CRÍTICA DE TEATRO/ 'ANTÍGONA'

Digna de los dioses

Con la versión libre de Antígona que firma y dirige Miguel del Arco, el Cuyás cerró el domingo el paso del proyecto del Teatro de la Ciudad por sus instalaciones. Todo un acontecimiento escénico atrevido, vanguardista y rupturista, erigido sobre tres tragedias de la Grecia clásica, que contó, para sorpresa de algunos, con un enorme respaldo del público, que agotó incluso las entradas en las dos últimas entregas.

Miguel del Arco se caracteriza por ir casi siempre un paso más allá. Al menos en los montajes con los que ha recalado recientemente por estos lares -La función por hacer, Veraneantes y Misántropo-, el madrileño ha puesto de manifiesto que cada una de sus apuestas escénicas son una aventura. Los límites y las convenciones se diluyen dentro de un universo propio y muy creativo. Pero sin excesos, sin artificios o preciosismos vacuos. Y sin un lenguaje y un desarrollo críptico, para supuestos intelectuales. Su teatro es para todos.

Antígona sigue este camino. Hasta tal punto, que contiene detalles que recuerdan a sus montajes pretéritos -las coreografías del coro, sin ir más lejos-, más allá de que buena parte de su elenco esté compuesto por habituales de su compañía Kamikaze.

Precisamente con el elenco ya da un golpe sobre la mesa. Creonte es una mujer. Pero qué mujer. Carmen Machi diseña un personaje inolvidable. Enérgico, autoritario, duro e inflexible cuando hace falta. También con una vertiente tierna, cariñosa y devastada por el dolor, cuando toca. Pero tan creíble y tan machote como la vida misma y como el más crudo de los gobernantes que nos vengan a la mente. Incluso si pensamos en los contemporáneos, porque su discurso inicial, que la actriz resuelve de maravilla, parece escrito hace días, no hace más de dos mil años.

Manuela Paso no se queda atrás, ya que dota a Antígona de una fuerza y una veracidad antológica. Siempre al límite, sin pasarse ni quedarse corta, cargada de emoción y con un desenlace, volando sobre el escenario, de los que quedan grabados en la mente de los espectadores hasta el final de sus días. Porque si el reparto está excelso -conviene resaltar al brillante Hemón que compone Raúl Prieto y al adivino Tiresias de Cristóbal Suárez-, la puesta en escena y el desarrollo del montaje van de la mano, hasta convertir esta Antígona en una experiencia emocionante. Digna de los dioses, clásicos y contemporáneos, ya que si Sófocles hubiese estado el pasado domingo en el teatro Cuyás, a buen seguro que hubiese firmado esta apuesta tan arriesgada como redonda.