Elías Rodríguez: «Nada queda del Puerto Cabras de Unamumo»

28/02/2016

Solo quedan los testimonios que dejaron los que vieron su destierro. Aunque fue por poco tiempo, hubo una pequeña revolución porque nunca antes nadie tan insigne había estado en la Isla. En el plano literario -recalca Elías Rodríguez-, «hay una Fuerteventura antes y otra después de Unamuno».

Presentar un escenario físico y humano de la Fuerteventura que en 1924 vio Unamuno y de qué forma influyó en el pensamiento que se llevó en su peregrinaje a Francia y lanzó a la literatura universal. Es a lo que ha dedicado parte de su vida el profesor Elías Rodríguez, que esta semana ha sido uno de los conferenciantes de la Cátedra Cultural Miguel de Unamuno.

Rodríguez recuerda que el escritor vasco «descubrió la paz y el sosiego de la Isla, el camello, el sabroso queso, el aromático gofio, símbolos esqueléticos -como decía el ilustre visitante- del aspecto físico de la Isla y su morfología geológica, y todo eso Unamuno lo convirtió en su espíritu y se lo llevó en su maletín por todas partes, poetizándolo y lanzándolo a todo el mundo».

Para Elías Rodríguez no hay duda de que Fuerteventura le debe mucho a Miguel de Unamuno y, de hecho, «desde el punto de vista literario hay una Fuerteventura antes de Unamuno y una Fuerteventura después de Unamuno».

El intelectual no era el único desterrado en aquel momento en Fuerteventura. Junto a Unamuno estaba Soriano, «un gran intelectual, abogado y además periodista que había creado cuatro periódicos y que fue diputado en Cortes durante muchos años». En uno de aquellos periódicos, Vida Nueva, escribía Unamuno y toda la generación del 98. Ambos eran vascos pero «incompatibles», ya que «políticamente Unamuno era unionista, mientras que Soriano era republicano radical federal». Unamuno valoraba la pluma de Soriano, que llegó a ser un escritor de renombre muy relacionado con la elite intelectual europea, pero le disgustaba su incursión en política. Recuerda Rodríguez que, según Castañeyra, una vez «casi hubo separarlos», ya que estuvieron a punto de llegar a las manos «por una discusión sobre Cicerón». En lo único que coincidieron Unamuno y Soriano fue en «su oposición a la dictadura de Primo de Rivera y al Rey».

Del Puerto Cabras que vivió Unamuno hasta su fuga a Francia ya «no queda nada», lamenta Elías Rodríguez: «En aquella época habían ocho municipios, y el de Puerto Cabras era muy pequeñito porque existían el de Tetir y el de Casillas. La prensa del momento decía que Puerto Cabras tenía entre 850 y 930 habitantes en todo el municipio. No había ningún edificio público, ni ayuntamiento ni Cabildo, que eran alquilados. Existían el muelle chico, donde se realizaba toda la actividad del puerto, la explanada y la iglesia». Unamuno solía visitar la zona portuaria, «donde iba todos los días y le entristecía ver salir a los camellos y las cabras para Tenerife por el hambre». Aquel 1924 era lo que se conocía como un año ruin de los que por la falta de lluvia escaseaba casi todo. De aquel Puerto Cabras solo quedan hoy la iglesia y unas pocas casas desperdigadas que se caen a cachos.

El día a día. Según el testimonio de Ramón Castañeyra -explica Elías Rodríguez- la rutina diaria de Unamuno era simple: «Por la mañana escribía, tomaba baños de sol desnudo en la azotea, leía siempre la Biblia, consultaba la correspondencia, comía cosas de aquí como gofio, potaje, lentejas pescado fresco, higos pasados, en la pensión de Francisco Medina, donde había buena comida a pesar de que era un año ruin. Por la tarde visitaba la Isla y a última hora del día tenía una tertulia en la casa de los Castañeyra desde donde podía ver el mar».

Amistades. En las tertulias estaban el secretario del Ayuntamiento, el juez... «Una amistad muy fuerte para él fue el cura Víctor San Martín, que estuvo siempre con él y, de hecho, le acompañó cuando Unamuno se marchó por El Castillo. A las tertulias también iban don Pancho, incluso militares, Díaz Trayter, todas las autoridades». En sus excursiones por la Isla trabó amistad con don Matías López en Gran Tarajal, «quien lo llevó a ver un corte de alfalfa», y en Pájara tuvo de anfitriones a los hermanos Juan y Domingo Peña.