Rusia fuera de las competiciones internacionales: ¿Una nueva era?

Que el deporte se haya sumado al aislamiento ruso es una buena noticia porque podría abrir la posibilidad de que consensuáramos el mínimo de estándares cívicos y éticos exigibles

ALBERTO DEL CAMPO TEJEDOR Catedrático de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide

La FIFA se ha ganado el aplauso generalizado al excluir a Rusia de las competiciones internacionales. Otro tanto ha hecho la UEFA en sus campeonatos. La decisión supone un giro inesperado y novedoso, hasta cierto punto, dado que durante mucho tiempo estas organizaciones no hicieron nada ante guerras ilegítimas o crímenes contra la humanidad. El mismo año en que la Alemania nazi participó en el Mundial de Francia 1938, sus dirigentes alentaron la quema de 400 sinagogas, la muerte de un centenar de judíos y el encarcelamiento de otros 30.000, antes de invadir Polonia poco después. Y la Marsellesa siguió oyéndose en los estadios, a pesar de que, en los años 50 y principios de los 60, muriera un millón y medio de argelinos que querían independizarse de Francia.

Es cierto que no solo los europeos se han beneficiado de que la FIFA mirara para otra parte. En 1978, el dictador argentino Videla obtuvo la organización del que llamó «el Mundial de la Paz». Al presidente de la FIFA, Havelange, le dio igual que, a 700 metros del estadio donde se celebraba la inauguración, se hallara el principal centro de detención, tortura y muerte del país. Durante el mes que duró la Copa del Mundo no cesaron los asesinatos que al final de la dictadura sumaban unos 30.000. Los goles de Mario Kempes y el triunfo de la Albiceleste permitieron el lucimiento del tirano y la ocultación de sus crímenes.

Claro que la FIFA no fue menos indulgente con otros regímenes de ideología opuesta. Desde 1958 hasta su desintegración, la antigua Unión Soviética jugó siete fases finales de la Copa del Mundo, mientras torturaba, asesinaba o encerraba a todo disidente en 'psikhushkas' (hospitales psiquiátricos que funcionaban como cárceles). Putin, que brindó sus servicios a la patria como agente del KGB desde 1975 hasta 1991, es un autócrata despreciable. Pero la FIFA no vio ningún inconveniente para otorgarle el Mundial en 2018, cuando el conflicto con Ucrania ya duraba cuatro años. El COI no es muy diferente a la hora de sonreír ante regímenes autoritarios. Y así, Pekín es la única ciudad del mundo que ha albergado unos Juegos Olímpicos de verano (2008) y de invierno (2022).

Oigo y leo estos días que debemos congratularnos de que la FIFA y la UEFA por fin hayan comprendido que el deporte no puede servir para blanquear regímenes donde no se respetan los derechos humanos. Celebro el veto deportivo a Rusia. Entre la legítima soberanía de un país demócrata y la megalómana aspiración de construir, a sangre y fuego, una Gran Rusia, no hay duda de con quién hay que posicionarse.

Que el deporte se haya sumado al aislamiento de Rusia es una buena noticia porque podría abrir la posibilidad de que consensuáramos el mínimo de estándares cívicos y éticos exigibles para participar en competiciones internacionales, más aún para albergar eventos que sirven como escaparate de los países anfitriones. Sin embargo, soy poco optimista. Rusia no participará en el Mundial de Catar, un país donde los trabajadores migrantes que reforman el estadio Jalifa son objeto de trabajos forzosos, su código penal establece penas de cinco años para los homosexuales y las mujeres tienen que pedir permiso a sus tutores masculinos para casarse o estudiar en el extranjero. Pero la FIFA gana millones.

Celebro que las organizaciones del fútbol internacional se sumen a la solidaridad con los ucranianos, pero me pregunto por qué no son igual de sensibles ante el sufrimiento de palestinos, afganos, iraquíes, sirios, yemeníes y tantos otros. Mesut Özil denunció que más de un millón de individuos de la etnia uigur son perseguidos en China y confinados en campos de detención, que el gobierno de Pekín llama «de reeducación». El Arsenal, donde jugaba entonces Özil, se cuidó mucho de escribir en Weibo (el Facebook chino) que, como principio ético, el club se mantenía siempre ajeno a las cuestiones políticas. Claro; el negocio está ahora en Asia. Lo saben todos los clubes y lo sabe la FIFA, así que toca estar callados. Es más fácil alinearse con el agredido cuando el conflicto atañe a intereses políticos y económicos de Occidente, que cuando el masacrado está lejos de los centros del mismo poder que sustenta a las organizaciones del deporte internacional. Así que la FIFA seguirá fiel a sus dos verdades: que nunca hay que olvidar quiénes mandan en cada momento y que la pela es la pela.