Borrar
Javi Cruz: «Ninguna montaña merece una vida»

Javi Cruz: «Ninguna montaña merece una vida»

El jefe de la expedición BMW-Mini Gran Canaria hace el balance de la ascensión al Parinacota. Considera un éxito que El Trota haya superado los 6.100 metros y que la desaparición de Pedro Cubiles terminase bien.

Jueves, 2 de julio 2015, 03:10

Necesitas ser registrado para acceder a esta funcionalidad.

Opciones para compartir

¿Cómo valora que Juan Espino, El Trota, alcanzase los 6.100 metros en este nuevo reto? Es impresionante que Juan haya alcanzado los 6.100 metros cuando en la vida se había puesto los crampones o había sufrido los rigores de las grandes alturas. Creo que él se lo tomó muy en serio, un factor muy importante fue el previo a la expedición. Hizo todo lo posible por perder peso, unos 25 kilos, y aumentar el ritmo cardíaco y ahí se vio el fruto. La ambición que tiene y la seriedad con la que se toma cada uno de los retos deportivos tuvo como consecuencia que llegase tan alto. Creo que es el deportista canario fuera del alpinismo que ha estado a mayor altura.

¿Había intentado otras dos veces sin conseguirlo llegar a la cima del Parinacota. Esta vez solo llegó usted a coronar la montaña. ¿Éxito o frustración? Mientras subía la última parte tenía una sensación agridulce. Primero, porque por tercera vez estaba en esa montaña después de no haber conseguido hacer cima en las dos ocasiones por problemas físicos míos o de otros compañeros. Segundo, porque nunca me ha gustado separarme del grupo del que formo parte. Pero como a falta de solo 200 metros la llegada de Juan a la cumbre estaba descartada por razones físicas y de tiempo, consideré importante que al menos uno llegase arriba y ondeara la bandera de Gran Canaria. Hay momentos en los que se tienen que tomar decisiones y tomar riesgos antes de que anocheciera y así fue. El que fuera yo es irrelevante, el éxito es del equipo. El esfuerzo había sido colectivo.

La odisea comenzó tras hacer cumbre. Se pierde Pedro Cubiles. Desde la cima tenía contacto visual con el resto del grupo. Pedro estaba muy cansado después de una ascensión muy dura y de días sin dormir sufriendo un resfriado y la exigencia de la altura. Quedamos en que se diera la vuelta y nos esperara en un punto donde nos pusimos los crampones. Él se equivocó unos metros y se fue a otro lugar parecido, lo que originó la confusión. Por el cansancio se quedó dormido y, pesar de que lo llamamos a gritos, no nos oyó y pensamos que había bajado por el mismo camino. Nosotros también emprendimos el descenso sin saber que Pedro se había quedado arriba.

¿Cómo vivió su desaparición como responsable del grupo? Supone un gran cargo de consciencia. Por supuesto, asumo toda la responsabilidad por lo sucedido porque desde que Pedro dijo que no daba un paso no nos debíamos haber separado. A veces se toman decisiones rápidas que no se pueden considerar errores porque la falta de oxígeno y el cansancio te condicionan y hace que no tengas la lucidez suficiente. En este deporte, aunque trates de minimizar errores, siempre hay factores de riesgos externos. No tenemos siempre todo controlado, es lo que hace atractivo este deporte. Te empiezas a replantear cosas como guía. Lo que más duele es pensar que por una tontería puedas perder a un amigo en la montaña.

Nunca se debe subestimar la montaña. ¿Este incidente aumenta el mérito de estas iniciativas con deportistas inexpertos? Me duele mucho que se utilicen expresiones como «atacar» la cima de una montaña. A la montaña hay que pedirle permiso, darle las gracias por devolverte sano al punto de inicio. Siempre hay que ir a la montaña con la mayor humildad posible. La experiencia que hemos vivido en el Parinacota nos debe servir de lección. Yo he conseguido lograr alcanzar su cima en el tercer intento a pesar de mi experiencia en montañas más complicadas como su vecina Sajama, técnicamente más difícil. Ninguna montaña merece una vida.

Después de separarse el grupo, ¿el error fue dar por hecho que Pedro había bajado por su cuenta antes que el resto? No lo dimos por hecho porque salvo un tramo, nunca perdí el contacto visual con Pedro y siempre se dirigió al tramo de tierra correcto y en el canal de bajada. Además, lo llamamos a gritos por la zona en la que estaba. No me queda otra que pensar que había bajado. En el espacio de los 20 minutos en el que yo estaba en la cima él se movió del sitio en el que habíamos quedado en vernos. A pesar de no saber que se había quedado arriba bajamos con la duda de si estaría abajo.

¿Temió por su vida? Nunca perdí la esperanza. Pero es cierto que el subconsciente te traiciona y vienen a la cabeza cosas muy negativas. Valorando sus circunstancias, que estaba muy cansado, que mentalmente podía estar afectado, que no tenía demasiada luz y agua y que la temperatura cayó tras el atardecer, podías caer en el pesimismo. La lógica decía que Pedro podía intentar bajar con poca luz y cualquier tropiezo podía ser fatal con el cansancio acumulado. En algunos momentos estuve convencido de lo peor, de ahí que se activase la opción del helicóptero. Por otro lado pensaba que Pedro es un tipo de mundo y era el mejor preparado para afrontar una noche en la montaña.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios