Caperucita se quita la capucha

23/04/2015
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Caperucita Roja tiene fascinada a Ana Vega desde que era una niña. Su pasión por el cuento la ha llevado durante toda su vida a coleccionar más de 160 ejemplares en diferentes idiomas, ediciones y versiones. Buena parte de su colección se expone hasta el próximo domingo en la Sala de Arte del Paraninfo de la ULL.

A Ana Vega la «enganchó» el cuento de Caperucita Roja desde la infancia y a lo largo de su vida fue arrastrando a toda la familia y amigos hasta el punto de que cuando viajaban a algún país «antes de buscar un hotel casi que aprendían cómo se escribía o pronunciaba Caperucita» para poder pedirla en las librerías. Uno a uno ha sumado más de 160 ejemplares en diferentes idiomas, ediciones y versiones y ahora buena parte de ellos forman parte de la exposición Caperucita Roja sigue contando..., un homenaje, dice, a su marido José Santos Puerto, fallecido hace año y medio, y su principal cómplice en la búsqueda de caperucitas por el mundo.

La exposición hace un repaso por la historia editorial y los personajes de Caperucida y el lobo desde tres ámbitos: el textual, presente en los libros expuestos; el artístico, a través de los dibujos que hechos por niños de colegios de La Laguna, Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria; y el oral, que corrió a cargo del narrador Diego Reinfeld, que en la inauguración contó al público asistente varias versiones del cuento.

Pero esta profesora de Didáctica en la Facultad de Educación de la Universidad de La Laguna (ULL) asegura que la exposición es mucho más porque se adentra en el personaje: «Es saber entender qué es Caperucita y qué significado tiene el cuento», explica.

A su juicio es un cuento «enfocado al miedo femenino a todo; a tener cautela ante lo desconocido y donde el bosque es la vida por la que la mujeres caminan mirando siempre atrás», algo dice, «atroz» pero que es inherente a los cuentos tradicionales, «que tienen una carga moral muy fuerte, a veces hasta negativa». Así y todo defiende el cuento porque «tiene un valor educativo tremendo», pero, eso sí, «con intervención, analizando con cautela todo lo que tiene de subliminal para neutralizarlo» y dejar a Caperucita sin capucha ni miedo.