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La pareja de la mesa nueve
Ensayo de un camarero

La pareja de la mesa nueve

Apuntes gastronómicos desde la perspectiva de un profesional canario de la sala, en esta ocasión, un especial de San Valentín

José Miguel Sánchez

Las Palmas de Gran Canaria

Lunes, 12 de febrero 2024, 10:36

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La verdad es que no había mucha gente en la calle Mendizábal de la capital grancanaria, parecía que toda la ciudad dormía, aún así, el restaurante estaba casi todo reservado pese a ser un día entre semana, alguna mesa que otra libre y la barra.

Fueron los primeros en llegar, acababa de abrir la puerta y ya estaban ahí para mi sorpresa, esperando fuera del restaurante a las ocho en punto de la tarde. Él muy bien vestido, aunque me atrevería a asegurar que la americana azul marino no era de su talla, quizás de un hermano mayor o de su padre, y ella un poco más maquillada de lo que se espera de una adolescente de unos quince años.

Cuando los vi ahí parados delante del restaurante les invité a pasar. La reserva a nombre de Raúl estaba justo en la puerta, junto a la barra, pero en ese momento pensé que sería mejor llevarlos al segundo comedor recién reformado y en la mesa número nueve, que era la que se situaba detrás del arco del comedor, una mesa que pasaba desapercibida y puede que incluso fuera más íntima.

Una vez acomodados, de lejos se les podía observar y es que claro, no había nadie más en el restaurante. La música de Kenny G sonaba por los altavoces del local y eso tampoco es que fuera muy animado, al menos no era para tararearla. Ambos escondían las miradas detrás de las cartas del menú, aquellas de esas épocas pasadas con las solapas acolchadas con skay color burdeos o marrón con publicidad del típico vino del momento un Marqués de Arienzo, y las fundas plásticas en su interior.

Sentía la necesidad de echarle una mano a Raúl, pero no sabía bien cómo hacerlo, me acerqué para romper esa tensión que había en el ambiente, y al menos empezar comandando la bebida. Raúl pidió agua y ella también se sumó a la fiesta. Pude intuir que, primero no sabían exactamente que pedir y segundo que cuando un comensal lee un menú de un lado al otro y no de arriba a abajo, suele encajar más con la preocupación de los precios de los platos que con las apetencias que pueda tener en ese momento.

Me animé a recomendarles tres platos, el primero un queso asado herreño con mermelada de ararándano. Que por ahí en el 2005 era uno de los platos de moda que todos los restaurantes de la isla tenían en sus cartas. El segundo unos creps de champiñones con solomillo y crema de albahaca, algo un poco diferente pero que a su vez no saliera de lo que yo podía suponer fuera su presupuesto. Y un tercero unos champiñones con espinacas a la crema que era uno de los clásicos del restaurante. Raúl y compañía aceptaron las tres sugerencias sin ninguna pega, noté un alivio en la mesa, les había quitado un peso de encima, así que primera prueba para esta velada superada.

Serían las 20.15 horas y ya se empezaba a ver movimiento en la calle, las demás reservas iban llegando, ¡por fin algo de ruido y distracción en el restaurante! La música de Kenny G ya no se percibía tanto, pasando a un segundo plano.

La velada transcurría con normalidad, algunas miradas tímidas, risas nerviosas, pero ayudaba el trajín de los demás clientes. Los platos iban llenando la mesa y el agua bajaba bastante rápido, ya iban tres botellas para la pareja de la mesa nueve.

Cuando fueron acabando con la cena y tocó recoger se les ofreció postre, naturalmente «estaban llenos y no les cabía nada más». Sin embargo, el postre de la casa «la tarta de mus de chocolate» era algo digno de degustar y se los ofrecí como invitación de la casa. Puedo decir que estuvieron más de cuarenta y cinco minutos disfrutando de esa tarta que parecía no acabarse nunca, y seguramente porque aquello que empezó un poco torpe acabó encajando con la música romántica que se escuchaba de fondo.

Sobre las once de la noche, Raúl pidió la cuenta, y como marcan esas obsoletas tradiciones, sacó sus 30 euros e invitó a su acompañante. Creo que fue una velada estupenda, por el apretón de manos de Raúl y las sonrisas de ambos en sus caras. A lo mejor hoy, están rememorando aquel catorce de febrero en el que el camarero que suscribe les invitó a aquella tarta de mus de chocolate, o aún mejor, hayan vuelto a esa mesa nueve del restaurante de la calle Mendizábal donde empezó todo. Ensayo de un camarero.

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