Mel, para una asignatura pendiente

22/05/2019

La decisión de la UD de ligar su próximo proyecto a la figura de Pepe Mel responde a la convicción de que se trata del profesional idóneo para la temporada venidera.

La decisión de la UD de ligar su próximo proyecto a la figura de Pepe Mel responde a la convicción de que se trata del profesional idóneo para la temporada venidera, por encima de que, desde su llegada en marzo, los resultados se le hayan negado, y, además, el hecho de definir esta elección en mayo trata de romper con la nefasta dinámica de años anteriores, en los que el fichaje del entrenador para iniciar el calendario erosionó el prestigio de la entidad por gestiones fallidas y elecciones erróneas.

Desde la marcha de Quique Setién al final de la campaña 2016-17, dos años atrás, han pasado, contabilizando al propio Mel, hasta siete profesionales diferentes por el banquillo, una deriva insostenible y con un denominador común: un primer paso en falso. Miguel Ángel Ramírez y Rocco Maiorino, arquitectos del rearme, se han propuesto cimentar el futuro desde la estabilidad y han blindado al preparador madrileño entendiendo que tiene una responsabilidad muy limitada en el fracaso de un equipo llamado a objetivos mayores y que, finalmente, ha tenido que conformarse con una permanencia sin brillo y nada aplaudida.

Las conversaciones mantenidas con Mel, con predisposición total por ambas partes para seguir uniendo sus caminos, fructificarán en el anuncio de su continuidad con un nuevo contrato, toda vez que al no lograrse el ascenso su anterior vínculo se extingue en junio. No habrá problemas en redactar un nuevo documento con el que se espera finiquitar, de una vez, la mala tradición en el gremio.

El no fichaje del italiano Roberto de Zerbi en la primavera de 2017, que luego provocó la precipitada promoción desde el filial de Manolo Márquez, dimitido en septiembre de ese mismo año, o, ya el verano pasado, con la controvertida elección de Manolo Jiménez (el favorito siempre fue, paradojas del destino, Mel), originaron lo que vino luego: descenso a Segunda en primera instancia y, luego, la incapacidad de pelear por volver a la máxima categoría.

Tanto Toni Cruz, director deportivo hasta junio pasado, como Toni Otero, actual secretario técnico, erraron el tiro cuando les tocó seleccionar al jefe del vestuario, pese a disponer de talonario y medios para invertir en un perfil de garantías. Cruz, que purgaba con la fuga de Setién, esperó semanas por Roberto de Zerbi, hasta que, por discrepancias, terminó descartándolo y desatando un terremoto. La UD, entonces en Primera, se vio en pleno julio sin entrenador y el recurso de emergencia no pudo ser más lastimoso. A Márquez, en el filial, le vino grande la responsabilidad, como reconoció cuando presentó su renuncia al cargo nada más comenzar la competición. Ahí se abriría una crisis devastadora y de efectos todavía vigentes.

Lejos de aprender la lección, el verano pasado volvió a reproducirse la cadena de errores. Todos los focos apuntaban a Pepe Mel como el candidato ideal y así se filtró desde el propio club dando por hecho su aterrizaje. Pero el poder de seducción de Manolo Jiménez lo cambió todo y fue el andaluz quien ganó la carrera. «Nos equivocamos», reconocieron en la UD tras la efímera aventura de Jiménez, despedido en noviembre y cuyo legado ha sido, como el de Márquez, imperceptible.

En la dirigencia de la entidad se ha observado que el movimiento maestro de dar con el técnico adecuado desde el primer momento es la primera asignatura pendiente que se debe aprobar y a Maiorino ha acabado convenciéndole la metodología de un entrenador que heredó y al que piensa reforzar y dar los mandos de la nueva UD, la llamada a volver a ilusionar al Gran Canaria. Con Mel pretenden hacer historia antes, durante y después.