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Imagen de archivo de la playa de Amadores. C7
Canarias: de destino turístico al turismo como destino
Opinión

Canarias: de destino turístico al turismo como destino

El covid o la crisis del 2008 demostraron que un colapso en un sector tan dependiente tendría consecuencias devastadoras

José de León Hernández

Doctor en Historia

Jueves, 18 de abril 2024, 23:17

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Las movilizaciones por un cambio de modelo que límite el desarrollismo incontrolado de la industria turística y de sus consecuencias económicas y sociales son una buena noticia y demuestra el compromiso de nuestra gente sobre la necesidad de construir otro futuro más justo, sostenible y respetuoso con nuestro territorio, su biodiversidad y su cultura.

El malestar que está aflorando en estos meses viene de lejos. Algunos documentos, artículos de opinión y trabajos de investigación desde la década de los setenta del pasado siglo, cuando no llegaba ni la tercera parte del turismo, advertían de los riesgos de la industria turística. En Lanzarote, ejemplo de insostenibilidad, se firmó en 1995, el primer documento internacional sobre Turismo Sostenible de la Unesco.

Hace 50 años, el sociólogo Mario Gaviria, dedicaba un capítulo de su libro 'España a Go Go', a Canarias, consciente de que las islas iniciaban un desarrollo turístico- inmobiliario disparatado, con decenas de miles de camas, pensadas, planificadas e incluso otorgadas en las costas de las islas y desgranaba el mecanismo de apropiación de miles de metros cuadrados de territorio a manos extranjeras, sobre todo alemana, con la Ley Strauss, o belga, gracias a las indemnizaciones tras el abandono de las colonias africanas.

Oscuros capitales se blanqueaban aquí, con la connivencia de leyes permisivas y continuamente adaptadas para el beneficio de unos pocos, con administraciones cómplices que aprovechaban los instrumentos de ordenación para generar derechos adquiridos, y planificar una infinidad de suelos aptos para urbanizar que aún hoy pesan como una losa si queremos reconducir el modelo. Lo grave es que nadie exige responsabilidades y lo que es peor, siguen aprobando urbanizaciones.

Desde los inicios de este modelo se han multiplicado las ilegalidades en las zonas turísticas de Canarias. En Lanzarote hay casi una treintena de planes parciales ilegales, sin que tengan efectos ejecutivos. También está en el imaginario de la gente, la continuada corrupción ligada al binomio turismo construcción, y las sentencias contra políticos, funcionarios y empresarios. Sabemos qué modelo genera toda esa lamentable situación. No son los manifestantes del día 20 la amenaza al turismo, sino muchos de quienes lo defienden ciegamente bajo una interesada turismofilia.

Nunca se ha exigido responsabilidad patrimonial a quienes han permitido que en las islas haya numerosos esqueletos de grandes hoteles no terminados, suelos destrozados llenos de aceras y farolas, solares llenos de escombros y carteles de promoción en el suelo.

La preocupación sobre los impactos del turismo es tan vieja como las huelgas en la hostelería en los setenta del pasado siglo, o como las luchas de los ochenta: Salvar Papagayo, el Malpaís de La Corona, el Saladar de Jandía, Veneguera o El Rincón. Esas luchas ambientales han sido un elemento de identidad de la historia reciente de Canarias.

Ben Magec y otros colectivos ecologistas nacieron como contrapeso a este modelo y fueron capaces de poner al descubierto el fraude democrático de muchas decisiones sobre el modelo turístico y urbanístico, como el vergonzoso rechazo a la voluntad de más de 40.000 personas que impulsaron una ILP para salvar Veneguera. Lo grave no fue que la rechazaran, sino que la utilizaron para legalizar una urbanización paralizada por el planeamiento insular; o cuando se despreciaron las 60.000 firmas contra el puerto de Granadilla, saqueando un territorio a cambio de un fracaso económico; o cuando destruyeron Berrugo en Lanzarote en contra de numerosos estudios y de una enorme movilización social. Esos pelotazos coincidieron con una de las legislaturas más oscuras de nuestra historia, la del pelotazo de Tindaya. Muchos responsables de esos desmanes siguen hoy en puestos de dirección empresarial e institucional.

Aquella nefasta etapa fue la antesala de la moratoria, una apuesta valiente pero con muchas presiones. Un ejemplo esperpéntico fueron las reuniones de algunos ayuntamientos por la noche aprobando planes antes de que entrara en vigor la moratoria.

Mucha gente se ha dado cuenta de que este modelo ha destruido nuestro territorio, ha creado una presión incontrolada en algunos espacios naturales, ha provocado una declarada crisis hídrica en algunas islas, y ha generado un imposible acceso a la vivienda para miles de canarias y canarios. Unos temas que han colmado la paciencia de miles de personas que no entienden cómo, superando los 16 millones de turistas, tenemos un 38% de nuestra sociedad en el umbral de la pobreza.

El covid o la crisis del 2008 demostraron que un colapso en un sector tan dependiente tendría consecuencias devastadoras. Un nuevo colapso puede venir desde dentro, por una dinámica que haga insoportable el propio modelo. Quien más daño está produciendo al turismo en Canarias no son los convocantes de las manifestaciones, son muchos de sus fervientes defensores.

En unos pocos días parte del gobierno y algunos grupos políticos y empresariales han pasado de desautorizar las movilizaciones a reconocer las razones del malestar social, mostrándose dispuestos a aplicar algunas medidas que siempre han rechazado, como la ecotasa. A pesar de esas declaraciones, el modelo turístico actual es algo intocable, Y es que el turismo no sólo ha enriqueciendo a un empresariado insaciable, sino que está en la base del propio poder político electoral de las islas y de muchos ayuntamientos.

Con estas movilizaciones, muchas supuestas verdades del imaginario colectivo sobre el turismo, empiezan a tambalearse. Como la idea de que el turismo nos sacó de la miseria. La economía de Lanzarote cuando empezaba el turismo se sostenía en más de un 60% en la industria pesquera, que además se compatibilizaba con una importante actividad primaria. No fue sólo el destino, ni la sequía lo que demolió esa economía, sino también el caciquismo, las injustas formas de explotación por parte de muchos de los que luego apostaron por el turismo directamente o atrayendo grandes capitales extranjeros.

También influyeron decisiones geopolíticas, la entrada en la UE, los acuerdos pesqueros con Marruecos, la crisis del petróleo y su repercusión en nuestros puertos. Pero, ¿por qué una única salida? Menorca es un ejemplo de cómo han sabido contener el turismo masificado, con políticas de protección a su industria y de preservación de su territorio.

Para quien intenta despistarnos con que el problema es el aumento de la población, le decimos que eso es consecuencia de este modelo. Esos cientos de miles de personas que han llegado en estas décadas no vinieron buscando la isla de las tentaciones.

Ahora vivimos un momento similar al de aquella moratoria, y vuelve a ponerse sobre la mesa parar este dislocado crecimiento. Para eso hay mecanismo legales, administrativos y económicos, si se le quiere dar otro destino a los dineros que vienen de los fondos europeos. Pero si de verdad queremos parar, no se entiende el ritual de muchas ferias de turismo, donde se invierte una millonada de dinero público para la promoción, muchas veces privada, con la intención de que venga más gente, es la lógica del mercado. Podrán inventarse múltiples adjetivos (ahora está de moda el turismo regenerativo), hablarán de calidad, de sectores específicos de interés, pero allí se negocia para traer más turistas.

Hoy se exige parar, y lo hace una juventud que dice «basta» porque es la que va a pagar las consecuencias de este modelo, una juventud que vive en una permanente incertidumbre, que no tiene expectativas de tener un hogar donde vivir, una tierra donde reconocerse, una cultura propia y no falseada que enseña lo que no somos.

Si queremos ir a otro modelo, decrecer en cantidad y crecer en beneficios, ser coherentes con los compromisos climáticos, tenemos que decir las cosas como son. Somos conscientes de nuestras palabras. No es una crítica a los turistas, por hacer una actividad que muchos de los que irán a la manifestación también hacen. No es a la actividad, sino hasta donde ha llegado en nuestras vidas. Lo que nos preocupa y moviliza es que Canarias ha pasado de ser un destino turístico a vivir del turismo como destino.

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