La inflación acelera sin freno hasta el 10,8%, máximos desde hace casi 40 años

Este nuevo incremento se debe al aumento de los precios de la luz y de los alimentos, pese a que en julio los carburantes se moderaron ligeramente

Lucía Palacios
LUCÍA PALACIOS Madrid

Nuevo acelerón de los precios en un rally alcista que dura ya un año y parece no tener freno pese a las medidas puestas en marcha por el Gobierno para hacer frente a la guerra en Ucrania. Así, la tasa interanual del Índice de Precios de Consumo (IPC) sigue subiendo en pleno verano y se dispara seis décimas más en julio hasta alcanzar el 10,8%, su nivel más alto en casi cuarenta años, concretamente desde septiembre de 1984, según el avance publicado este viernes por el INE, que confirmará los datos definitivos a mediados de agosto.

La inflación se afianza, pues, en los dos dígitos y encadena tres meses consecutivos de ascensos después de que en abril se moderara 1,5 puntos de golpe, hasta el 8,3%. Solo fue un espejismo. En mayo escaló hasta el 8,7% y alcanzó el 10,2%, pese a la puesta en marcha del tope al gas y al resto de nuevas iniciativas del Ejecutivo para intentar rebajarla.

El incremento de julio se debe principalmente –según explica el organismo estadístico– al aumento de los precios de los alimentos y bebidas no alcohólicas y de la electricidad, así como al comportamiento del vestido y del calzado, cuyos precios bajan menos que el año pasado, a pesar de estar en periodo de rebajas.

De poco ha servido el ligero abaratamiento de los carburantes, cuyo precio se ha ido rebajando estas últimas semanas hasta situarse ya por debajo de los dos euros el litro. Por fin repostar ahora es ya más barato que antes de que se pusiera en marcha la bonificación, incluso sin descontar los 20 céntimos de descuento.

Porque ya no sirve hablar de una inflación transitoria ni echar la culpa a la energía y a los combustibles. Lo que comenzó siendo un encarecimiento de la electricidad hace ya más de un año se ha contagiado a todos los sectores de la actividad, en particular a los alimentos, lo que tiene graves consecuencias para el poder adquisitivo de las familias, que ven con preocupación cómo sube su cesta de la compra. Así lo atestigua la tasa de variación anual estimada de la inflación subyacente (donde no se tienen en cuenta ni los alimentos no elaborados ni los productos energéticos, los elementos más volátiles), que también aumenta seis décimas, hasta el 6,1%, y se convierte en la más alta desde enero de 1993. Este es un indicio de que la escalada de los precios se está haciendo persistente, por lo que su moderación cada vez se retrasa más, tal y como empiezan ya a predecir la mayor parte de expertos. Y así lo advirtieron este viernes también los sindicatos, que «ya no se trata de un fenómeno coyuntural, sino que estamos ante una deriva inflacionista de componente estructural».

No es de extrañar, por tanto, que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reconociera sin ambages este «mal dato» y admitiera que «la inflación es la principal preocupación de la economía global y la principal tarea que tiene por delante este Gobierno». Sin embargo, defendió las medidas puestas en marcha y aseguró que, de no existir, el IPC se habría elevado hasta el 15%. En este sentido, sacó pecho de que España ha movilizado 30.000 millones de euros, un «descomunal esfuerzo» que representa el equivalente a 2,3 puntos de su Producto Interior Bruto (PIB). Asimismo, destacó que es el país que «más recursos está destinando para proteger las rentas» de la clase media y trabajadora y a los sectores más afectados. Y anunció «un paquete de medidas urgentes para la eficiencia y el ahorro energético», que se aprobarán en el Consejo de ministros del próximo lunes con el objetivo de doblegar la curva de la inflación.

Casi un año de escalada

La inflación comenzó su escalada a la vuelta del verano de 2021 impulsados principalmente por el precio de la energía, que provocó que el IPC medio anual cerrara el ejercicio pasado en el 3,1% después de haber estado parte del año en negativo.

Pero lo que parecía un aumento muy coyuntural -así lo vaticinaban la mayor parte de organismos nacionales e internacionales- cuyos efectos desaparecerían en primavera, se está alargando ya demasiado, aupado además por los efectos de la guerra en Ucrania, y el temor a que se cronifique y se convierta en estructural cada vez es mayor.

Porque los perdedores de esta crisis en este caso son todos los trabajadores, que están soportando una clara pérdida de poder adqusitivo, puesto que la brecha entre precios y salarios cada vez es más ancha: mientras que los sueldos por convenio suben un 2,4%, la inflación ya es más de cuatro veces superior.

Máximo en Europa

Pero este fenómeno no es exclusivo de España. La inflación de la eurozona también se ha intensificado y ha escalado en julio al máximo histórico del 8,9%, lo que supone más de cuatro veces la meta de estabilidad de precios del 2% marcada por el Banco Central Europeo (BCE), según el avance del dato publicado ayer por la oficina comunitaria de estadística, Eurostat.

De hecho, más de la mitad de los países del euro registran subidas de precios de doble dígito. Los niveles más altos se observan en los países bálticos: Estonia (22,7%), Letonia (21%) y Lituania (20,8%). Además, otros siete miembros de la eurozona, incluida España, alcanzaron subidas por encima del 10%: Eslovaquia (12,8%), Eslovenia (11,7%), Países Bajos (11,6%), Grecia (11,5%), Chipre (10,6%) y Bélgica (10,4%). Por contra, la inflación de Alemania se moderó al 7,5%, la de Italia bajó también al 7,9% y la de Francia es aún más baja, el 6,8%.

Habrá que confiar en que las recientes subidas de tipos de los bancos centrales comiencen a dar sus frutos y frenen pronto el valor del dinero.

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