El Mercedes de Lewis Hamilton, ante el paisaje urbano monegasco. / reuters

GP de Mónaco

Mónaco, donde la Fórmula 1 se convierte en puro espectáculo

El Gran Premio más mítico tiene una infinidad de anécdotas y condicionantes que lo convierten en una cita única incluso pese a ostentar récords como no tener adelantamientos

DAVID SÁNCHEZ DE CASTRO

Mónaco, como país, tiene olor a champán caro, sabor a caviar de beluga y sonido de música disco. Desde hace muchos años, el Principado se ha anclado en los años de gloria y fiesta, aquellos en los que no había día en el que no se pudiera cruzar uno con el actor, la cantante o el aristócrata de moda prácticamente en cada esquina.

Hay quien dice que este particular país, discreto paraíso (fiscal también) para unos y sueño inalcanzable para muchos más, hace tiempo que debería quedarse como un recuerdo en el ámbito deportivo. El Gran Premio de Mónaco es el último resquicio de la vieja gloria de los Grimaldi, que a efectos prácticos se han convertido en una peculiar reliquia de la nobleza europea y cuya influencia política no pasa más allá de alguna pregunta incómoda como la que el hoy regente Alberto II le realizó a los responsables del faraónico proyecto de Madrid 2012.

Pero sus calles siguen añorando Fórmula 1. No hay una carrera más especial que esta, por mucho que se introduzcan países nuevos como Azerbaiyán, Arabia o Estados Unidos en el calendario. Los pilotos sueñan con ganar en Montecarlo y llegar a la escalinata del Automobile Club de Mónaco para ser recibidos por los Grimaldi en el único podio sin podio del deporte mundial: nadie puede estar por encima de los Príncipes y, como tal, el champán se bebe (con moderación) en el suelo.

Pocos circuitos se pueden ir cantando por los nombres de sus curvas. Sólo los más ineptos y despegados de la competición, de su leyenda, son capaces de hablar de Santa Devota como la curva 1 o de Anthony Noghes (el diseñador de esta legendaria pista) como la última antes de la presunta recta (que no es tal) de meta. La Rascasse, el Casino, la Piscina o el túnel donde la epifanía de Ayrton Senna le hizo ascender por encima de los mortales para conquistar la mejor vuelta de la historia del automovilismo de los circuitos. Son esos ladrillos los que confirmaron la leyenda de la Fórmula 1 y, por elevación, del deporte del motor.

Anécdotas hay miles aquí. Desde aquellos accidentes de Alberto Ascari o Paul Hawkins en los que los buzos (sí, en Mónaco hay buzos) tuvieron que rescatarles, pasando por aquellos Grandes Premios de 1982, 1984 o 1996 en los que la lluvia convirtió el sinuoso trazado en una maldita pesadilla para los pilotos, bendito espectáculo para los fans. Leyendas como Graham Hill, Ayrton Senna, Michael Schumacher o Lewis Hamilton han forjado parte de sus respectivos cetros aquí, cada uno en una época y unas circunstancias diferentes, pero siempre con el mismo halo de haber consumado algo histórico.

No es casual que todos los pilotos quieran triunfar aquí. Muchos no han pasado a la historia más que por haber alcanzado la gloria en esta carrera: Jean-Pierre Beltoise en 1972, Olivier Panis, cuya primera y única victoria en la Fórmula 1 fue en esa cita nombrada del 96 (sólo acabaron cuatro coches y el primero en cruzar la línea fue el suyo) o Jarno Trulli en 2004. O Ayrton Senna, cuyo primer podio con aquel Toleman, abuelo del actual Alpine, en el 84 hizo que muchos abrieran los ojos hacia el hombre que iba a romper todos los esquemas. Quién sabe si podría haber sido su primera victoria, de no haber detenido Jacky Ickx la carrera para beneficiar a Alain Prost.

El idilio de Sainz y las dificultades de Alonso

Para los españoles, Mónaco tiene un hueco especial. Por veteranía, Fernando Alonso es quien tiene recuerdos más dispares: desde sus victorias en 2006 y 2007 hasta el incidente con el aparcamiento de Michael Schumacher en ese 2006: llegó a decir que Ferrari era el equipo más tramposo de la historia de la competición. y cuatro años más tarde fichó por ellos. En su primera carrera, aquel 2010, se vio lastrado por un accidente absurdo en los entrenamientos en el que partió el chasis.

Carlos Sainz no sabe lo que es ganar aquí. de momento. Después de lo visto en los libres del jueves, su candidatura para el sábado y para el domingo ha crecido exponencialmente. Al madrileño se le da excepcionalmente bien rodar en la serpiente monegasca, y cuenta sus cinco participaciones en el GP de Mónaco por carreras acabadas en los puntos. También aquí debutó en las World Series, y aunque sea el hogar de su compañero Charles Leclerc (literal: el balcón de su casa está encima de una de las curvas del circuito), él es consciente de que puede dar la campanada este fin de semana. Sólo necesita buen tino, una gran clasificación y una gran dosis de suerte. que no es poco. ¿Alguien se atreve a tirar los dados?