fondo del pozo de Llano de Las Brujas, antes conocido como el pozo de don Paulino Granados. Para llegar a esta foto, la prueba definitiva de lo que llevaban años denunciando, Pino y Balbina han recorrido un largo camino que empezó antes de su propio nacimiento, en Las Chorreras (Arucas) en 1936.

José Sosa Déniz, padre de Pino, y Francisco Sosa Batista, padre de Balbina, primos y cuñados, vivían con sus familias una existencia modesta y apacible. Pero como a tantos otros, la vida se les desbarató el 18 de julio del 36. A José, latonero y socialista, lo sacaron de su casa por última vez el 19 de marzo de 1937 y probablemente sea uno de los cuerpos que yacen en el fondo del pozo de Llano de Las Brujas. Francisco, cabuquero (cantero) y agricultor, socialista y sindicalista, sufrió detenciones y palizas y escapó de la Marfea casi de milagro, por unas luces que se vieron en la noche y que sus captores atribuyeron al coche del obispo Pildain.

Francisco regresó a casa hacia 1940, enfermo y condenado a sufrir constantes pesadillas, pero a José nunca más lo volvieron a ver. Pino nació entre detención y detención, el 25 de enero de 1937. Su padre la llegó a conocer en el lazareto de Gando, a donde la llevaba su madre, -que también se llamaba Balbina-, que iba hasta allí caminando desde Las Chorreras con otras mujeres en similar situación. El 13 de marzo José regresó a casa, el 19 de madrugada se lo llevaron para siempre.

«Esa noche mi madre empezó a buscar, y siguió insistiendo, insistiendo ... hasta siempre», apunta Pino. «Lo esperaba detrás de una barba ..., si un extraño miraba para ella; le decían que se había ido en un barco francés ... el famoso barco francés, iba a por un certificado y le decían que se había ido en el barco francés ... Decía: «prefiero que tenga otra familia a que esté donde yo sé que está» (en el pozo)». «Es la angustia de los desaparecidos: que no sabes», abunda Balbina. «Porque siempre te queda la esperanza», apostilla su prima.

En Las Chorreras, las casas de ambas familias estaban pegadas, compartían patio. «Éramos una única familia», señala Balbina quien nacería unos años después, en el 44, pero que mamó la historia en casa, porque su madre, Josefa Cabrera Vega (1914-1997), no permitió que se olvidara e incluso dejó unos diarios escritos. En casa de Pino fue distinto: «Entre los mayores sí hablaban, pero cómo nos iban a contar nada a los niños si les habían advertido: «Hemos terminado con los mayores, ahora toca los cachorros» decían».

50 años después. Ha pasado medio siglo y el dictador está muerto. Principios de los 80, Pino entra en el Ayuntamiento de Arucas por el partido socialista. Es la primera mujer concejala y en un pleno se atreve a decir que quiere abrir los pozos. «Ya habíamos investigado bastante en los archivos y estábamos en contacto», apunta la vicepresidenta, que dibuja la situación: «Existía la inquietud de sacar esto adelante, pero aún había miedo. La dictadura no había desaparecido del todo, todavía estaba caliente». Tanto que mantienen la precaución de no ir juntas a los archivos. «Vimos que la cosa iba en serio cuando se quemó el archivo de la Falange de Arucas».

Un día Balbina se encuentra a su tía Rosario en Las Canteras. Ésta le dice que se ha publicado el libro Isleta-Puerto de La Luz. Campos de Concentración, de Juan Medina Sanabria y que llame a Pino, que ella lo tiene. En el libro ya aparece un listado de 30 desaparecidos al que ellas agregarían otra treintena. «Eso fue en 2002, cuando decidimos ir juntas. En 2003 constituimos la asociación. Ya teníamos mucho trabajo hecho y los pozos localizados». Esta última tarea no ha sido sencilla, porque el abandono de la agricultura y la extracción de áridos ha dado al traste con muchos puntos de referencia.

Los buscaban a pulso. Tanto andaron un día, que Balbina tuvo que pedir unas zapatillas prestadas para salir del barranco de Tenoya donde tuvo que dejar lo que quedaba de sus zapatos.

La pensión de la tía Balbina

Pino y Balbina tuvieron infancia de niñas rojas. Cuando el padre de Pino desapareció, Balbina, su madre, tenía 29 años, un hijo de cuatro, otro de dos y una recién nacida. «Iba a pedir trabajo a los mismos que se habían llevado a su marido, le daban trabajos míseros en las plataneras». Balbina -se llama así en honor a su tía y madrina-, también «de los comunistas de Las Chorreras» -como había dicho el cura-, empezó a trabajar a los 9 años, en una casa donde cuidaba niños «que olían bien».

Cuando Pino cumplió los 15, se mudó con su madre y sus hermanos a la casa de su abuela paterna, Clotilde, en Guanarteme. «En mis tiempos tener familia en la capital era el hotel para todo, la parada obligatoria para reponer fuerzas después de la caminata desde Arucas, cuando ibas para hacer una gestión o al médico. La casa de mi tía Balbina parecía una pensión. Se ponían colchones en los sitios más insólitos, pero todos cabían, la familia y la gente conocida del barrio. Era lo normal».

Las primas hablan de tiempos de gran estrechez - «nos prestábamos hasta el molinillo o una taza de azúcar»-, pero también de gran solidaridad entre los vecinos.

Si Balbina inició su vida laboral en una casa donde cuidaba niños, a Pino le tocó aprender a bordar, a zurcir «y a coger puntos a las medias». Dice que su madre ya lo hacía en Las Chorreras, pero tuvo que mudarse porque con «el que Dios te lo pague» no podían comer.Además de «coser, coser», Pino se empleó en una fábrica de caramelos: «Era muy rápida envolviéndolos».

Antes, cuando aún no se habían mudado a la casa de la abuela Clotilde, en Las Chorreras hubo trabajo para los hermanos. «Mi hermano el más viejo empezó a limpiar el limo de las acequias a los 9 años y el otro con siete, con su raspaderita pequeña. Mi madre le hizo dos mangos con dril para alargar sus pantalones cortos y que le pagaran un poco más».