El Partido Republicano apoya a Trump en la teoría del fraude

El demócrata se resiste a cantar victoria hasta que todo esté dicho para no dar munición a su rival

MERCEDES GALLEGO Nueva York

Joe Biden es ya el virtual ganador de las elecciones del martes, aunque ni él ni los medios lo proclamen para no dar munición a Donald Trump. El presidente parece dispuesto a resistirse, hasta el punto de que la campaña de Biden avisó este viernes que si no respeta el resultado de las urnas, «el gobierno de EE UU tiene capacidad para expulsar a los intrusos», amenazó su portavoz Andrew Bates.

No será tan sencillo. Hace cuatro años Estados Unidos y el mundo cometieron un error al subestimar a Trump y considerarle poco más que un payaso con suerte. En este tiempo el magnate inmobiliario ha saltado de la portada de los tabloides a la historia como uno de los líderes más perversos que se hayan visto en el país, pero también como uno de los más astutos. Algunos comparan su intelecto con el de Adolf Hitler, cuyo libro 'Mein Kampf' tenía en la mesilla de noche, según dijo su primera mujer Ivana Trump durante el divorcio, como publicó 'Vanity Fair' en 1990.

La comparación es exagerada. Trump se perfilaba este viernes más como Nerón, el emperador que, según algunos historiadores, vio arder Roma desde su mansión mientras tocaba el violín. La versión se ha discutido mucho, pero parece haber consenso en que, como mínimo, instigó el incendio para reconstruir la ciudad a su gusto y culpó de ello a los cristianos. Trump culpa de este incendio a los demócratas, a los que acusa de «robar las elecciones».

En una polémica conferencia de prensa en la que no aceptó preguntas, el mandatario torció la realidad de un impecable proceso democrático alabado por los observadores extranjeros, sin incidentes pese al clima de tensión que hizo cerrar los negocios cerrados y apuntalar los escaparates. La única distorsión ha sido la lentitud, derivada del ingente número de votos por correo llegados incluso varios días después de las elecciones. En el año de la pandemia, millones de estadounidenses prefirieron evitar las aglomeraciones y rogar el voto, lo que obliga a verificar firmas, entre otros procedimientos administrativos. Además, la participación récord ha depositado un alto número de papeletas en las juntas electorales, a las que la ley había dado margen para procesarlos, pero no el presidente.

Consciente de que ese voto por correo le perjudica –en lugares como Pensilvania uno de cada nueve van a la casilla de Biden-, Trump los considera «votos ilegales», e insiste en que ha ganado las elecciones porque no deben contabilizarse. El Partido Republicano trasladó ayer su petición al Supremo que, con el apoyo del juez John Roberts, un federalista nombrado por George W. Bush, se pronunció apenas la semana pasada en favor de que sean los cuerpos legislativos de cada estado los que decidan. Los juristas consideraban ayer posible que el tribunal quiera revisar esa cuestión constitucionalista, reviviendo el espectro de la decisión Bush vs Gore, que decidió las elecciones del año 2000. Y con el voto de la jueza Amy Barrett, que acaba de ser nombrada, el mandatario aumenta sus posibilidades.

Los 20 representantes para el Colegio Electoral que decide Pensilvania pueden no afectar la victoria del demócrata si mantiene el liderazgo que muestra en el conteo de Arizona y Nevada, pero la estrategia del Partido Republicano es mermarla uno por uno. La campaña de Trump ha pedido ya el recuento de Wisconsin y Georgia, donde el margen es de menos del 1%, y todavía cree que puede ganar Arizona. Biden ganaba ayer este último por menos de 40.000 votos, pese a que su partido solo lo ha ganado una vez en los últimos 70 años (Bill Clinton, en 1996).

Trump confía en el Supremo porque él mismo ha nombrado a tres de los nueve jueces y al menos otros dos son ultraconservadores. Con todo, pocos juristas creen que el Supremo lleve la contraria a los legisladores estatales, ya que el federalismo es la piedra angular del conservadurismo en Estados Unidos.

En los tribunales inferiores, uno tras otro los jueces están desestimando la lluvia de demandas que interpone la campaña de Trump y el Partido Republicano, que no han podido demostrar aún ninguna de las acusaciones de fraude que el presidente lanza desde el púlpito y las redes sociales. Son, sin embargo, munición para mermar la legitimidad de un proceso que aún tiene muchos pasos que recorrer hasta que el Colegio Electoral elija al presidente el 14 de diciembre, ya que en EEUU los votantes no eligen al presidente de forma directa, sino a los compromisarios que votarán por él en esa fecha.

Muchos de los estados en juego tienen parlamentos estatales en manos de la oposición o divididos, que tendrían la capacidad de nombrar a esos compromisarios si el resultado de las urnas no es claro. Ante las acusaciones de fraude, esas cámaras podrían nombrar a otros delegados de acuerdo a un conteo temprano que favorezca al presidente, creando así una auténtica crisis constitucional sin precedentes si el 14 de diciembre se presentan dos ramilletes distintos de compromisarios a la votación del Colegio Electoral.

El jueves los republicanos estaban mudos ante la perspectiva de perder la Casa Blanca, reconfortados por haber mantenido la hegemonía del Senado e incluso ganar asientos en la Cámara Baja. Ayer, sin embargo, se abría la posibilidad de tenerlo todo. La polémica conferencia de prensa del presidente, que las cadenas de televisión interrumpieron alarmadas por la sarta de mentiras y arengas que difundía, es el guión que repiten sus leales.

El líder del Senado Mitch McConnell habla de contar «todos los votos legales», asumiendo la narrativa de Trump que distingue entre «votos legales» (los presentados hasta el día de las elecciones, que le dan la victoria) y los «votos ilegales» (recibidos por correo a favor de Biden).

Su aliado, el senador Lindsey Graham, arremetía contra Pensilvania, que considera «el estado más corrupto del país» al estar en manos de un gobierno demócrata, y sostenía que la posibilidad de invalidar esos votos «debería estar sobre la mesa». Ted Cruz, otro senador que debe su supervivencia política a Trump, repetía sus falsas acusaciones de que los condados demócratas no han permitido observadores, pese a que algunos de los que las sostienen han tenido que retractarse en presencia de un juez. Y el exportavoz del Congreso Newt Gingrich decía tener «el mayor cabreo de las últimas seis décadas» ante los intentos «de la izquierda radical de robar las elecciones».

El hombre que abrió el 'impeachment a Bill Clinton' pedía que la policía arrestase a los funcionarios electorales que continúan admitiendo votos, sin los cuales interpreta que el mandatario ganará por 324 votos el Colegio Electoral (ayer perdía por 214-253, necesitándose 270 para alcanzar la presidencia).

El presidente sabe que para esta batalla necesitará alinear a todo el partido, por lo que ha puesto a su familia a cuadrarlo. «¿Dónde están los republicanos? ¡Mostrad un poco de agallas y luchad contra este fraude! Los votantes nunca os perdonarán si no lo hacéis», clamaba en Twitter su primogénito Donald Trump Jr. A su llamado de «guerra total» respondieron algunos seguidores de QAnon que conducían de Virgnia a Filadelfia armados hasta los dientes para «detener el recuento», según el chivatazo que recibió la policía.