Faltaban minutos para el comienzo del pleno y los pasillos del Parlamento tenían la febril actividad de los días grandes. En esas, una diputada del PP se unía a una conversación de periodistas y, bromeando con la nueva asignación de asientos en la Cámara, soltaba un chascarrillo. «A mí ahora me han dejado en la franja de Gaza», bromeaba.

Ese detalle ejemplifica la temperatura previa al pleno destinado a que Fernando Clavijo explicara los motivos por los que cesó a los consejeros del PSOE en el Gobierno. Populares y socialistas se habían enrocado en una discusión aguda sobre dónde se debía sentar cada partido ahora que Hernández, Morera, Chacón y Afonso eran desplazados de la fila noble. Además, todos los amagos de censuras y reprobaciones hicieron que nadie se quisiera perder la fiesta, con dos de los exconsejeros –Morera y Afonso– en la tribuna de público.

Pero al final la franja de Gaza se convirtió solo en una división ilusoria. Se repite constantemente que Clavijo es un hombre solo, abandonado por los escuderos del poder, en un debilitado gobierno en minoría. Una especie de despojo político a la espera de la llegada de un Liberty Valance que le abra la cabeza.

Pero ese escenario de conflicto, real en las motivaciones partidistas y personales que embriagaban el salón de plenos, apenas sirvió para el retrato de un destartalado escenario político. En el que la escasa representación ciudadana, mediante votos y escaños, en el trono del Ejecutivo, por el momento no se ve amenazada.

La oposición es demasiado diversa, tal vez excesivamente antagonista, para imaginar en el corto plazo que esas mesas de diálogo que proponen Patricia Hernández y Román Rodríguez cuajen en un cambio en la arquitectura del Ejecutivo. Usando la jerga del momento, se trazan demasiadas líneas rojas antes, incluso, de que la negociación sea un hecho empírico.