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Año 2040, ¿el final del motor térmico?

19/11/2018

Cada vez con más frecuencia somos testigos de los despiadados ataques que sufre el automóvil y, por extensión, el automovilista. El martes 13 saltaba la noticia de que el Gobierno español se adhería a la iniciativa europea de eliminar de un plumazo los vehículos diésel y gasolina a partir de 2040, es decir, los motores térmicos o de combustión interna, a fin de cumplir con el “Acuerdo de París” y poder frenar el cambio climático.

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El año 2040 está a la vuelta de la esquina, aunque no lo parezca, y una transformación tan radical de un modelo socioeconómico tan arraigado no es asunto baladí, que requiere un plan estructural que nuestros gobernantes no se han parado ni siquiera a imaginar.

En primer lugar, y aunque es un tópico típico recurrente, nos encontramos con el factor más preocupante: ¿de dónde va a salir la energía eléctrica para recargar los millones de automóviles alternativos que rodarán dentro de 20 años? Si la respuesta es: “de una central térmica”, mal vamos, pues se siguen utilizando combustibles fósiles que emiten CO2 a la atmósfera.

¿Tiene previsto el Gobierno español transformar toda su red eléctrica a energías renovables? No, es imposible en tan corto plazo, por tanto nos obligan a los usuarios del automóvil a realizar un esfuerzo que ellos no están dispuestos a hacer.

Por otro lado, y aún más importante que el aspecto anterior, tenemos la operativa de recarga. El tiempo que se emplea en repostar un vehículo convencional es de menos de cinco minutos, y además disponemos de numerosas estaciones de servicio a lo largo de la ruta.

La recarga completa de un eléctrico no baja de seis horas, y es condición indispensable tener un poste exclusivamente a nuestra disposición durante ese tiempo. Esto significa que, o tenemos plaza de garaje o una vivienda unifamiliar para poder enchufar nuestro vehículo.

En caso contrario, ¿qué pasará con los miles de automóviles que aparcan en la calle? ¿Están las administraciones dispuestas a instalar un punto de recarga en cada plaza de aparcamiento? Eso supone miles y miles de postes y cientos de millones de euros en inversión, que bien podrían acometer empresas privadas con contrato de explotación, pero que conlleva levantamiento de aceras, y demás obra civil mucho más compleja que la construcción de una gasolinera.

El tema impositivo es para echarse a temblar, ya que el impuesto de hidrocarburos recauda anualmente más de 10.000 M€, cifra que habrá que repercutir en otros conceptos. Efectivamente, lo han adivinado, en el precio de la luz, es decir, otra subida al recibo más temido.

Por otra parte, y mirando muy a largo plazo: ¿Se habrán parado a pensar nuestros gobernantes si en el planeta Tierra existen reservas de minerales y demás materiales necesarios para construir las baterías? ¿Cuántos recursos energéticos y CO2 se generan para extraer esos minerales y fabricar las baterías? ¿Dónde se almacenarán los millones de automóviles de combustión achatarrados...?

Como casi todo en la vida, las soluciones a los problemas no llegan de posturas radicales, sino del consenso, la mesura y el sentido común, y mi sentido común me dice que no se puede prescindir del automóvil térmico de la noche a la mañana (en 20 años), sino que tiene que seguir un proceso natural, una transición fluida, y para ello es fundamental que las administraciones, en vez de imponer con absolutismo, tiendan la mano y promuevan el eléctrico con ayudas estables a la compra y demás incentivos que acaben de convencer a los que no lo están de que el eléctrico es viable.

La imagen que acompaña este texto parodia la falsedad de los que afirman que el eléctrico no contamina. Un Tesla recargando la batería por medio de un pequeño generador de gasolina.